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domingo, febrero 22, 2015

mirta rosenberg. un temblor



Un temblor

Un temblor
que la escala de Richter
no registra: no fui
al  funeral de mi hermano,
nunca volveré a hacerlo.
Seguro recordaba
tanto a su madre
como un caballo de ocho años,
dice Shakespeare de alguien,
creo que en Coriolano.
Si no, tal vez
no hubiera hecho mutis
dejándome hija única tardíamente
aquí sentada y con Mamá
por todos lados.



Mirta Rosenberg, Rosario, Santa Fe, 1951
de El paisaje interior, Bajo la Luna, Buenos Aires, 2012
imagen en Becuo, Royalty Free

lunes, julio 08, 2013

mirta rosenberg. será la autobiografía...


¿Será la autobiografía

el arrepentimiento del egoísmo? Iris Murdoch puso esa
   pregunta en boca
de un personaje de sus novelas, yo la convertí en mi abismo.
   Según he descubierto,
lo vivido noche y día que la escritura pretende rescatar, la
   gramática que ordena
que una misma se ordene en su tic-tac, que entre en su reflejo
   y vaya más allá
-donde no hay signos conocidos, y cada gesto resabido,
   cada tropo,
ya no presta más servicio- deja en suspenso el egoísmo,
   desconcierta el vicio del yo, permite atisbar lo que no es
   yo, que ya no aterra. El egoísmo como equivocación,
como instrumento del ensayo y el error -más del error que
   del ensayo, porque lo hecho hecho está-, es el
   motor, de mí y de la poesía. Mi egoísmo se llama Iris,
en honor a su descubridora, que lo sacó a la luz, detallado y
   entero,
en cada verso que yo escribía, y desde entonces me acompaña
   en cada ensayo
de arrepentimiento, a toda hora. A toda hora ensayo, y a
   toda hora Iris, fortalecida
en mi obstinación, me ocupa como una palidez. Así es, al 
   punto que ya no puedo distinguir el arrepentimiento
   del egoísmo del que querría arrepentirme, y no sé cual
   de los dos
me mantiene viva, y me cuesta decidirme. Ay, Iris, ¿y si
   vamos juntas
a zambullirnos en Leteo, sin arrepentirnos de nada al día
   siguiente? ¿No sería laxante para el deseo, y excelente
   para el sincretismo en mi poesía? ¿Y si nos enamoramos
   de nuevo, si resucitamos algún viejo amor que a lo 
   mejor ni estuvo vivo porque fue puro egoísmo?
¿No mejoraría mi poesía, su intensidad? ¿No mejoraría? No,
   en verdad, sería lo mismo aunque peor. Se llenaría de
   adjetivos, de la furia de los sonidos. Se haría
enrarecida y mentirosa, y yo lamentaría tener que llegar a los
   setenta en ese estado pueril, llena de error y de terror a
   perder, febril, mi amor y mi escritura, que casi siempre
   fueron para mí, egoísta como soy, la sola y misma cosa.


Mirta Rosenberg, Rosario, Santa Fe, 1951
de El paisaje interior, Bajo la Luna, Buenos Aires, 2012
imagen de Izakun González© – Markina, en Uno de los nuestros

jueves, enero 17, 2013

mirta rosenberg. trato de usted a yo


Trato de Usted a Yo

que según Gertrude no envejece,
como me ha pasado a mí.
Toda una vida en el mismo cuerpo,
de un siglo a otro más harapiento,
que Usted, Stein donde esté,
no deja de negar. Soy a Usted
lo que Su Ideal es a mí. Un salón
donde a Usted se lo oye retumbar:
esta lengua está para decirte
que está diciéndome que es ésta
y que de una buena vez la escribas.


(Gertrude Stein)

Mirta Rosenberg, Rosario, Santa Fe, 1951
de El paisaje interior, Bajo la Luna, Buenos Aires, 2012
imagen de Andrey Bobir© – Illusion of consciousness, en Uno de los nuestros

jueves, noviembre 01, 2012

mirta rosenberg. la vida ha cambiado y otros poemas



***
La vida ha cambiado, se decía, untándose
los labios con la lengua, relamiendo, aaámm,
como si de un bocado se tratara, o de un perfume. 
Éste es mi gusto,  y sin embargo, el pelo
se me atiesa y cae como... ¿un sudario?
No, una señal de giro. A la hora pico
nadie se ha apoyado contra mí... o sí en mi contra:
rueda la edad, canta la alondra y el leve maquillaje
en las mejillas ha cobrado una espesura
de mitad de la vida que adelante. No fresca,
pero dura con el pelo así: en consonancia.
¿Será el recelo de la mala figura, o la blusa candorosa,
olanes y satines, de una vejez pasada? Vieja no,
gastada y brillosa en los codos y en los puños,
sobre las uñas manicuradas. Cuidar las manos
con amor, con garra, con impudor, coqueto:
lo que relumbra es brillo. ¿Aprieto el gatillo?
Laca descolorida para esa cómoda nueva que, envejecida,
empieza a tornarse incómoda. El cajón superior
de la derecha, por ejemplo, ha perdido
el tirador. ¿Y si gatillo? Allí guardo soutiens,
sostenes, corpiños, todo en desuso. Lo que hice,
ya lo excuso: tuve niños, reía y buscaba
los parecidos. Confuso: en parte, todo mentira,
en parte aliño, letal, del pecado original.
¿Cuál es mi parte?

