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miércoles, noviembre 09, 2016

olga orozco. pavana para una infanta difunta


















Pavana para una infanta difunta

Pequeña centinela,
caes una vez más por la ranura de la noche
sin más armas que los ojos abiertos y el terror
contra los invasores insolubles en el papel en blanco.
Ellos eran legión.
Legión encarnizada era su nombre y se multiplicaban a medida que tú destejías hasta el último hilván,
arrinconándote contra las telarañas voraces de la nada.
El que cierra los ojos se convierte en morada de todo el universo.
El que los abre traza la frontera y permanece a la intemperie.
El que pisa la raya no encuentra su lugar.
Insomnios como túneles para probar la inconsistencia de toda realidad;
noches y noches perforadas por una sola bala que te incrusta en lo oscuro,
y el mismo ensayo de reconocerte al despertar en la memoria de la muerte:
esa perversa tentación,
ese ángel adorable con hocico de cerdo.
¿Quién habló de conjuros para contrarrestar la herida del propio nacimiento?
¿Quién habló de sobornos para los emisarios del propio porvenir?
Sólo había un jardín: en el fondo de todo hay un jardín
donde se abre la flor azul del sueño de Novalis.
Flor cruel, flor vampira,
Más alevosa que la trampa oculta en la felpa del muro
y que jamás se alcanza sin dejar la cabeza o el resto de la sangre en el umbral.
Pero tú te inclinabas igual para cortarla donde no hacías pie,
abismos hacia adentro.
Intentabas trocarla por la criatura hambrienta que te deshabitaba.
Exigías pequeños castillos devoradores en su honor;
te vestías de plumas desprendidas de la hoguera de todo posible paraíso;
Amaestrabas animalitos peligrosos para roer los puentes de la salvación;
te perdías igual que la mendiga en el delirio de los lobos;
te probabas lenguajes como ácidos, como tentáculos,
como lazos en manos del estrangulador.
¡Ah los estragos de la poesía cortándote las venas con el filo del alba,
y esos labios exangües sorbiendo los venenos en la inanidad de la palabra!
Y de pronto no hay más.
Se rompieron los frascos.
Se astillaron las luces y los lápices.
Se desgarró el papel con la desgarradura que te desliza en otro laberinto.
Todas las puertas son para salir.
Ya todo es al revés de los espejos.
Pequeña pasajera,
sola con tu alcancía de visiones
y el mismo insoportable desamparo debajo de los pies:
sin duda estás clamando por pasar con tus voces de ahogada,
sin duda te detiene tu propia inmensa sombra que aún te sobrevuela en busca de otra,
o tiemblas frente a un insecto que cubre con sus membranas todo el caos,
o te amedrenta el mar que cabe desde tu lado en esta lágrima.
Pero otra vez te digo,
ahora que el silencio te envuelve por dos veces en sus alas como un manto:
en el fondo de todo hay un jardín.
Ahí está tu jardín,
Talita cumi.

Olga Orozco, Toay, La Pampa, 1920-1999

de  Con esta boca, en este mundo, 1994, en Olga Orozco, Obra Completa, Adriana Hidalgo editora, Buenos Aires, 2012


miércoles, julio 06, 2016

olga orozco. ¿la prueba es el silencio?


¿La prueba es el silencio?

