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martes, julio 16, 2013
juan l. ortiz. por qué
Por qué...?
Por qué la elegía
es hoy
un verde de 1° de septiembre
que casi no se ve?
Por qué en la nada de la luz
amarilla
una melancolía, o qué?
que no se sabe si se va
o espera?
Por qué el abismo llama a sí,
si algo que es un espíritu de hojillas
quiere dar alas al abismo?
Oh tarde,
tarde que eres y no eres,
en qué límiete
de cristal?:
me lo dirás tú o me lo dirá
ese pajarillo de allá,
de qué allá?
que extrañamente sobrevive,
oh, dulce, extrañamente,
al oro del silencio?
Juan L. Ortiz, Puerto Ruíz, 1896 - Paraná, 1978
de De las raíces y del cielo, 1958
en en Juan L. Ortiz, Obra completa, segunda edición, Universidad Nacional del Litoral, Santa Fe, 2005
imagen de Juan L. Ortiz en el ortiba.org
lunes, octubre 08, 2012
juan l. ortiz. este río, estas islas
Este río, estas islas
Para "comprender" este paisaje habría que estar muerto...
un poeta español
Mirábamos el río, las islas, este río, estas islas.
Dos o tres notas, sólo, que jugaban apaciblemente
hasta el infinito, sin elevarse mucho,
en el brillo matinal como de rocío persistente.
Una gracia quieta, quieta, de melodía algo aérea,
que se veía morir, sin embargo.
¿Fue eso, amigo, lo que te trajo el pensamiento de la muerte?
¿O esa paz que parecía, aunque suavemente ensimismada,
querer alzar quién sabe qué vuelo en el celeste húmedo
hacia sutiles "ídolos de sol"?
Venías del centro de la gran inquietud y de la lucha.
Venías del dolor y de la angustia por la suerte de los hermanos.
Venías de la vida noblemente quemada por la pureza de la mañana.
Caías también con cada ráfaga que abatía a los héroes como espigas.
¿Había pues, este río y estas islas;
había, pues, este amor lejano, azulado, del cielo y de las islas?
¿Había, pues, este olvido que temblaba en su fragilidad hialina?
¿Estaba, pues, este andante de Mozart
cuando el amor, el nuevo amor, nos llama desde por ahí con el pecho atravesado?
¿Muerto para este amor había que estar
para sentir profundamente ahora el de este cielo y de estas islas?
¿No era la verdadera vida, la mejor vida, ésa
de caminar alegres, a pesar de todo, a través de la noche,
atender en la noche los gritos y los llantos
y las manos que se tienden entre los hierros pálidos,
y preparar el alba y las "mañanas que canten" para todos
sin que nadie deba estar muerto para nada
si de repente el canto, de tan puro, lo pusiera frente al ángel?
¿O es que de veras sólo desde no sabemos qué formas, siempre
más allá de las que llamamos ahora vivas,
podríamos dar en el secreto de estas horas,
que parecen venir de una desconocida gracia
con un sentido que se dijera no es de este mundo,
tal es su transparente inocencia, tal su sueño
espacial de allá lejos en que hay alas tenuísimas
que brillan y se apagan con una melancolía ya celeste?
-Ah, si esta melancolía fuera la de su soledad
y pudiera nuestro sentimiento
hacerles una íntima, una real compañía mientras aquí se posan...
Pero esta lucecita destacada ya no existiría,
y no es ella la que, con todo, única,
más allá de sí misma, es cierto, muy humilde y perdida
en la sombra o en la luz de estas alas que pasan,
puede tocar a veces el temblor de su vuelo o de su efímero reposo?
¿O acaso por estar justamente separada
sólo ella sentiría la unidad de estos momentos como un halo?
Sin embargo, oh mi amigo, cuando dijiste eso,
también imaginé lo que podría ser
ya apagada la débil luz nostálgica.
¿Del aire o de los árboles, de esos árboles de las islas seríamos?
¿O del pasto recorrido de repente por un misterioso escalofrío de flores?
¿Del aire, qué cosa del aire, al fin, seríamos?