***
No tengo arte. El arte de una amada
es ocultarlo tras el cuerpo. Este poder,
decía, es un espectro. Porque amo soy,
esclava y gozne de ilusión, insomne
que abrirá, tras el jardín, la cerca.
Atrás nardos, ciclámenes, violetas: se completa
la guirnalda, y aquella falda drapeada,
cuando era bella. ¿Aquel amado? ¿Recuerdas?
¿Tuvo otra casa, ella? ¿Otro jardín, y cerca?
Tantos abrazos. ¿Gemía acaso "no tengo arte"
cuando observaba, erguida en falso,
lo fatal del lazo? Su parte era ser bella,
misteriosa por demás, urdida sobre sí
como celdilla de un panal desalojado. Las abejas,
en otro lado y tiempo, finito, para espiar
por la mirilla. Esta mujer, decía,
admiraba la traición y le insuflaba en peso.
Ése, digo yo, sería su exceso. Cada movimiento
de su voluntad un átomo duraba, que volvía
con tiento a la materia irreal del tiempo.
Allí cabía verdad, olvido, igual, ausente.


Mirta Rosenberg, Rosario, 1951
de El tiempo, Bajo la luna, Buenos Aires, 1998

imagen de  Jamie Baldridge© -Annunciation, en Uno de los nuestros

sábado, julio 07, 2012

mirta rosenberg. jueves 8


Jueves 8

¿Lo que se puede tocan?
Una ruina, o una idea de lo que fue,
Tacto, un monumento.

Tengo, como un alma,
muchísimos dedos en cada mano,
en cada mano, sabiendo
cada momento,
"podría perderlos".

Soy una piel estirada
sobre una importante superficie
del mundo.

Voy a tocarte, Tacto,
con esta mano normal
a la luz del día, y voy a cerrar los ojos
para saber si es cierto. Si acierto
con el centro, no es cierto. Si no,
sigo tentando, con la esperanza
de quien tiene ganas de perderla.

Hace tiempo, vi a alguien
que sostenía en la mano, parada,
a su hija de diez meses. Me pareció
en ese momento, que tenía tacto
suficiente para mantener erguido algo
de la esperanza suya, con esos pocos dedos
empalmados suyos.
De su yo.

Soy un momento sostenido
en una Importante Superficie del Mundo.

Una superficie cultivada
y cultivada, sin año sabático
para las células, las pobres del tacto.

Mirta Rosenberg, Rosario, 1951
de El tiempo, Bajo la luna, Buenos Aires, 1998
imagen de  Enzzo Barrena© – Skinbonsai, en Uno de los nuestros

martes, enero 31, 2012

las mujeres eran probables




Una elegía

En la época de mi madre
las mujeres eran probables.
Mi madre se sentaba junto a mi abuela
y las dos eran completamente de carne y hueso.

Yo soy apenas una secuela estable
de aquel exceso de realidad.

Y en la ansiedad del pasado indefinido,
en el aspecto durativo de elegir,
escribo ahora: una elegía.

En la época de mi madre
las mujeres eran perdurables,
completamente de hueso y carne.

Mi madre se ponía el collar
de plata y turquesas
que mi padre le había traído de Suecia
y se sentaba a la mesa como una especie exótica,
para que todo se volviera más grande que la vida
y cualquier ficción fuera posible.

En la época de mi madre, las mujeres
eran un quid: mi madre nos contó
a  mi hermano y a mí: "cuando salía de la escuela,
iba  a buscar a mi padre al trabajo,
en Santa Fe, y los compañeros le decían es un biscuit,
tu hija es un biscuit, y nunca supe qué querían decir,
qué era un biscuit", un bizcocho estando muy enferma,
una porcelana exquisita todavía para nosotros,
y mi hermano apurándola: "¿Y?"

No sé qué es un biscuit, ¿una especie exótica,
algo de todos modos, especial? Igual
andaba delicadamente por la casa, rozando los ochenta
como se roza una herida
con una gasa.

En la época de mi madre
las mujeres eran muy visibles.
Mi madre se miraba en los espejos
y yo no llegaba a  abarcar
su imagen con mis ojos. Me excedía,
la intuía a lo lejos como algo que se añora.

Como ahora,
una elegía.

A la criatura adorable
fijada en lo remoto de la foto,
que ya a los ocho años parecía
más grande que la vida: te extraño,
aunque no te conocía. Eso fue antes
que a mí me dieras la vida
en un tamaño apenas natural.