Con un costado vuelto hacia este mundo,
solamente un costado, expuesto día y noche a la depredación y a las mareas,
y el resto sumergido no sé dónde, a tientas y a temblor,
espero desde tu sombra en blanco una señal.
He oído el confuso parloteo de bocas invisibles en el bosque nocturno,
y hay alguien que me sigue paso a paso
y es puro resplandor y es sólo ráfaga cuando yo lo persigo;
a veces una lágrima cae sobre mi mano,
helada, desde nadie,
lo mismo que la llama del aliento que de repente corre por mi cara.
Pero ésas no son pruebas.
Ni siquiera evidencias de que los muertos vuelvan.
¿No son más bien los vínculos que fragua la nostalgia,
así como la oscuridad convoca siempre un campo de amapolas detrás de la pared
y cada luna llena busca por los canales los espejos trizados del amor?
¿Y ahora por qué vienen estas frases arrancadas de cuajo
y todos estos cielos desfondados y rotos?
Yo no te reclamaba emanaciones de las dichas perdidas,
fantasmas que se rehacen a partir de un perfume, a partir de un sollozo,
y que son los fantasmas de mi negación.
Pero desde el costado que se desprende y huye con su bolsa de huesos
hasta el otro, el oculto, el increíble,
el que acaso aletea contra la semejanza en medio de la mayor oscuridad,
yo te pido un milagro, tan leve,
tan fugaz como el humo que un sueño deposita debajo de la almohada.
No, yo no necesito un testimonio de tu exacta, entreabierta existencia,
sino una prueba apenas de la mía.
Ah, Señor, tu silencio me aturde igual que la corneta del cazador perdido entre las nubes.
¿O estará en el castigo, en el Jordán amargo que pasa por mi boca,
tu respuesta,
la voz con que me nombras?

Olga Orozco, Toay, La Pampa, 1920-1999
de Con esta boca, en este mundo, 1994, en Olga Orozco, Obra Completa, Adriana Hidalgo editora, Buenos Aires, 2012



martes, noviembre 04, 2014

olga orozco. la realidad y el deseo



La realidad y el deseo


a Luis Cernuda

La realidad, sí, la realidad,
ese relámpago de lo invisible
que revela en nosotros la soledad de Dios.

Es este cielo que huye.
Es este territorio engalanado por las burbujas de la muerte.
Es esta larga mesa a la deriva
donde los comensales persisten ataviados por el prestigio de no estar.

A cada cual su copa
para medir el vino que se acaba donde empieza la sed.
A cada cual su plato
para encerrar el hambre que se extingue sin saciarse jamás.
Y cada dos la división del pan:
el milagro al revés, la comunión tan sólo en lo imposible.
Y en medio del amor,
entre uno y otro cuerpo la caída,
algo que se asemeja al latido sombrío de unas alas que vuelven desde la eternidad,
al pulso del adiós debajo de la tierra.

La realidad,sí, la realidad:
un sello de clausura sobre todas las puertas del deseo.

Olga Orozco, Toay, La Pampa, 1920-1999
Imagen de Mi Yuming, en Triangulation

miércoles, noviembre 13, 2013

olga orozco. detrás de aquella puerta



Detrás de aquella puerta

En algún lugar del gran muro inconcluso está la puerta,
aquella que no abriste
y que arroja su sombra de guardiana implacable en el revés de todo tu destino.
Es tan sólo una puerta clausurada en nombre del azar,
pero tiene el color de la inclemencia
y semeja una lápida donde se inscribe a cada paso lo imposible.
Acaso ahora cruja con una melodía incomparable contra el oído de tu ayer,
acaso resplandezca como un ídolo de oro bruñido por las cenizas del adiós,
acaso cada noche esté a punto de abrirse en la pared final del mismo sueño
y midas su poder contra tus ligaduras como un desdichado Ulises.
Es tan sólo un engaño,
una fabulación del viento entre los intersticios de una historia baldía
refracciones falaces que surgen del olvido cuando lo roza la nostalgia.
Esa puerta no se abre hacia ningún retorno;
no guarda ningún molde intacto bajo el pálido rayo de la ausencia.
No regreses entonces como quien al final de un viaje erróneo
-cada etapa un espejo equivocado que te sustrajo el mundo-
descubriera el lugar donde perdió la llave y trocó por un nombre confuso la consigna.
¿Acaso cada paso que diste no cambió, como en un ajedrez,
la relación secreta de las piezas que trazaron el mapa de toda la partida?
No te acerques entonces con tu ofrenda de tierras arrasadas,
con tu cofre de brasas convertidas en piedras de expiación;
no transformes tus otros precarios paraísos en páramos y exilios,
porque también, también serán un día el muro y la añoranza.
Esa puerta es sentencia de plomo; no es pregunta.
Si consigues pasar,
encontrarás detrás, una tras otra, las puertas que elegiste.

