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mal te perdonarán a tí las horas




1615 (M 341)
Alegoría de la primera de sus «Soledades»

Restituye a tu mudo horror divino,
amiga Soledad, el pie sagrado,
que captiva lisonja es del poblado
en hierros breves pájaro ladino.

Prudente cónsul, de las selvas dino,
de impedimentos busca desatado
tu claustro verde, en valle profanado
de fiera menos que de peregrino.

¡Cuán dulcemente de la encina vieja
tórtola viuda al mismo bosque incierto
apacibles desvíos aconseja!

Endeche el siempre amado esposo muerto
con voz doliente, que tan sorda oreja
tiene la soledad como el desierto.


1622 (M 200)
De un perrillo que se le murió a una dama, estando ausente de su marido

Yace aquí Flor, un perrillo
que fue, en un catarro grave
de ausencia, sin ser jarabe,
lamedor de culantrillo;
saldrá un clavel a decillo
la primavera, que Amor,
natural legislador,
medicinal hace ley,
si en hierba hay lengua de buey,
que la haya de perro en flor.

1623 (M 374)
De la brevedad engañosa de la vida

Menos solicitó veloz saeta
destinada señal, que mordió aguda,
agonal carro por la arena muda
no coronó con más silencio meta,

que presutosa corre, que secreta,
a su fin nuestra edad. A quien lo duda,
fiera que sea de razón desnuda,
cada sol repetido es un cometa.

Confiésalo Cartago, ¿y tú lo ignoras?
Peligro corres, Licio, si porfías
en seguir sombras y abrazar engaños.

Mal te perdonarán a ti las horas,
las horas que limando están los días,
los días que royendo están los años.

Luis de Góngora, Córdoba, 1561-1627
Luis de Góngora, Antología poética, Editorial Castalia, Madrid, 1986
imagen: José de Ribera, San Pablo ermintaño

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