¿Un estremecimiento amanecido, como con un oro interior,
entre las ramas todavía dormidas?
¿O una diáfana presencia ubicua de estas islas
palpitando igual que una dicha apenas visible sobre los bañados
y entre los pajonales y los juncos que algún espíritu roza
o mirando celestemente a través de los follajes
la humilde danza que empieza en los caminitos y en las hierbas?
¿Y en la tarde allí, seríamos esa limpidez absorta, algo triste, ¿por qué?
que se afina con un inexplicable desasosiego íntimo
o se ahonda con la queja grave de la paloma?
¿Y por qué fuego, luego, de vagos abanicos, radiados, pasaríamos
a la brisa que muere, ya estelar, sobre los tallos y los cálices
y la fuga imposible, triste, de los senderos?
¿Y en la alta noche ese hálito en que la sombra suspira de improviso
con un anhelo frágil que sólo el cachilito y las hojas entienden?
¿O esa ligera paz de una oscura unidad recuperada?...
Del aire y de los árboles, sí pero una mínima cosa seríamos, quizás.
Una mínima cosa ciega, como en el éxtasis del amor,
si a ese aire y a esos árboles en la llama o el polvo hubiéramos pasado,
o si llegase allí, ¿de dónde? una nada en no sabemos qué vibración.
¿Volverán algunos átomos a los lugares que fueron queridos?
¿Temblarán un minuto, un brevísimo minuto siquiera, sobre ellos o en ellos?
Ah, pero quizás como en el éxtasis del amor o de la música,
perdidos en la eterna corriente, una, que hace y deshace espumas,
estas espumas, ay, tan perfectas en su infinita gracia anónima
que desde aquí nos turba con un sentido que quisiera aparecer sobre su extraño sueño,
mientras por otro lado o de nuestra misma sangre dolorida, manos, manos nos llaman...
Juan L. Ortiz, Puerto Ruíz, 1896 - Paraná, 1978
de El aire conmovido, 1949
en Juan L. Ortiz, Obra completa, segunda edición, Universidad Nacional del Litoral, Santa Fe, 2005
imagen de Jerry Uelsmann©, Untitled, 1996, en Uno de los nuestros
domingo, abril 22, 2012
sin horror, oh, sin horror
Alguien mirará
¿Alguien mirará desde aquí este río, estos ríos, a través de los paraísos,
cuando el crepúsculo sea un silencio gris de franjas apagadas?
¿Quién, desde aquí, sentirá el ala del silencio, triste de haber quemado ya sus flores,
y alisándose con vaga solemnidad, tocarle extrañamente?
Hacia qué país o qué abismos el adiós del ala pálida?
No son siempre nuestros, oh alma, las miradas y los sentimientos.
¿No ves los follajes fijarse en un oscuro éxtasis hacia la infinita ceniza todavía viva
y temblar de repente, como espíritus, en un íntimo y leve escalofrío inquieto?
¿Y las paredes blancas, y las corolas aun abiertas, y las aguas fieles, y los pájaros quietos y las gramillas tímidas?
Las criaturas, en fin, que no sabemos, y que el día deja lo mismo que una música o lo mismo que una fiebre...
Ah, y los que vendrán, las jóvenes almas que vendrán, fuertes por el amor para los vértigos sutiles,
de ojos serenos y sonrisa valiente para todos los abismos. ¿Qué fatales
melancolías habrá con los talles enlazados y un alba ya latente en el propio balcón hacia la noche?
Ellos, oh alma, desde aquí, o desde allá, recogerán en su pureza todo el silencio gris antes de alejarse,
y serán iguales que hierbas para los roces misteriosos y las despedidas aladas,
sin horror, oh, sin horror, y sin cuidados inútiles y sin heridas ajenas
en el camino de sombra que llevará, bajo las altas pupilas, hacia una luz de comunión...
