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lunes, agosto 28, 2017

leopoldo lugones. historia de mi muerte

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Historia de mi muerte


Soñé la muerte y era muy sencillo:
Una hebra de seda me envolvía,
y a cada beso tuyo
con una vuelta menos me ceñía.
Y cada beso tuyo
era un día.
Y el tiempo que mediaba entre dos besos
una noche. La muerte es muy sencilla.

Y poco a poco fue desenvolviéndose
la hebra fatal. Ya no la retenía
sino por un sólo cabo entre los dedos...
Cuando de pronto te pusiste fría,
y ya no me besaste...
Y solté el cabo, y se me fue la vida.


Leopoldo Lugones, Villa María de Río Seco, Córdoba, 1874-1938
de El libro fiel, 1912
en Obras poéticas completas, Prólogo de Rafael Obligado, Aguilar Editor, Madrid, 1948

jueves, agosto 15, 2013

leopoldo lugones. olas grises


Olas grises

Llueve en el mar con un murmullo lento.
La brisa gime tanto, que da pena.
El día es largo y triste. El elemento
duerme el sueño pesado de la arena.

Llueve. La lluvia lánguida trasciende
Su olor de flor helada y desabrida.
El día es largo y triste. Uno comprende
Que la muerte es así..., que así es la vida.

Sigue lloviendo. El día es triste y largo.
En el remoto gris se abisma el ser.
Llueve... Y uno quisiera, sin embargo,
Que no acabara nunca de llover.

Leopoldo Lugones, Villa María de Río Seco, Córdoba, 1874-1938
Fuente: Obras poéticas completas, Prólogo de Rafael Obligado, Aguilar Editor, Madrid, 1948
imagen de M Hamilton en Etsi.Com



jueves, junio 13, 2013

leopoldo lugones. mensaje a rubén darío


Mensaje a Rubén Darío

Maestro Darío, yo tengo un encargo
De la Primavera que llegó anteayer;
Y como es de amores y no sale largo,
Sucede que en verso lo voy a poner.

Dice que no es justo lo que haces con ella,
Si habiéndote dado, tesoro sin par,
Su beso en las flores y su alma en la estrella,
La olvidas y ahora no quieres cantar.

Que antes la querías, que no te ha hecho nada,
Que ya no contestas sus cartas de amor,
Que desde hace un año, pobre abandonada,
El último mirlo se porta mejor.

Qué vano y ligero, tu amor fue de un día.
Que a pesar de todo, Musset no era así,
Que de ella te apartas con melancolía,
Aunque ella fue siempre buena para ti.

Que el sauce murmura, que dos ruiseñores
Se mueren por ella, como es natural,
Y aunque está muy triste para otros amores,
Va sintiendo pena de causarles mal.

Bien que en ella suele no ser la constancia
Más que un frágil moño sobre el corazón,
Aqueste reproche de perseverancia
Yo creo, maestro, que tiene razón. 

de Horas Doradas

Leopoldo Lugones, Villa María de Río Seco, Córdoba, 1874-1938
Fuente: Obras poéticas completas, Prólogo de Rafael Obligado, Aguilar Editor, Madrid, 1948
imagen de Odilon Redon en neo-alchimist

martes, febrero 03, 2009

es cierto porque es imposible*




*José Lezama Lima
la muerte de narciso (499-510) / Ovidio

ultima vox solitam fuit haec spectantis in undam:
'heu frustra dilecte puer!' totidemque remisit
verba locus, dictoque vale 'vale' inquit et Echo.
ille caput viridi fessum submisit in herba,
lumina mors clausit domini mirantia formam:
tum quoque se, postquam est inferna sede receptus,
in Stygia spectabat aqua. planxere sorores
naides et sectos fratri posuere capillos,
planxerunt dryades; plangentibus adsonat Echo.
iamque rogum quassasque faces feretrumque parabant:
nusquam corpus erat; croceum pro corpore florem
inveniunt foliis medium cingentibus albis.

