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jueves, marzo 05, 2015

raúl gonzález tuñón. escrito en una trastienda



Escrito en una trastienda

En todos los puertos del mundo
descansa la noche
sobre los navíos oscuros
y reza su rosario de lunas
el viejo lobo curtido y silencioso.
Palomas de las músicas vagabundas
picotean los fanales encendidos.
Tu recuerdo ha hecho hueco en mi mano sin luz.
Ah, llegar a tu cabellera rubia como a un puerto final.

Atracan los astros
y detrás de los grandes murallones de sombras
luces multicolores se roban las miradas
y las estrellas son afónicas
como la voz de la violinista tuberculosa
cuya tos en el bar es obligatoria.
El alcohol anda en zancos y las mujeres canallas
Pasean su olor a polvo y su cansancio.
En todos los puertos del mundo
hay alguien que está esperando.
Hasta muy cerca de los navíos
salen los patios
y entran por los oídos de los marinos.
Un sabor dulce, un amargo sabor.
En todos los puertos del mundo
hay vagabundos como yo
que asoman al asombro lejano
el corazón, como un barquito en la mano.
Hay una calle, larga borrachera,
pedazos de noche dispersada
y cuando llega el alba roja y con su clarín
revuela pájaros alucinados,
en todos los puertos del mundo
hay alguien que está esperando.



Raúl González Tuñón, Buenos Aires, 1905- 1974
imagen de Georges Braque en Art Institute of Chicago

martes, octubre 22, 2013

raúl gonzález tuñón. eche veinte centavos en la ranura



Eche veinte centavos en la ranura

I

A pesar de la sala sucia y oscura
de gentes y de lámparas luminosa
si quiere ver la vida color de rosa
eche veinte centavos en la ranura.
Y no ponga los ojos en esa hermosa
que frunce de promesas la boca impura.
Eche veinte centavos en la ranura
si quiere ver la vida color de rosa.
El dolor mata, amigo, la vida es dura,
eche veinte centavos en la ranura
si quiere ver la vida color de rosa.

II

Lamparillas de la Kermesse,
títeres y titiriteros,
volver a ser niño otra vez
y andar entre los marineros
de Liverpool o de Suez.


III

Teatrillos de utilería.
Detrás de esos turbios cristales
hay una sala sombría.
Paraísos artificiales.


IV

Cien lucecitas. Maravilla
de reflejos funambulescos.
¡Aquí hay mujer y manzanilla!
Aquí hay olvido, aquí hay refrescos.
Pero sobre todo mujeres
para hombres de los puertos
que prenden como alfileres
sus ojos en los ojos muertos.

No debe tener esqueleto
el enano de Sarrasani,
que bien parece un amuleto
de la joyería Escasany.
Salta la cuerda, sáltala,
ojos de rata, cara de clown

y el trala-trala-trálala
ritma en tu viejo corazón.

Estampas, luces, musiquillas,
misterios de los reservados
donde entrarán a hurtadillas
los marinos alucinados.
Y fiesta, fiesta casi idiota
y tragicómica y grotesca.
Pero otra esperanza remota
De vida miliunanochesca…


V

¡Qué lindo es ir a ver
la mujer
la mujer más gorda del mundo!
Entrar con un miedo profundo
pensando en la giganta de Baudelaire…
Nos engañaremos, no hay duda,
si desnuda nunca muy desnuda,
si barbuda nunca muy barbuda
será la mujer.
Pero ese momento de miedo profundo…
¡Qué lindo es ir a ver
la mujer
la mujer más gorda del mundo!


VI

Y no se inmute, amigo, la vida es dura,
con la filosofía poco se goza.
Eche veinte centavos en la ranura
si quiere ver la vida color de rosa.

Raúl González Tuñón, Buenos Aires, 1905-1974

De Violín del Diablo, 1926

miércoles, junio 26, 2013

raúl gonzález tuñón. una figura mira desde el cuarto



Una figura mira desde el cuarto

Un día irá al desván, al remate, a la nada.
Ahora sobrevive entre la indiferencia
por encima del tiempo que ronda los relojes.
Gentes envejecidas, nuevos rostros,
ausencia, larga sombra.