Igual,
una elegía.

Y la otra de la foto que espero
conservar, la mujer bella que sostiene
el libro ante la hija de un año
en el engaño de la lectura:
te quiero por lo que dura, y es suficiente
leer en el presente, aunque se haya apagado
tu estrella.

Por ella,
una elegía.

Ahora soy la fotografía
y vos el líquido revelador. Tu muerte
me convierte en yo: como una ciencia aplicada
soy la causa y el efecto,
el ensayo y el error,  este vacío
de la nada que golpea el corazón
como cáscara vacía.

Una elegía,
cada vez con más razón.

Mirta Rosenberg, Rosario, 1951
de El arte de perder, Bajo la luna, Buenos Aires, 1998
imagen de Dani Torrent©, Vacía, en Uno de los nuestros

martes, agosto 02, 2011

mirta rosenberg. un rábano



Un rábano...
               

Un rábano me importa, y la figura de las santas 
ascendidas de la nada. La nada como ultraje 
superior; el amor, sin duda una cuestión 
salvaje. ¡Oh el seguro sereno 
de quedarse en casa, en el oscuro corredor 
de persianas entornadas, y vivir como las plantas!

Mirta Rosenberg, Rosario 1951
de Madam, Libros de Tierra Firme, Buenos Aires, 1988
imagen: Balthus -Balthasar Kłossowski de Rola, París 1908- 2001

domingo, julio 18, 2010

quiero quedarme sin palabras


retrato terminado

Es una manera de decir
quiero quedarme sin palabras,
perder sin comentarios.

Hasta cuándo voy a hablar
de lo que ya no está.

De la que ya no está
viéndome escribir de ella.
¡Y con esos ojos!

También yo de noche los abro
y miro el silencio
en la oscuridad
donde el retrato termina
sin que lo alcance a ver

y pienso
y pienso
y pienso

en temas como vos
que no parecen tener
vencimiento,

en tu deseo de llegar a casa:
con la llave preparada,
aferrada a la puerta del taxi,
te dejabas caer en tu puerta
casi con la voluntad incierta
de una hoja de otoño,

en clase de vencimiento,

y esos ojos más bien dorados
de los que decías en las descripciones
ojos verdes. Para mirar
cada ocasión con buenos ojos
que no me miran más,
aunque los recuerde.

Y ahora
quiero quedarme
sin palabras. Saber perder
lo que se pierde.

O eso parece.

Parece que las dos
nos hemos quedado sin madre:
yo sin vos
vos sin ella,

y sucesivamente,
como eslabones perdidos
y encontrados por un rato
con los padres,

pero ésa es otra historia
que está mejor contada
en la foto de casamiento
para la que palabras
nunca tuve,

como si fuera anticipo
de mi propio vencimiento.

De los padres decía que el tuyo
tenía ojos verdes,
como vos, tu nieto Juan,
y nadie los tenía del todo
aunque merecían tenerlos:
tu manera
de embellecer el retrato
era tu manera de verlo.

De ella decías en cambio
desde su muerte no fui la misma,
y ésa sería tal vez tu manera
de no terminar el retrato.

La palabra no.

Lo mismo digo yo.

Aunque también se diría una ocasión
más bien vulgar: en general,
todos nos quedamos sin ella,
y esa ausencia de luz parece
descansar los ojos
sin vaciarlos. Los anima,

o los vuelve hacia la oscuridad,
que es donde el retrato termina.

Dijo mi padre de la suya:
nací con ella y ahora
voy a tener que morirme
solo. Y después
lo hizo.

Dijo mi maestro de la suya:
me pasé toda la vida para tener
la letra de mi mamá. Y después
la tuvo.

Era un dolor perfecto:
hablando de ella,
hablaban de sí mismos.
O eso parece.

Parece que perder
no es un arte difícil:
los muertos de verdad de uno
son víctimas amadas de los vivos.

De lo que cada uno dijo.

Mirta Rosenberg, Rosario, 1951
en El árbol de las palabras, Obra reunida 1984-2006, Bajo la luna, Buenos Aires, 2006
imagen: Michael Edens, Faces in mind

jueves, marzo 26, 2009

saber perder lo que se pierde

11721**

poca paciencia
Mi primer amante
me doblaba la edad.

Era de pequeña estatura,
hablaba con diminutivos
y prefería los verbos en potencial,
las inminencias demoradas.

Decía hoy a la nochecita
podríamos, y no vamos
ni esta noche,

y me obligó a ser paciente
y a esperar el futuro
otras cosas pequeñas y tardías

en vez de entonar letanías
por lo que nunca
llegaríamos a ser.

de Marginados, en El árbol de palabras, 2006

mirta rosenberg, rosario, 1951

*fuente: Una antología de la poesía argentina, (1970-2008), Selección, prólogo y notas: Jorge Fondebrider, Ediciones Lom, Santiago de Chile, 2008.
**fantasía sobre cánovas de natalia zacarías