Publius Ovidius Naso, Sulmona 43 A.c, Tomis 17 D.c
Fuente: Ovidio, Colección de textos clásicos latinos, Editorial Bosch, Barcelona, 1966
Imagen de Narciso atribuida a Carvaggio, 1913 en Wikipedia

reposario
laudatoria a narciso (1914-1916) / Leopoldo Lugones

Tomaré de ti ejemplo en firmeza y constancia
De corazón, mis manos lavaré en tu fragancia,
Para oficiar, el rito que alumbra la amatista
Con su ojo minervino, sobre un alzar ipsuista.
Diré cómo moriste de amarte, en el completo
Deleite de la consunción, y diré el secreto
Que tus muslos ocultan al placer fornicario,
Así como las puertas ebúrneas de un santuario;
Y la virtud de fuego que animó su estructura
Carnal, hecha de sangre, de lirio y de amargura;
Y el elogio de tu alma, que surgió de la nieve,
De tu agonía en una flor de vida asaz breve.

La onda (fuga, frescura), con un líquido beso
Acarició tu imagen largamente. En el yeso
Plástico sus ambiguos dedos puso un esteta
Para esbozar la estatua que nunca fue completa.
¡Oh, dame las propicias lumbres del Arte sacro!,
Y así en mi carne pueda fijar su simulacro;
Y así mis devociones, con un fervor intenso,
En patenas de plata se ofrenden el incienso;
Y así mi sangre, viña de esplendores divinos,
Y así envuelva mi cuerpo, de amor enajenada,
Como una larga cinta de seda mi mirada.

Yo vi que en la siringa de los arpegios sabios
Penosamente inflábanse los soplos de mis labios,
Y en el delgado cauce puse la flauta rústica.
Entonces fue el encante de una agradable acústica:
Pues al pasar el hilo de agua de la fuente
Por los diez agujeros, consecutivamente,
Dio el instrumento el ritmo inédito y preciso
De su melodía en alabanza a Narciso.
Y aquella fluida música supo sonar tan bien,
Que parecían oírse los divinos exordios
De alguna loa o himno de suaves clavicordios.

¡Tus clavicordios, oh poeta Paul Verlaine!

Leopoldo Lugones, Villa María de Río Seco, Córdoba, 1874-1938
Fuente: Obras poéticas completas, Prólogo de Rafael Obligado, Aguilar Editor, Madrid, 1948.

La muerte de Narciso (1937) / José Lezama Lima
Dánae teje el tiempo dorado por el Nilo
envolviendo los labios que pasaban
entre labios y vuelos desligados.
La mano o el labio o el pájaro nevaban.
Era el círculo en nieve que se abría.
Mano era sin sangre la seda que borraba
la perfección que muere de rodillas
y en su celo se esconde y se divierte.

Vertical desde el mármol no miraba
la frente que se abría en loto húmedo.
En chillido sin fin se abría la floresta
al airado redoble en flecha y muerte.
¿No se apresura tal vez su fría mirada
sobre la garza real y el frío tan débil
del poniente, grito que ayuda la fuga
del dormir, llama fría y lengua alfilereada?

Rostro absoluto, firmeza mentida del espejo.
El espejo se olvida del sonido y de la noche
y su puerta al cambiante pontífice entreabre
Máscara y río, grifo de los sueños.
Frío muerto y cabellera desterrada del aire
que le crea, del aire que le miente son
de vida arrastrada a la nube y a la abierta
boca negada en sangre que se mueve.

Ascendiendo en el pecho sólo blanda,
olvidada por un aliento que olvida y desentraña.
Olvidado papel, fresco agujero al corazón
saltante se apresura y la sonrisa al caracol.
La mano que por el aire líneas impulsaba
seca, sonrisas caminando por la nieve.
Ahora llevaba el oído al caracol, el caracol
enterrando firme oído en la seda del estanque.

Granizados toronjiles y ríos de velamen congelados,
aguardan la señal de una mustia hoja de oro,
alzada en espiral, sobre el otoño de aguas tan hirvientes.
Dócil rubí queda suspirando en su fuga ya ascendiendo.
Ya el otoño recorre las islas no cuidadas, guarnecidas
islas y aislada paloma muda entre dos hojas enterradas.
El río en la suma de sus ojos anunciaba
lo que pesa la luna en sus espaldas y el aliento que en halo convertía.