En la sala que tanto desearon
y ahora  a veces el polvo su aburrimiento habita.
¿Quién dice que no es ella quien contempla
la vida de los otros, cómo crece
lo que será el recuerdo y el olvido?

Raúl González Tuñón, Buenos Aires, 1905-1974
de Poemas para el atril de una pianola, Libros de Tierra Firme, Buenos Aires, 1993
imagen de Modigliani, en Blog Da Regbit

martes, junio 25, 2013

raúl gonzález tuñón. escrito sobre una mesa de montparnasse



Escrito sobre una mesa de Montparnasse

Una tarde por el ancho rumor de Montparnasse
por ese aire de provincia tan confianzudo y claro
–cada ventana paga su pedazo de sol con una canción,
anduve bebiendo el buen vino rojo y alegre como una canción,
rojo y alegre como una revolución.

Y entonces, pensé: ¿qué haré ahora de mi vida?
Tengo dos amigos, un saxofonista y un vendedor de globos.

Ellos me han dicho: viene el invierno y eso es terrible.
Los gatos se calientan al sol pero un hombre necesita
de la buena lumbre, de la buena carne y de la mujer
siquiera dos veces a la semana.

Algunas mujeres me han detenido en Montmartre
pero me piden cigarrillos y cien francos
y yo solo puedo darles ágiles besos casi inéditos
y hablarles de mi país sin que ellas me comprendan
y decirles que Blanca Luz está en Méjico
sin que ellas me pregunten quién es Blanca Luz.

Una noche bajo la vieja luna de París degollada en los techos
–la luna que alumbra a los enamorados y a los cobardes–
yo vi cómo en un alto balcón
se amaban un muchacho y una muchacha.

Vengo de Buenos Aires, digo a mis amigos desconocidos,
de Buenos Aires que es tres veces más grande que París
y tres veces más pequeña.
Y aunque mi sombrero y mi corbata y mi espíritu canalla
sean productos perfectamente europeos
soy triste y cordial como un legítimo argentino.
Diría: soy un pobre muchacho abandonado aquí
como una valija rotulada en todas las aduanas del mundo
y quisiera irme al Turkestán porque Turkestán es una bonita palabra
y mi amigo Michel Berboff nació en Turkestán.

Pero si yo pudiera llevar a la práctica algo que hace días reflexiono:
¡Ponerme a gritar sobre la Torre Eiffel con afilados gritos
para que venga una mujer y me ame!

¿Conocen ustedes el Neuquén?
Allí hay cabañas de troncos de árboles
y pulperías en donde venden conejillos y libros de Maurice Dekobra.

¿Y Tucumán? En Tucumán solo puede buscarse
la noche en los ojos de sus
mujeres y las guitarras de sonoras y floridas parecen patios.

¿Y Mendoza? En Mendoza los niños saben cantar
porque han nacido al borde de las acequias.

¿Y La Rioja? Yo anduve por ahí adolescente y barbudo como un gitano
y gané una elección con cincuenta pesos y una vaca,
absorto, como Buster Keaton.

¿Y Santa Fe? En Santa Fe viví treinta días en un convento
con ocho frailes franciscanos que iban doblándose hacia el suelo.
Los duendes venían hasta mi cuarto trayéndome briznas de sol
y por la noche se ocultaban en las hornacinas
para hacerles señas a los perros sin dueño y a los viajeros extraviados.

Nosotros tenemos además estaciones abandonadas, pozos de petróleo
y escuelas rurales, como en los cuentos de Bret Harte.

Pero lo que no tenemos es la alegría verdaderamente constante,
la risa verdaderamente pura,
el corazón verdaderamente libre.

Y no se hable de mi corazón.
Yo quisiera
anunciar la función de los circos
dando puñetazos a las estrellas rojas.