***

Rara sustancia

Mi especie no es del agua ni del fuego, ni del aire o la tierra, solamente,
sino cuando me fijan a los muestrarios que yo sé con herrumbrados alfileres.
Pero desde mi lado y a deshoras
y en esos días en que se levanta la tapa del momento y se distingue el fondo,
si me arrancan mi capa de espesor y me dejan a oscuras sin el amparo de mi nombre,
verán que pertenezco a esa extraña familia de las metamorfosis transparentes,
a ese orden inconcluso que se fija a un color como a la sal del mundo
o que toma la forma de aquello que contiene,
así sea una llave, así sea una ausencia.
Basta que una palabra me atraviese de pronto lado a lado,
sobre todo si es siempre, sobre todo si es nunca, o acaso, o demasiado,
para que quede impresa como una quemadura hasta el subsuelo de mi anatomía.
Porque así es mi sustancia: un animal oculto en la espesura,
incorporando huellas, humaredas y soles a la hierba que pasa entre sus dientes.
Yo devoro el paisaje, cada trozo de eternidad instantánea, con mi propio alimento.
He copiado visiones que me son más cercanas que mis ojos,
imágenes ardientes como incrustaciones de vidrio en una llaga.
Y no es por atesorar oscuros esplendores de mendiga tras avaros recuentos.
Es por las comuniones del contagio,
por vocación de apego y de caricia aun frente a un adiós, a un adiós imposible,
que me dejo invadir por cosas tan remotas como un país en el que nunca estuve,
que según se me mire soy un tatuaje al rojo,
un farol oscilando en un andén donde se queda envuelto por la niebla mi destino,
una puerta entreabierta por la que se cuela una ráfaga fría que me convierte en soplo,
casi en nadie.
Pero jamás consigo estar completa; no logro aparecer de cuerpo entero.
¿Y en qué consistirá esta naturaleza inacabada
que vira sin cesar hacia otros brillos, otras fronteras y otras permanencias?
¿Cuál podrá ser mi reino en esta mezcla, bajo esta propensión inagotable
que abarca mucho más que las malezas, los plumajes cambiantes y las piedras?
Tal vez el reino de la unidad perdida entre unas sombras,
el reino que me absorbe desde la nostalgia primera y el último suspiro.

Olga Orozco, Toay, La Pampa, 1920- Buenos Aires, 1999
de La noche a la deriva, 1984
imagen de Thomas Saliot, en Uno de los nuestros

viernes, junio 21, 2013

olga orozco. catecismo animal



***
Catecismo animal

Somos duros fragmentos arrancados del reverso del cielo,
trozos como cascotes insolubles
vueltos hacia este muro donde se inscribe el vuelo de la realidad,
la mordedura blanca del destierro hasta el escalofrío.
Suspendidos en medio del derrumbe por obra del error,
enfrentamos de pie las inclemencias, la miserable condición del rehén,
expuestos del costado que se desgasta al roce de la arena y al golpe del azar,
bajo el precario sol que quizás hoy se apague, que no salga mañana.
No tenemos ni marca de predestinación ni vestigios de las primeras luces;
ni siquiera sabemos qué soplo nos expulsa y nos aspira.
Apenas si el sabor de la sed, si la manera de traspasar la niebla,
si esta vertiginosa sustancia en busca de salida,
hablan de alguna parte donde las mutiladas visiones se completan,
donde se cumple Dios.
Ah descubrir la imagen oculta e impensable del reflejo,
la palabra secreta, el bien perdido,
la otra mitad que siempre fue una nube inalcanzable desde la soledad
y es toda la belleza que nos ciñe en su trama y nos rehace,
una mirada eterna como un lago para sumergir el amor en su versión insomne,
en su asombro dorado.
Pero no hay quien divise el centelleo de una sola fisura para poder pasar.
Nunca con esta vida que no alcanza para ir y volver,
que reduce las horas y oscila contra el viento,
que se retrae y vibra como llama aterida cuando asoma la muerte.
Él quedará incrustado en este muro.
Él será más opaco que un pedrusco roído por la lluvia hasta el juicio final.
¿Y servirá este cuerpo más allá para sobrevivir,
el inepto monarca, el destronado, el frágil desertor obligatorio,
rescatado otra vez desde su nadie, desde las entrañas de un escorial de brumas?
¿O será simplemente como escombro que se arroja y se olvida?
No, este cuerpo no puede ser tan sólo para entrar y salir.
Yo reclamo los ojos que guardaron el Etna bajo las ascuas de otros ojos;
pido por esta pìel con la que caigo al fondo de cada precipicio;
abogo por las manos que buscaron, por los pies que perdieron;
apelo hasta por el luto de mi sangre y el hielo de mis huesos.
Aunque no haya descanso, ni permanencia, ni sabiduría,
defiendo mi lugar:
esta humilde morada donde el alma insondable se repliega,
donde inmola sus sombras
y se va. 

