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qué reinado tan triste



I

No te quiero como una mancha inerme entre dos fechas
con los habitantes testigos que componen toda historia
disueltos en la cruz de la ventana -transida vena-.
No es el amor ni es negocio del alma,
es un agradecimiento dispar y sin rigor,
redención parapetada en los atardeceres
que demora el aire muerto de los espejos,
mi orgullo esquivo
y tu aliento mojando la ciudad dormida y admirable.
No es el amor ni es negocio del alma,
es la acción particular del tiempo,
y debes saberlo,
porque las horas que declaro ciertas
estaban gobernadas por el único metal que escucha:
el fuego.

Las magias empezaban,
cuando la seda lejana de una corneta
llegaba desde el río humoso, alzaba su voz, radiante aviso,
y en las aguas mugían -¿por qué no?- los toros inmolados a Neptuno.
Empezaban
junto a los pudorosos y distantes versos ingleses
donde el anónimo amador
decía que el amor bueno es siempre moderado
y dura toda la vida.
Junto a la estampa representando la fantasía,
esa mujer tan accesible y suntuosa,
rondada su frente por las hojas.
¡Qué compacta cabellera!
¡Qué manos tan lindas crispadas sobre las telarañas!
Estampas de la moda elegante ilustrada,
con patos, sombrillas, perfectos jardines disfrazando la tierra,
y los helechos finamente muertos.

No es el amor ni es negocio del alma,
es mejorar con palabras lo que creemos oír por primera vez.
Las pruebas del amor, mitad esperanza, mitad sueño,
varían desde la enajenación hasta una flor ciega,
pero nos damos cuenta que ese seguro misterio
está ordenado para que los hombres se crean iguales
o mejores.
No es el amor ni es negocio del alma,
ahora, la hiedra del deseo, la revolución del deseo, la honradez del deseo,
el deseo probando en su cárcel al cuerpo dócil.
El deseo,
mira que reinado tan triste.

de Playa sola, 1946

El testigo

Con el rostro enlodado, en un rapto de furia celosa
levanto el acta de mi piel.
Esta piel mía, fantasmal y tensa,
que envejece sola.

Hay respuestas, condenas, hay nacimientos
y heridas de clavos que algo significan.
Mas ni eso, ni la elevación del cáliz encendido,
muerte y muerte del hombre por el hombre,
anuncian paz.
Como puede verse,
en el hospital terrestre las consignas crueles,
y la más cruel, la más extensa,
ordena convertir el grito en injuria desolada.

Con todo, y sin los subterfugios usuales,
me confieso que estoy muerto. ¡Contento, Señor!
Pues me llevas como a un enfermo evangélico,
como a un paralítico
cuya sangre indecisa derramada en el camino
es un ojo indeciso y humeante.
Yo nada he substituido,
pues en rigor mi permanencia fue oscura.
Y luego,
cuando el paso y la caída esfumaron en verdad mi piel,
no pregunté si el infalible beso,
fue de un ángel verdadero o de un simple loco.

He tratado de decir
que el occidente está enfermo de materia y de ironía.

de Playa sola, 1946

Playa Sola

Vivo execrando la esperanza.

En los atardeceres resignados,
definitivamente,
lejos ya del espejismo y la zozobra,
como un hombre sin ciencia y alma crispada,
despojado como un suicida,
hago lo que cada uno hace cuando conoció la infamia.
Significa esto gritarme que la lucidez es mucha.

Vivo execrando la esperanza,
y aunque no hace mucho ambicioné una muerte por aclamación
extiendo mi pobreza, tan irreal como yo mismo,
sobre las cosas comunes pero que me son ajenas.
Es mi fe,
mi penetrada fe en acecho,
que desciende, desciende.

de Playa sola, 1946

Alberto Girri, Buenos Aires, 1919-1991
fuente: Alberto Girri, Obra poética I, Corregidor, Buenos Aires, 1977
imagen: Frederic Leighton, Eliah in the wilderness

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