Yo quisiera escupir los vidrios de un expreso de lujo
para que rabien los millonarios.

Yo quisiera interrumpir todas las comunicaciones telefónicas
para ver si encuentro una palabra, una sola palabra para mí
y abrir toda la correspondencia del mundo por ver si alguien
una sola persona tiene un recuerdo, un solo recuerdo para mí.

Yo quisiera explotar una bomba, derrocar un gobierno,
hacer una revolución con mis manos amigas del
cristal, de la luz, de la caricia
–destruir todas la tiendas de los burgueses
y todas la academias del mundo–
y hacerme un cinturón bravío de rutas
inverosímiles como Alain Gerbault
para que venga Blanca Luz y me ame.

Raúl González Tuñón (Buenos Aires, 1905-1974)


domingo, marzo 24, 2013

raúl gonzález tuñón. el domingo sin molly



 El domingo sin Molly


El domingo sin Molly es un domingo largo
como una serpentina tirada con desgano.
Este guardián de plaza que masca lejanías
como puchos y deja escapar de la mano
al ángel de la tarde niña de toboganes.

Si zambullo en un cocktail naufrago en el hastío
acordeón del suburbio roció caña en mi pena
saxofón del asfalto fue funebrero aullido
de todos los balcones colgaron manos muertas
crespones del amor ausente en el domingo.

Invalidez de ocaso como ronco organito
¡mi querida ciudad! Y este domingo enfermo
tarima sin orquesta caminos marchitados
en que uno parece marchar siempre a un entierro.

¡Este domingo irremediablemente largo!

Raúl González Tuñón, Buenos Aires, 1905-1974
imagen de Émile Savitry, 1903-1967, Montparnasse, en Émile Savitry

domingo, septiembre 16, 2012

raúl gonzález tuñón. los ojos de los muertos que ven nacer las lilas


Los ojos de los muertos que ven nacer las lilas

Los  muertos no están solos; hay una actividad
silenciosa y secreta, y un amable desdén
por aquellos que ignoran los detalles del tránsito.
Su indiferencia no es total; cambian las formas
y su fantasma va creciendo adentro, constante y sin apuro.

Es posible, no sé, que desde ese ángulo de visión cautivante
miren pasar los sueños, vean nacer las lilas
y descubran, de súbito, la derrota del tiempo.

Raúl González Tuñón, Buenos Aires, 1905-1974
de El rumbo de las islas perdidas, Editorial Descierto, Buenos Aires, 2012
imagen de Jerry Uelsmann© en Uno de los nuestros

viernes, octubre 28, 2011

todo se complica



El porvenir que nace como un niño, desnudo

...Cuando andemos de nuevo desnudos
y no tengamos vergüenza
Jesucristo

Desnudo nace el niño, desnudo y sin un céntimo.
El porvenir es un niño desnudo.
Vienen después los años, las leyes, los prejuicios, el alquiler,
los primeros ministros, y todo se complica.
Vienen los que se oponen a que la historia crezca,
las brújulas se inquieten y se apasionen los relojes,
y están los que se sientan en la piedra
("Non raggionam di lor, ma guarda e pasa").

A Moisés lo pusieron en una canasta, en la corriente,
y hubo un niño apodado La Suerte de California.
El porvenir estaba en ellos, desnudo y sin vergüenza.

Raúl González Tuñón, Buenos Aires, 1905- 1974
en El rumbo de las islas perdidas, Libros de Tierra Firme, Buenos Aires,1994
imagen Joe Sorren

domingo, octubre 23, 2011

raúl gonzález tunón. mission to seamen


Mission to seamen

De un bodegón antiguo llegan
ecos de valse trasnochado.
Hay cerca un caño que gotea
pausadamente divagando.

Escucha al río poderoso
que trae e su ala incansable
la gaviota que suelta el muelle
como una ocurrencia del aire.

Escucha voces extraviadas
de himnos y órganos en rara lengua
que registra la alta pared
de la Misión Para Gente de Mar.