Antorchas como peces, flaco garzón trabaja noche y cielo,
arco y cestillo y sierpes encendidos, carámbano y lebrel.
Pluma morada, no mojada, pez mirándome, sepulcro.
Ecuestres faisanes ya no advierten mano sin eco, pulso desdoblado:
los dedos en inmóvil calendario y el hastío en su trono cejijunto.
Lenta se forma ola en la marmórea cavidad que mira
por espaldas que nunca me preguntan, en veneno
que nunca se pervierte y en su escudo ni potros ni faisanes.

Como se derrama la ausencia en la flecha que se aísla
y como la fresa respira hilando su cristal,
así el otoño que en su labio muere, así el granizo
en blando espejo destroza la mirada que le ciñe,
que le miente la pluma por los labios, laberinto y halago
le recorre junto a la fuente que humedece el sueño.
La ausencia, el espejo ya en el cabello que en la playa
extiende y el aislado cabello pregunta y se divierte.

Fronda leve vierte la ascensión que asume.
¿No es la curva corintia traición de confitados mirabeles,
que el espejo reúne o navega, ciego desterrado?
Ya sólo cae el pájaro, la mano que la cárcel mueve,
los dioses hundidos entre la piedra, el carbunclo y la doncella.
Si la ausencia pregunta con la nieve desmayada,
forma en la pluma, no círculos que la pulpa abandona sumergida.

Triste recorre —curva ceñida en ceniciento airón—
el espacio que manos desalojan, timbre ausente
y avivado azafrán, tiernos redobles sus extremos.
Convocados se agitan los durmientes, fruncen las olas
batiendo en torno de ajedrez dormido, su insepulta tiara.
Su insepulta madera blanda el frío pico del hirviente cisne.
Reluce muelle: falsos diamantes; pluma cambiante: terso atlas.
Verdes chillidos: juegan las olas, blanda muerte el relámpago en sus venas.

Ahogadas cintas mudo el labio las ofrece.
Orientales cestillos cuelan agua de luna.
Los más dormidos son los que más se apresuran,
se entierran, pluma en el grito, silbo enmascarado, entre frentes y garfios.
Estirado mármol como un río que recurva o aprisiona
los labios destrozados, pero los ciegos no oscilan.
Espirales de heroicos tenores caen en el pecho de una paloma
y allí se agitan hasta relucir como flechas en su abrigo de noche.

Una flecha destaca, una espalda se ausenta.
Relámpago es violeta si alfiler en la nieve y terco rostro.
Tierra húmeda ascendiendo hasta el rostro, flecha cerrada.
Polvos de luna y húmeda tierra, el perfil desgajado en la nube que es espejo.
Frescas las valvas de la noche y límite airado de las conchas
en su cárcel sin sed se destacan los brazos,
no preguntan corales en estrías de abejas y en secretos
confusos despiertan recordando curvos brazos y engaste de la frente.

Desde ayer las preguntas se divierten o se cierran
al impulso de frutos polvorosos o de islas donde acampan
los tesoros que la rabia esparce, adula o reconviene.
Los donceles trabajan en las nueces y el surtidor de frente a su sonido
en la llama fabrica sus raíces y su mansión de gritos soterrados.
Si se aleja, recta abeja, el espejo destroza el río mudo.
Si se hunde, media sirena al fuego, las hilachas que surcan el invierno
tejen blanco cuerpo en preguntas de estatua polvorienta.

Cuerpo del sonido el enjambre que mudos pinos claman,
despertando el oleaje en lisas llamaradas y vuelos sosegados,
guiados por la paloma que sin ojos chilla,
que sin clavel la frente espejo es de ondas, no recuerdos.
Van reuniendo en ojos, hilando en el clavel no siempre ardido
el abismo de nieve alquitarada o gimiendo en el cielo apuntalado.
Los corceles si nieve o si cobre guiados por miradas la súplica
destilan o más firmes recurvan a la mudez primera ya sin cielo.

La nieve que en los sistros no penetra, arguye
en hojas, recta destroza vidrio en el oído,
nidos blancos, en su centro ya encienden tibios los corales,
huidos los donceles en sus ciervos de hastío, en sus bosques rosados.
Convierten si coral y doncel rizo las voces, nieve los caminos,
donde el cuerpo sonoro se mece con los pinos, delgado cabecea.
Mas esforzado pino, ya columna de humo tabú aguado
que canario es su aguja y surtidor en viento desrizado.