Juan L. Ortiz, Puerto Ruíz, 1896 - Paraná, 1978
de La brisa profunda, 1954
en Juan L. Ortiz, Obra completa, segunda edición, Universidad Nacional del Litoral, Santa Fe, 2005
imagen de Anne Arden McDonald, Untitled Self Portrait #21, California, 1989, Anne Arden McDonald
viernes, abril 08, 2011
juan l. ortiz. 22 de junio
22 de junio
(Para los poetas de la rosa y la mariposa)
Ellos también, poetas, defienden nuestros sueños.
¿No es acaso la poesía visión en que esta fiebre de formas que es la vida
ilumina de pronto las todavía trémulas y tiernas figuras del nacer?
¿Pensáis que una lívida muerte de hierro sobre el sueño
os podrá permitir decir la rosa, decir el vuelo de la mariposa?
Por éstas también se dice el amor a los otros,
y la muerte lívida estará atenta a las más frágiles palabras de amor
para romperlas algunas veces sobre los mismos delicados labios que apenas las murmuran.
Ya sabéis que hubo hogueras, ya sabéis que hubo hierro,
para los que solo fueron una débil brisa entre las cañas
o un tenue hilo de flauta casi perdido en sí mismo.
Es que la brisa y la flauta suspiraban por un mundo que se creía perdido
lo llamaban en la noche a un alba que se pensaba descendería de las estrellas.
La poesía fue nostalgia, mis amigos,
de la comunión que ahora sabemos cómo florecerá.
A pesar de ella misma fue nostalgia.
Por eso el hierro lívido quiso encerrar la brisa
y el estúpido fuego hacer cenizas de la más delgada agua de la melodía...
La poesía fue un sueño desgarrado también.
Fue una 'entraña desgarrada', ¿verdad Tchou-Chou-Tchenn?
porque no había quien hablara por los que se curvaban entre los arrozales y los trigos
mientras ella sufría la herida de la primavera.
Pero el sueño se iluminó y se extravió en finísimos laberintos.
Hölderlin y Jean Paul y Novalis y Tieck,
hasta la voz del 'cielo y del infierno' y hasta la voz del éter
y hasta la voz de 'Las iluminaciones'.
Blake, Shelley y Rimbaud supieron que no estaban solos, y vieron, mis amigos,ellos vieron.
Y unos cantaron lo que vieron y otros gritaron lo que vieron
cegados casi por el resplandor de una estrella que ahora nacía de la tierra..
Los poetas no estaban solos.
Mis amigos, ellos vieron, Brazos sobre los que perlaba la transpiración de la sangre
empezaban a arrojar en medio del dolor y del suplicio las semillas del sueño.
Y el sueño fue como un viento que madurara en las ciudades, en las aldeas y en los campos.
Y sobre la primavera del sueño se abatió la tempestad del hierro lívido el 22 de Junio.
Y los brazos que sostenían el sueño le hicieron un blindaje de muerte contra la tempestad.
Y la estrella de cinco puntas fue un ubicuo terror para el terror gamado...
He ahí nuestro sueño hecho una rosa de muerte para defenderse de la muerte.
He ahí la estrella hecha un relámpago fatal para defender la dulzura de la tierra
en la gracia de la harina, en la gracia del aceite, en la gracia de la sal y en la gracia del vino
para la gracia recién libre de vuestro canto, oh poetas de la rosa y de la mariposa.
Ellos también, poetas, defienden nuestros sueños entre las ráfagas lívidas de la muerte.
La rosa y la mariposa son de acero
para que mañana, en la primavera,
podamos decir, como el hermano Pasternak, la extrañeza del álamo en la calle...
La rosa y la mariposa son de muerte para los poderes de la muerte abatidos sobre el sueño.
Juan L. Ortiz, Puerto Ruíz, 1896 - Paraná, 1978
de El álamo y el viento
en Los poetas sociales, Centro Editor América Latina, Buenos Aires, 1968
imagen: Pierre Bonnard
sábado, enero 15, 2011
poesía argentina. resplandor extraño y casi triste y otros
**
Hierba
Iba a cortarte pero me detuve.
¿Cómo impedir a Dios tu acercamiento?
Tus dueños son el sol, el agua, el viento,
las iluminaciones de la nube.