Mira la luna ahogada en el charco,
huele la sombra del callado puerto
-solo y perplejo, con ojos de bruma-
el marinero que perdió su barco.

Pequeña teoría

I
Un mapa es como un viaje, como un sueño pintado.
Aquí los sueños hablan,
discurren desde el alba a la sombra, se duermen,
despiertan, nacen, mueren y son dos avenidas
-el recuerdo, el olvido-
sus enconados límites.
El barrio es como un mapa.

II
A la hora en que el grillo parte, quién sabe adónde.
A la hora en que rueda por el canal la luna
y hay luz en la alta bohardilla del orfebre.
A la hora en que arrojan los papeles inútiles,
cuando la flor nocturna enamora al rocío
y el canto del borracho se pierde en la distancia.
A la hora en que el silencio, que es poeta, cuenta cosas
(ya en su largo cansancio se tendió la barriada)
a la musa recóndita de las alcantarillas.
Cuando el titiritero sale del barracón
y maneja los hilos
que unen a las gentes con los sueños.

Óleo neorrealista con luz sur

("... Y Raúl González Tuñón/ el poeta que colgarán/ de la techumbre de un figón/ que esta canción es la canción/ de la rebanada de pan", Rega MOlina, Azul de mapa)

Que siga así esta fonda con su fondo
de profunda cocina velazqueña
y su cortina de humo trasnochada
y el banco tosco y la baraja sucia.
Tan porteña, tan internacional,
como nuestra ciudad desparramada.

Taberna de una calle sin historia
en la densa cintura suburbana.
Almanaque caduco, espejo roto,
moscas, mesón oscuro, vino en pipa
de generosa estirpe cantinera.
¡Llena de tango y coplas asturianas!

Siempre la veré así: gente que habla
de lo que ocurre y lo que va a ocurrir.
Luna y sol de vereda popular
o la garúa penetrando el muro.
La mariposa muerta en la tulipa
y un niño que dibuja en la ventana
algo que tiene forma de futuro.

Algo que tiene forma de país.

Raúl González Tuñón, Buenos Aires, 1905- 1974
en Poemas para el atril de una pianola, Libros de Tierra Firme, Buenos Aires,1993
imagen s/d

viernes, julio 22, 2011

raúl gonzález tuñón. historia de veinte años



Historia de veinte años

¿Te acuerdas de las señoritas antiguas, con sus largas polleras,
sus grandes moños y sus finas caderas?
¿Has visto las fotografías de los balnearios color sepia,
los divertissement de las ferias y el agua lenta,
el agua perfumada,
el agua azul
de los azules valses de Viena?
Entonces los Reyes eran primos hermanos
y con primos hermanos se casaban las princesas.
Entonces Alfonso XIII tenía veinte años.
Entonces estallaban los primeros motines y se cortaban muchas cabezas.
Entonces ya se caía del caballo el Príncipe de Gales
y aun se elogiaban las manos de Eleonora Duse.

Fíjate cómo se amontona la historia,
cómo muere y renace todo
cómo los que creíamos vivos han desaparecido,
cómo los que creíamos muertos están presentes.
Las historias de Jack el Destripador,
la cursilería de los sombreros con flores,
las primeras pantallas japonesas,
los globos cautivos y las novelas por entregas,
los angelitos de los cielorrasos
y las czardas de los restaurant a la moda,
¿dónde, dónde han ido a parar?
Tus muñecas, tu retrato de novia -parecías menos joven-,
aquella madurez tuya prematura, y hoy deslumbrante,
¿dónde, dónde ha ido a parar?
Fíjate en los tiempos que nos toca vivir.
No se sabe cuándo pararemos, no tenemos destino fijo,
somos seres en borrador,
inconclusos,
desparramados.
La fotografía de cada año nuestro
significa un acontecimiento tras otro.

