martes, agosto 05, 2008

saldré del mundo sin ser visto




Oda a un ruiseñor


Me duele el corazón y una modorra aturde mis sentidos
como si hubiera bebido cicuta o vaciado una pipa de opio
hasta el fondo, hace solo un minuto, y ante mí,
se hubieran hundido las defensas de Leteo.
No es porque tenga envidia de tu suerte feliz
sino porque soy feliz en tu felicidad,
ya que tú, Dríade de alas livianas de los árboles,
en cierta melodiosa trama
de color de haya verde y de sombras innumerables,
cantas el Verano con fácil y plena garganta.


¡Oh, es com un vino nuevo que fue enfriado
durante mucho tiempo en las profundidades de la tierra,
con sabor a Flora y a campo verde,
a danzas, canciones provenzales y bronceada alegría!
¡Oh, es una copa de vino del Sur caliente,
llena de verdad, modesto Hipocrene;
con espumosas burbujas guiñando en sus bordes
y en la boca de labios púrpuras!


Beberé ese fuerte trago y saldré del mundo sin ser visto
y contigo me desvaneceré en el bosque oscuro,
muy lejos, hasta olvidar por completo
que tú entre las hojas nunca conociste el cansancio,
la fiebre y el enojo de esta tierra
donde se sientan los hombres para intercambiar sus lamentos;
donde sacude la parálisis unos tristes cabellos blancos;
donde crecen pálidos los jóvenes como espectros y mueren;
donde solo pensar está cubierto de amargura
y los plomizos ojos desesperan;
donde no logra la Belleza mantener encendidos sus ojos
y el nuevo Amor desfallece más allá del mañana.


¡Fuera! ¡Fuera! Quiero volar hacia ti,
pero no en el carruaje de Baco y sus compinches
si no en las alas invisibles de la Poesía.
Aunque el entorpecido cerebro dude y se retrase,
¡ya estoy contigo! Tierna es la noche
y la reina Luna está contenta en su trono
custodiada por sus hadas de estrellas.
No hay luz aquí, salvo la que llega a veces en ráfagas
a través de lóbregas vegetaciones y caminos musgosos.


No puedo ver las flores que hay a mis pies
ni el blando incienso que cuelga de las ramas
pero en la embalsamada sombra adivino cada dulzura
con que el mes de la estación adorna
la hierba, el matorral, las frutas silvestres,
el espino blanco y el escaramujo agreste,
las violetas cubiertas de hojas que rápido se desvanecen,
y el antiguo niño de mediados de mayo,
la rosa de almizcle, toda cubierta de rocío de vino,
las susurrantes, hechizadas moscas de las tardes de verano.


A oscuras escucho. Más de una vez
estuve medio enamorado de la muerte fácil,
llamándola con suaves y cadenciosos nombres,
tomando del aire mi tranquilo hálito.
Ahora más que nunca parece agradable morir:
¡Irse a la medianoche sin dolor
mientras tú viertes mi alma en semejante éxtasis!
Aun cantas y yo escucho en vano...
Tu alto réquiem se convierte en polvo.


¡Tú no naciste para la muerte, ave inmortal!
Ninguna generación hambrienta ha pasado sobre ti;
la voz que escucho la han escuchado
en antiguos tiempos emperadores y payasos;
quizá esta canción encontró camino
a través del afligido corazón de Ruth,
cuando, añorando su casa, lloró ante el grano extranjero.
Es la misma que a menudo abrió cajas mágicas
sobre la espuma de mares peligrosos,
en desamparadas tierras de hadas.
¡Desamparo! La palabra suena como una campana
cuyo sonido me devuelve a mi propia soledad.
¡Adiós! La fantasía no puede trampear tanto como es fama,
duende chapucero.
¡Adiós! ¡Adiós! Tu lastimero himno se apaga
sobre los prados cercanos, sobre la corriente calma.
Sube por la ladera de la colina y ahora está enterrado
en los claros del valle.
¿Es una visión o el despertar de un sueño?
Voló la música. ¿Estoy despierto o dormido?

John Keats, Londres, 1795- Roma, 1821
Versión © Jorge Aulicino



Ode to a nightingale


My heart aches, and a drowsy numbness pain/My sense, as though of hemlock I had drunk,/Or emptied some dull opiate to the drains/One minute past, and Lethe-wards had sunk:/'Tis not through envy of thy happy lot,/But being too happy in thy happiness,--/That thou, light-winged Dryad of the trees,/In some melodious plot/Of beechen green, and shadows numberless,/Singest of summer in full-throated ease.


O for a draught of vintage, that hath been/Cooled a long age in the deep-delved earth,/Tasting of Flora and the country green,/Dance, and Provencal song, and sun-burnt mirth!/O for a beaker full of the warm South,/Full of the true, the blushful Hippocrene,/With beaded bubbles winking at the brim,/And purple-stained mouth;/That I might drink, and leave the world unseen,/And with thee fade away into the forest dim:


Fade far away, dissolve, and quite forget/What thou among the leaves hast never known,/The weariness, the fever, and the fret/Here, where men sit and hear each other groan;/Where palsy shakes a few, sad, last gray hairs,/Where youth grows pale, and spectre-thin, and dies;/Where but to think is to be full of sorrow/And leaden-eyed despairs;/Where beauty cannot keep her lustrous eyes,/Or new love pine at them beyond tomorrow.


Away! away! for I will fly to thee,/Not charioted by Bacchus and his pards,/But on the viewless wings of Poesy,/Though the dull brain perplexes and retards:/Already with thee! tender is the night,/And haply the Queen-Moon is on her throne,/Clustered around by all her starry fays;/But here there is no light,/Save what from heaven is with the breezes blown/Through verdurous glooms and winding mossy ways.


I cannot see what flowers are at my feet,/Nor what soft incense hangs upon the boughs,/But, in embalmed darkness, guess each sweet/Wherewith the seasonable month endows/The grass, the thicket, and the fruit-tree wild;/White hawthorn, and the pastoral eglantine;/Fast-fading violets covered up in leaves;/And mid-May's eldest child,/The coming musk-rose, full of dewy wine,/The murmurous haunt of flies on summer eves.


Darkling I listen; and for many a time/I have been half in love with easeful Death,/Called him soft names in many a mused rhyme,/To take into the air my quiet breath;/Now more than ever seems it rich to die,/To cease upon the midnight with no pain,/While thou art pouring forth thy soul abroad/In such an ecstasy!/Still wouldst thou sing, and I have ears in vain--/To thy high requiem become a sod


Thou wast not born for death, immortal Bird!/No hungry generations tread thee down;/The voice I hear this passing night was heard/In ancient days by emperor and clown:/Perhaps the self-same song that found a path/Through the sad heart of Ruth, when, sick for home,/She stood in tears amid the alien corn;/The same that oft-times hath/Charmed magic casements, opening on the foam/Of perilous seas, in faery lands forlorn.


Forlorn! the very word is like a bell/To toll me back from thee to my sole self!/Adieu! the fancy cannot cheat so well/As she is famed to do, deceiving elf./Adieu! adieu! thy plaintive anthem fades/Past the near meadows, over the still stream,/Up the hill-side; and now 'tis buried deep/In the next valley-glades:/Was it a vision, or a waking dream?/Fled is that music:--do I wake or sleep?

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