Narciso, Narciso. Las astas del ciervo asesinado
son peces, son llamas, son flautas, son dedos mordisqueados.
Narciso, Narciso. Los cabellos guiando florentinos reptan perfiles,
labios sus rutas, llamas tristes las olas mordiendo sus caderas.
Pez del frío verde el aire en el espejo sin estrías, racimo de palomas
ocultas en la garganta muerta: hija de la flecha y de los cisnes.
Garza divaga, concha en la ola, nube en el desgaire,
espuma colgaba de los ojos, gota marmórea y dulce plinto no ofreciendo.

Chillidos frutados en la nieve, el secreto en geranio convertido.
La blancura seda es ascendiendo en labio derramada,
abre un olvido en las islas, espada y pestañas vienen
a entregar el sueño, a rendir espejo en litoral de tierra y roca impura.
Húmedos labios no en la concha que busca recto hilo,
esclavos del perfil y del velamen secos el aire muerden
al tornasol que cambia su sonido en rubio tornasol de cal salada
busca en lo rubio espejo de la muerte, concha del sonido.

Si atraviesa el espejo hierven las aguas que agitan el oído.
Si se sienta en su borde o en su frente el centurión pulsa en sus costado.
Si declama penetran en la mirada y se fruncen las letras en el sueño.
Ola de aire envuelve secreto albino, piel arponeada,
que coloreado espejo sombra es de recuerdo y minuto del silencio.
Ya traspasa blancura recto sinfín en llamas secas y hojas lloviznadas.
Chorro de abejas increadas muerden la estela, pídenle el costado.
Así el espejo averiguó callado, así Narciso en pleamar fugó sin alas.

José Lezama Lima, La Habana, 1910-1976
Fuente: Sucesivas y coordenadas, Colección Austral, Espasa Calpe, Buenos Aires, 1993

viernes, noviembre 28, 2008

leopoldo lugones. selección de poesías

leopoldo_lugones1


I.
La alcoba solitaria

El diván dormitaba; las sortijas
brillaban junto a la oxidada aguja
y un antiguo silencio de Cartuja
bostezaba en las lúgubres rendijas.

Sentía el violín entre prolijas
sugestiones, cual lánguidad burbuja
flotar su extraña anímula de bruja
ahorcada en las unánimes clavijas.

No quedaba de tí más que una gota
de sangre pectoral, sobre la rota
almohada. El espejo opalescente
estaba ciego. Y en el fino vaso,
como un corsé de inviolable raso
se abría una magnolia dulcemente.

de Crepúsculos del Jardín

II.
La última careta

La miseria se ríe. Con sórdida chuleta,
su perro lazarillo le regala un festín.
En sus funambulescos calzones va un poeta,
y en su casaca el huérfano que tiene por Delfín.

El hambre es su pandero, la luna su peseta
y el tango vagabundo su padre nuestro. Crin
de león, la corona. Su baldada escopeta
de lansquenete impávido suda un fogoso hollín.

Van en dominó de harapos, zumba su copia irónica.
Por antifaz le presta su lienzo de Verónica.
Su cuerpo, de llagado, parece un huerto en flor.

Y bajo la ignominia de tan siniestra cáscara,
Cristo enseña a la noche su formidable máscara
de cabellos terribles, de sangre y de pavor.

de Lunario Sentimental

III.
La ofrenda de Herodes

I.
Hinchado el cuello de incitante escorzo,
y cimbrenado su flexible torso
con nerviosa elegancia de pantera,
danza la hermosa hebrea ante el Tetrarca,
cuya mirada voluptuosa abarca
la escultura triunfal de su cadena.

El arpa en su vibrante nervadura
hila los ritmos de la danza impura,
y cuando el paso bárbaro termina,
con viril insolencia de sicario
manifiesta el intento sanguinario
la boca de la virgen asesina.

II.
En el rejio vestíbulo aparece
torvo idumen, que impasible ofrece
en cincelado plato, helada y yerta,
una cabeza que segó el degüello
y sangre el tajo del robusto cuello
cual la corola de una rosa abierta.