1914. 1915. 1916. 1917. 1918.
Cae sobre el mundo la bomba tremenda de la guerra.
Millones de cruces de madera aparecen en los campos.
Fusilan a una enfermera de Bélgica.
Dicen que Guillermo se divierte con sus más feroces soldados.
Poincaré ha estado en Rusia
y los condes de Viena han estado en Berlín.
Lloyd George se mete en negocios siniestros.
Condecoran a Basil Zaharoff con la Orden del Baño.
Nos llegan a nosotros, niños, las emanaciones de los gases.
Y hasta nuestras costas vienen los submarinos.
Ocultan por dos meses la muerte de Francisco José.
A los quince días lo sacan al balcón del Palacio.
La gente de Viena lo ve, en lo alto, agitando los brazos.
Pero está muerto y relleno de estopa como una marioneta.
¡Francisco José ha muerto! ¡Que muera Francisco José!
El hombre de la bicicleta,
el hombre del pan bajo el brazo,
el dulce amigo de los niños
va camino de Petrogrado.

Es Lenin, es nuestra esperanza
-la insurrección de campesinos, obreros, marineros y soldados-
un gran resplandor viene de Rusia
y en el Volga cantan los insurrectos.
Exterminan a la familia Imperia...
Acordaos cuando tirasteis sobre el cura Gapón y la multitud que pedía pan.
El armisticio abre la tumba del Soldado Desconocido.
Los hipócritas ancianos de Francia lagrimean frente a la lámpara votiva.
Ese canalla de Briand, dice "L'Action Française".
Ese bandido de Clemenceau, dice "L'Humanité".
El evangelista Wilson a quien han presentado bellas prostitutas
se vuelve a la Unión con su carga de lapiceras.
Un nuevo cereal se descubre en el mundo:
son los millones de muertos que han florecido blancas cruces de madera.
Los social-demócratas traicionan el proletariado.
Carlos Liebneck -el hombre que amaba las flores-,
Rosa Luxemburgo -la hembra que amada los pájaros-,
están caídos en el arroyo con los cráneos destrozados.
Han pasado cuatro años desde que mataron a Jean Jaurés
mientras tomaba su taza de café-creme frente a la vidriera del Croissant.
Los nobles alemanes, austríacos, rusos, hacen el camarero y el ladrón,
el sirviente y el maquereaux, el cabaretier y el bailarín.
Es algo espectral, algo terrible,
cuando un servil los reconoce y los saluda
o cuando se visten con trajes y perfumes baratos.
Cómo están de cambiados con sus blusas apolilladas
y sus largos guante.
Algunos se han hecho tatuar.
Algunas se entregan en los recovecos
y Francisco José lleno de estoa
¡estuvo asomada a la ventana del Palacio!

1919. 1920. 1921. 1922. 1923. 1924. 1925.
Un temblor histérico corre por la espina dorsal del mundo.
Una falsa prosperidad se instala en las ciudades y en los campos.
Prospera la cadena con Ford, Citroën, Coty y Fiat.
¡Atención al cinematógrafo, al arte nuevo!
Pero los burgueses lo absorben todo y envilecen todo.
Turatti entrega las fábricas a un delirante hombrecillo,
traidor de su clase
y la desesperación burgues se llama ahora fascismo.
Atención a Einstein, a Freud, a Spengler, a Gide, a Joyce, a Lawrence.
Los blues traen del sur de la Unión la tristeza negra
-aunque ya los barcos a turbina no recorren el Mississipi,
ni la dorada luna de los circos se pasea en el cable.
Nos echan todo abajo,
nos hablan en otro idioma,
nos consideran muertos,
nos voltean los dioses,
nos destruyen los dogmas.
Hay que cambiar a cada rato de casa.
Es como si nos muriéramos por etapas.
¡Ay! los riñones, los sesos, el hígado, el corazón, los pulmones,
todo se está pudriendo,
lo más flamante se pudre y se viene al suelo con estrépito.
Las catedrales, la música, la pintura, todo huele a podrido.
Estamos en plena confesión.
Centenares de hombres se ahogan en los submarinos hundidos.
¿Qué importa una catástrofe después del Marne, Jutlandia y Verdún?
Ebert bebe champagne y Grosz lo desnuda.
Los libros de guerra alambran los escaparates.
Se forman los grandes comités internacionales.
Se viaja vertiginosamente
y toxicómanos, invertidos, locos y mutilados invaden las ciudades.
Los generales mueren en la cama, caen ministerios.
Basil Zaharoff anda en coche de inválido.
¿Quién no está despierto, quién no permanece atento
en la noche del caos?
Todavía hay gente que escribe versos de amor.
Todavía hay artepuristas en el mundo,
todavía hay maestros y teósofos,
todavía hay sacerdotes y militares.
Todavía Gandhi, el viejecito cretino, predica la desobediencia pasiva.