Vives de nada, así, como con tiento,
Mas a tu lado, se hincha, crece, sube
la vida vegetal, la vida en que hube
de ver tu savia y de sentir tu aliento.
Oh, hierba, que en lo bueno y en lo malo
hallas pureza idéntica y regalo.
Miro a mis pies el mundo a que has venido
de poca tierra y mansedad umbría.
En él hay todo lo que yo quería
para permanecer desconocido.
Horacio Rega Molina,San Nicolás, 1899- Capital Federal, 1957
de Sonetos con sentencia de muerte, 1940
**
Corazón del Oeste
3
Como antes lloviznaba, como el canto
Que antes caía en lluvia y sal radiosa,
¡Ay!, la artería floral volcada en llanto
Muere amapola y muere mariposa.
Junto a las líneas de mi mano abierta
LLegas, amargo río, y te detienes.
Nave de soledad, balsa constante.
Qué solo árbol, qué cerrada puerta,
Qué piedra en muro y epitafio amante.
¡Ay!, lloviznaba el oro de tus sienes
En permanente litoral fragante.
Vicente Barbieri, Alberti, 1903- Buenos Aires, 1956
de Corazón del Oeste, 1941
**
Tarde de primavera o de otoño
Tarde de primavera o de otoño de principios de febrero?
Grillos en la limpidez llovida, tan pura que nos duele.
-Oh, Rimbaud frente al vacío apenas dorado, a la nada encantada e infinita,
resplandor extraño y casi triste de unas verdes presencias
que esperan el mensaje de los espíritus que volverán dentro de algunos momentos.
Dónde están los pájaros ahora?
En esta tarde recuerdo la otra.
Niebla luminosa sobre las fachadas, sobre el pasto, sobre los árboles, a las 4.
Una felicidad súbita e interior de un resplandor inmóvil como un ángel
que sonriera para nadie
apenas, muy apenas traspuesto el límite de la siesta de Enero.
Juan L. Ortíz,
de El álamo y el viento, 1947
**
El amor
bello era trattare al quanto d'amore
Dante, Vita Nuova
Alberto Girri, Buenos Aires, 1919-1991
en Otro río que pasa y en este blog
I
III
***
Todos los poemas pertenecen a Otro río que pasa, Bajo la luna, Buenos Aires, 2010 y en este caso, fueron seleccionados por Jorge Aulicino para 'Diez poemas de la década del 40'
imagen: John Jude Palencar
jueves, diciembre 20, 2007
juan l. ortiz. sí, mi amiga, estamos bien
Sí, mi amiga, estamos bien, pero tiemblo
a pesar de esas llamas dulces contra junio…
a pesar de esas llamas dulces contra junio…
Estamos bien… sí…
Miro una danzarina en su martirio, es cierto,
con los locos brazos, ay, negando la ceniza
y el crepúsculo íntimo…
Miro una danzarina en su martirio, es cierto,
con los locos brazos, ay, negando la ceniza
y el crepúsculo íntimo…
Estamos bien… Cummings que se va, muy pálido,
al país que nunca ha recorrido,
mientras Debussy enciende el suyo, submarino…
al país que nunca ha recorrido,
mientras Debussy enciende el suyo, submarino…
Estamos bien… Pero tiemblo, mi amiga, de la lluvia
que trae más agudamente aún la noche
para las preguntas que se han tendido como ramas
a lo largo de la pesadilla de la luz,
con la vara que sabes y la arpillera que sabes,
en las puertas mismas, quizás, de la poesía y de la música…
que trae más agudamente aún la noche
para las preguntas que se han tendido como ramas
a lo largo de la pesadilla de la luz,
con la vara que sabes y la arpillera que sabes,
en las puertas mismas, quizás, de la poesía y de la música…
Estamos bien, sí mi amiga, pero tiemblo de un crimen…
Cuándo, cuándo, mi amiga, junto a las mismas bailarinas del fuego,
cuándo, cuándo, el amor no tendrá frío?
cuándo, cuándo, el amor no tendrá frío?
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