Olga Orozco, Toay, La Pampa, 1920-1999
de Los juegos peligrosos, 1962
en El jardín posible, Selección y prólogo de Marisa Negri, Ediciones en Danza, Buenos Aires, 2009

imagen de Vitorio Dee en Plasticity on Behance

lunes, diciembre 24, 2012

olga orozco. por mucho que nos duela



Por mucho que nos duela

a Josefina Susana Fragueiro


¿Y ahora dónde estás,
expulsada de todos los paraísos de este mundo,
sin haber encontrado tu lugar ni en el bosque de la cigarra ni en la torre de la hormiga,
y ni siquiera en un páramo de soledad que se amoldara como un hecho resignado a tu cuerpo,
como una almohada de renunciamiento a tu cabeza?
Ya habrás cruzado lúcida, con tus ojos de lámpara votiva,
ese punto de fuga del que hablabas,
donde empieza a invertirse la distancia y a ensancharse la tierra de la promisión.
Ahora, cuando podrías enseñarme todos los subterfugios del camino,
simularás sin duda no saberlos para exaltar las orgullosas tentativas de mis pies
y erigirme un sitial de reina en mis errores,
igual que de este lado.
¡Hemos andado juntas tantos años palpando las costuras que nos unieron a este trama!
Tú cortaste los nudos y soltaste de un golpe todas las puntadas,
con ese mismo exceso con que repartías tu pan y te precipitabas en el abismo y en la hoguera
-sí, el desmedido amor, la pasión desmedida,
la desmedida inercia frente al rito vampiro de la fatalidad-.
Te arrancaste tu bolsa de intemperies, tu ropaje de huesos,
el puñado de grises piedrecitas adheridas al último pliegue del destino,
la mordaza de arena,
y huiste por las vertiginosas galerías sin otro sol que tu alma
ni más abrigo que dos o tres nombres apretujados contra tu desnudez
igual que relicarios.
¿Y no podremos ya entreabrir otra vez los bordes de las sombras
como los de una brecha por donde vida y muerte intercambian piadosas sus rehenes
en forma de fantasmas?
¿Alguna vez podríamos tomarnos de la mano,
cuando estemos muy solas,
cuando el pavor recubra con pelambre de tigre todas las ventanas?
Mi mano, al encuentro de la tuya, no recibe respuesta,
como si resbalara por la desnuda y ciega superficie de un espejo que borra.
Mis ojos sólo registran el ardor de una inmersión sin fin en el vacío inexorable.
Mis palabras son como vidrios transparentes trizados contra el muro.
¿Puede ser que no vengas, tú, que siempre acudías antes de ser llamada,
tú, que te adelantabas como un atajo a la necesidad
y que volabas como un pájaro blanco atraído por el sahumerio de un deseo?
¿Puede ser, mensajera de los desayunos, vigía en la epidemia y la tormenta?
Quizás te hayas confundido otra vez el lugar y las horas
y antes como viajera perdida nuevamente entre dunas errantes y encrucijadas circulares,
con ese aire confuso de los que no se sienten esperados,
de los que van hacia ninguna parte.
Acaso te detengas en esos sitios como catedrales en los que resonó tu voz de Piaf,
ese grito subiendo en borbotones desde el amor herido hasta la desagarrada garganta el perdón:
o en esas habitaciones miserables que aspiraban tu vida en un negro bostezo
y te arrojaban al azar y al desorden como a dos ventisqueros;
o junto a esas mesas en las que bebías tu alcohol a grandes llamaradas,
no para ver el mundo a través de una fiesta, sino para quemarle la piel al infortunio;
o en ese altillo donde me dejaste un árbol de alucinada Navidad