1926. 1927. 1928.1929. 1930. 1931. 1932. 1933.
Ruge China con sus millones de coolies.
El Kuo-Ming-Tag traiciona la sovietización.
Los mariscales jóvenes se venden por millones de dólares.
Los imperialismos yanki, inglés, japonés, avanzan sobre el mundo.
¡Nos han echado a perder Honolulu, Papeete, Samoa!
El dedo acciona el gatillo en Chicago.
Morgan tiene su equivalente en Capone.
Gobernadores, jueves, policías, se entregan impúdicamente:
Eso lo ha demostrado Fred Pasley.
La cadena sigue envileciendo a los hombres.
La prosperidad es una mala palabra.
Los primeros desocupados marchan su hambre sobre las ciudades
y Sacco y Vanzetti ya están secos, quemados,
con las uñas hundidas en las sienes.
Los fusilamientos en masa de obreros y soldados
son la única música que se conoce.
"Un grupo de morfinómanos, pederastas y locos se apodera de Alemania":
eso está escrito en el Libro Pardo.
Violan a las hijas de los judíos,
patean los vientres de las madres,
orinan sobre los padres en los fosos,
queman pilas de libros en las plazas públicas.
Goering incendia el Reich y encarcela a 200.000 comunistas.
El curandero Roosevelt se para frente a Roma y Moscú.
Habla por radio, inventa el Águila Azul,
renguea bastante y ordena las cargas sobre las muchedumbres agrarias.
No acaba con la cadena.
Defiende la propiedad
y alimenta la desocupación.
Qué embromar con el curandero de la Casa Blanca.
Dimitroff dice:
¿Tenéis miedo de los comunistas?
Dimitroff dice:
La sexta parte del mundo.
Oh, no me olvido de Rusia.
Allí está la libertad en preparación,
allí está la dignidad del hombre,
allí está el arte reflorecido,
allí está el cine purificado,
allí está el viento de los trigales y la oscura
sinfonía de los tractores.
Allí está el Plan Quinquenal y sus Brigadas de Choque.
Fíjate cuánta historia amontonada, empujada.
Fíjate cuánto acontecimiento junto.
Y el más grande
y el único
-el hombre de la bicicleta
-el hombre del pan bajo el brazo
-el dulce amigo de los niños
camino de Petrogrado.

Raúl González Tuñón, Buenos Aires, 1905-1974
de Todos bailan, Libros de Tierra Firme,Buenos Aires, 1987
imagen: Raúl González Tuñón. s/d

viernes, diciembre 17, 2010

ya sin secretos





Blues de las cosas viejas

Las cosas viejas, tris, entrañables, sin voz y sin color, tienen secretos... José Asunción Silva

I

¿Quién piensa en los instantes
que quedaron fijados en las fotografías?
Tiempo que fue y deviene.
Morir no es destruirse.
¿Quién piensa en los retratos
de aquellos que partieron
y hoy miran cómo crece la vida de los otros,
cómo sube la muerte?

Morir es transformarse.

Vida que fue memoria vencedora
de tiempos y de olvidos.
Retratos familiares, solos, indiferentes
o de extraña presencia palpitante.
Retratos de los novios, disfuminadas sepias,
fotografía grande de la boda;
ese traje de un día, nupcial evanescente
que se arrumba en un cofre,
igual que en otro cofre ese otro traje
de un día, la mortaja.