Anubia las arrugas de la frente
que cincelara en cobre el sol de Oriente,
una sorda tormenta que reposa.
Y al postrer cripamiento en que agoniza,
en los siniestros pómulos se eriza
el bosque de la barba tenebrosa.

de Poesías diversas

leopoldo lugones
todo el material pertenece a Obras Poéticas Completas, Leopoldo Lugones, Prólogo de Pedro Miguel Obligado, Aguilar Editor, Madrid, 1948, Primera Edición.

viernes, marzo 07, 2008

inclinado de rodillas

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Jueves 13


Mi tortolita: He pensado más que nunca en tí estos días que permanezco sin noticias tuyas, y todavía bajo el injusto reproche de aquella comunicación que yo no corté, sino que debió ser cortada, tal vez aquí mismo, pues a pesar de las apariencias la telefonista de antes ya no es la Jefa de la Oficina del Consejo. ¿Recibiste los tres sobres que te envié el otro día por conducto amistoso? Respóndeme esto sólo que nada más te digo. Continúo enfermo del alma, mucho mi amor, y más bien diría de tí si tú pudieras ser algo malo como esto que me martiriza a morir. Y porque a pesar de todo, tú eres mi dulce soledad, mi única pena, mi muerte querida, la flor de mi angustia. ¿No parece que así estuviera rezándote la oración de mi amor? ¿Debo seguir con ella eternamente solo? No son preguntas, golondrina de mi primavera. Son quejidos de ausencia: recíbelos así. Qué más puedo mandarte, sino espinas y hojas secas de mi jardín desierto. Mi jardín. He rehecho en él, con la mente, lo que tú llamabas la peregrinación. Paso a paso, caricia a caricia, extravío a extravío. Y para no estrangularme con aquel nudo de dolor que era delicioso porque tú lo desatabas, resisto al deseo de escribírtelo como ya lo está en aquellos versos locos que deshojaron más de una vez tus piecitos de princesa. He oído arrullar las pichoncitos en su nido de amor y me he atardado en el sendero de los lirios. Allá donde el cetro imperaba en el jardín y la azucena desbordaba de rocío. La tórtola agonizaba y el panal se derretía en miel. Y el capullo de la flor se derramaba en perfume. Pero después quedaba sola entre las espinas de la soledad la pantera rugiente, con su sed mortal que era la de tu sangre. Mordía la hojarasca en su delirio estéril. Sangraba ella también, pero sola, con su nudo tremendo. El nudo es mi reliquia dolorosa y terrible. ¿Te acuerdas, mi dulzura? Cuando tú vengas déjame la ilusión de creerlo un instante, sabrás que no lo desaté. La fuente, seca desde entonces, te entregará el oro de sus arenas. El torrente de oro que no pueden recoger sino tus manos. Y así como entonces te desbordará de ellas y será tus pulseras, tu collar, tus ajorcas, tu regalo de leoncita extraviada de amor desde la garganta adorada hasta el desfallecimiento de los pies deliciosos. ¿Te acuerdas aquella tarde lluviosa cuando yo te los enjugué con mis manos y te los entibié con mis besos? ¿Has repetido como yo en las noches ¡tantas! las palabras de tu delirio? Ahora mismo estoy diciéndomelas, las más abandonadas, las más íntimas, que eran también las más dulces. Pero ellas son el tesoro de nuestro silencio. Aquel silencio lleno de arrullos que sobrevenía 'después de la tempestad'. Y me contentaría con tan poquito. Con verme inclinado de rodillas, besándote los pies. Los armiñitos mimados que solía manchar el desborde de la delicia. La delicia, perla que yo encontré en tu tesoro por tí misma ignorado. Cuando la tórtola abatida agonizaba gimiendo. Si no rompes esta carta absurda, guárdamelo como tú sabes aunque haya de verla, y posea en ella lo que es tuyo con el dominio de la princesa que yo te imploraba como la suprema dicha. Un día mi alma, cuando así sea, yo te la firmaré como el rey de nuestro secreto. El rey que tú me hiciste con tu favor, cuando me diste que bebiera del ánfora. Aquellos días de tu llegada, cuando con tanta impaciencia te esperaba a la puerta. Aglaura, mi cariño, tan cercana entonces, tan distante ahora, para siempre. ¿Será posible? Será posible cuando todo en mí te grita el amor, el delirio, bajo aquel mismo rayo de sol en que me consumías hasta morir, mi locura, mi asesina adorada, mi ansia de la vida, mi sed de besos, mi hambre de tu boca.