Figuras de los próceres que fueron
y ahora son sólo nombres de calles desteñidas,
perdidas, desvaídas
en la ciudad inexorable.
Figuras de posturas o tamaños distintos.
Fotos tomadas a su hora,
o ausente el ser querido,
manos fieles las deshojan de un álbum
para exponer, como si fuera viva,
su muerte inapelable.

II

Amo las cosas viejas que habitan el silencio
como antiguos fantasmas en vastos caserones
de hierba abandonada y de rejas caídas,
solos, vacíos, sin después.
Calles, plazas, mansiones con historia
o con la historia simple, sencilla, prodigiosa
de lo que fue humano acontecer.
Palomares que un gallo de veleta corona,
molinos que ahora yacen en amargas arenas,
restos de enormes quintas,
la sola puerta derramada y muerta,
reverberos inútiles, patios que nadie cruza,
algún aljibe ahora seco y mudo,
donde estuvo la casa familiar y fragante.
Parques, losas, portales, balaustradas
descascaradas y llovidas.
Cofres ya sin secretos, violines sin cintura,
lápida que los yuyos invadieron,
con la mmitad de un nombre; Calesitas
que se mueren de a poco en los baldíos.
Encajes de Bruselas o de Brujas la Muerta
yacentes en el último cajón que oliera a espliego
de la vetusta cómoda que no reclama nadie.
Espejo cuya luna devoró tantas horas,
tanta hoja de almanaque arrancada a la vida,
el primer baile, el velatorio... Espejo
que trasciende ya dulces, ya tristes sugestiones,
como esos objetos que de tanto mirarlos
ya no importan
y sin embargo en ellos, como soñara Rodenbach,
a su modo perduran reflejados los antiguos semblantes:
"Los ausentes queridos sobreviven en ellos".
Sombrillas, abanicos de otros días,
arrumbados en sórdidos desvanes,
saudosos de otros soles, otras lluvias
otros suspiros de clavel del aire...
Ventanas de otras épocas, todavía asomadas
a horizontes ingenuos de inefables postales.
Un insistente clima de nostalgia y recuerdo.
Un sentido, una música, una plural fragancia.
Maniquíes desnudos,
medallas de perfiles ya borrados,
retratos y paisajes que detienen el tiempo,
cosas viejas, dejadas, escondidas, colgadas,
como si fueran su fotografía.

Y como sobre el arpa de Bécquer, polvorienta,
pero inmortal
o como sobre el féretro sin cruz
de José Asunción Silva, el colombiano
(que se hizo trazar con un lápiz azul
un círculo en el pecho,
para que el tiro no fallara...)
la sombra de una sombra.
La sombra de "una sola sombra larga".

Raúl González Tuñón, Buenos Aires, 1905-1974
de A la sombra de los barrios amados, Editorial Lautaro, Buenos Aires, 1957
imagen s/d

miércoles, abril 01, 2009

la nostalgia es un cuarto donde habita el insomnio


"El puchero misterioso"

(Curioso fondín que funcionaba en el despacho de bebidas del almacén de Cangallo y Talcahuano, hoy desaparecido)
Los amigos estaban allí; la noche, el humo
―su pequeño país de ansias y sueños vagos―.
Los poemas ya escritos y los que se agitaban
detrás de la vigilia; los últimos cocheros;
Pelito Verde, el Sábalo, canillitas; bohemios
sin melena; el buraco
en la pared ―un desvaído mapa―
desde donde salía el plato fuerte
y el vino del invierno.
(Y después un tranvía cayó al Riachuelo...
En el saco de pana, el obrerito,
llevaba un sandwich de carne fiambre
y una figura de calcomanía).
Y después entubaron el Arroyo,
voltearon edificios, y al Gobierno.
Desde entonces fue triste el Carnaval
y empezaron a caer las insignias
de las vetustas tiendas,
la milonga, la luna, Frank Brown, los buhoneros.

Todo se ha ido ya, los verdes años,
el almacén, la ochava, la fregona,
el Ainenti, la guerrilla literaria,
el caricaturista de café, la yiranta,
las "Camas desde un peso", la kermese,
el varieté, el vendedor de globos,
Yrigoyen, Alvear, los presidentes
que antes andaban solos por la calle...
Todo aquello que cabe en el recuerdo.

La nostalgia es un cuarto donde habita el insomnio.

Todo se ha ido, todo, menos lo que vendrá.
Y la lluvia, los circos, la esperanza,
el cartero.

Raúl González Tuñón, Buenos Aires, 1905-1974.
de A la sombra de los barrios amados, 1957.
imagen de Antonio López Torres, Jugando a las bolas, 1946. En epdlp

viernes, noviembre 09, 2007

raúl gonzález tuñón. lluvia

20070131042609-lluvia.jpg


lluvia
Entonces comprendimos que la lluvia también era hermosa.
Unas veces cae mansamente y uno piensa en los cementerios
abandonados. Otras veces cae con furia, y uno piensa en los
maremotos que se han tragado tantas espléndidas islas de extraños
nombres.
De cualquier manera la lluvia es saludable y triste.
De cualquier manera sus tambores acunan nuestras noches y la
lectura tranquila corre a su lado por los canales del sueño.
Tú venías hacia mí y los otros seres pasaban:
No habían despertado todavía al amor.
No sabían nada de nosotros.
De nuestro secreto.
Ignoraban la intimidad de nuestros abrazos voluptuosos, la ternura
de nuestra fatiga.
Acaso los rostros amigos, las fotografías, los paisajes que hemos
visto juntos, tantos gestos que hemos entrevisto o sospechado, los
ademanes y las palabras de ellos, todo, todo ha desaparecido y
apretado destino, en nuestra posible muerte única, en nuestra
posible resurrección.
Te quiero con toda la ternura de la lluvia.
Te quiero con toda la furia de la lluvia.
Te quiero con todos los violines de la lluvia.
Aún tenemos fuerzas para subir la callejuela empinada. Recién
estamos descubriendo los puentes y las casas, las ventanas y las
luces, los barcos y los horizontes.
Tú estás arriba, suntuosa y bíblica,
pero tan humana, increíble, pero, tan real, numerosa, pero tan mía.
Yo te veo hasta en la sombra imprecisa del sueño.
Oh, visitante.
Ya es seguro que ningún desvío nos separará.
Iguales luces señaleras nos atraen hacia la compartida vida, hacia el
destino único.
Ambos nos ayudaremos para subir la callejuela empinada.
Ni en nuestra carne ni en nuestro espíritu nunca pasaremos la línea
del otoño.
Porque la intensidad de nuestro amor es tan grande, tan poderosa,
que no nos daremos cuenta cuando todo haya muerto, cuando tú y yo
seamos sombras, y todavía estemos pegados, juntos, subiendo
siempre la callejuela sin fin de una pasión irremediable.
Oh, visitante.
Estoy lleno de tu vida y de tu muerte.
Estoy tocado de tu destino.
Al extremo de que nada te pertenece sino yo.
Al extremo de que nada me pertenece sino tú.
Sin embargo yo quería hablar de la lluvia, igual, pero distinta, ya al
caer sobre los jardines, ya al deslizarse por los muros, ya al reflejar
sobre el asfalto las súbitas, las fugitivas luces rojas de los
automóviles, ya al inundar los barrios de nuestra solidaridad y de
nuestra esperanza, los humildes barrios de los trabajadores.
La lluvia es bella y triste y
acaso nuestro amor sea bello y triste y acaso esa tristeza sea una manera sutil de la alegría. Oh, íntima,
recóndita alegría.
Estoy tocado de tu destino.
Oh, lluvia. Oh, generosa.

Raúl González Tuñón