como un ángel posado para siempre sobre cualquier rincón inhóspito del año;
o allá mucho más lejos, en casas que hoy son nubes,
donde podías extraer la dicha de un perfume, una cabeza de una piedra,
cuando aún no tenías esa doble visión de los que perfeccionan el fracaso como un huecograbado,
cuando aún no asfixiabas con rejas los retratos,
cuando te arrebujabas en el porvenir bajo el manto de Donatello y Miguel Ángel,
y aún era temprano.
¿Y estarás ajustando más las cuentas,
borroneando tu torturada biografía con tachaduras que son un signo menos?
¿O te retienen por un ala desde arriba,
mientras pugnas por desasirte con esos tormentosos aleteos,
con esa fuerza de bestezuela exasperada con que te resistías a las jaulas de cualquier ordenanza,
acumulando sólo lastimaduras y castigos, con extraña paciencia?
¿O aún no has logrado entrar y no puedes adelantarte a la salida?
No puedo suponer que estás sentada en tu silla de Van Gogh haciendo otra durísima antesala,
repasando los agujeros de tu historia en busca de las llaves,
como si no estuvieran estampadas con fuego en tus dos manos,
como si fueran necesarias;
o que esperas entre celestes agapantos soñando que te despiertas en el alba harapienta,
de cara a la pared,
donde había una puerta que acaban de tapiar y una cortina que se desvanece,
y giras la cabeza y no aciertas a distinguir tus pobres pertenencias,
la exigua certidumbre que te amparaba cada día.
No puedo soportar que veles suspendida de un reflejo, acorralada en lo imposible.
Soy yo quien anda a tientas sin hallar la consigna,
o quien fragua visiones con el humo que exhalan sus propias pesadillas.
¡Tanto velo ilusorio para cubrir los huecos de tu ausencia!
No, no te esfuerces más por hacerte visible probándote los vendajes de la niebla,
no trates de secarme cada lágrima con un soplo de invierno,
no intentes susurrar con el chisporroteo de los leños las viejas melodías.
Tú y yo no precisamos más evidencia que la sed
para saber que en algún lado gorgotean las aguas subterráneas.
¡Hemos andado juntas tantos años bajo estas pavorosas ruedas fulgurantes esperando un milagro!
Ahora donde quiera que estés está el milagro:
ésa es “la tierra de ninguna parte, tu verdadera patria”.
Allá está la flor de oro, la corona de luz,
el corazón secreto de la joya que late con tu corazón y alumbra las tinieblas.
No mires hacia atrás.
Asciende, asciende hasta perdernos de vista como a las migraciones de este último otoño,
como a los huesos que se disgregan en la playa.
Y olvídanos junto a la loza rota, los calendarios muertos, los zapatos;
olvídanos tiernamente, con esa fervorosa obstinación que tú sabes,
pero olvídanos, por mucho que te cueste,
por mucho que nos duela todavía.

Olga Orozco, Toay, La  Pampa, 1920- Buenos Aires, 1999
de La noche a la deriva, FCE, México, 1983
imagen de Juan Medina, Enticing, en Uno de los nuestros

domingo, diciembre 11, 2011

más fuerte que las armas y el mal del enemigo


Para hacer un talismán

Se necesita sólo tu corazón
hecho a la viva imagen de tu demonio o de tu dios.
Un corazón apenas, como un crisol de brasas para la idolatría.
Nada más que un indefenso corazón enamorado.
Déjalo a la intemperie,
donde la hierba aúlle sus endechas de nodriza loca
y no pueda dormir,
donde el viento y la lluvia dejen caer su látigo en un golpe de azul escalofrío
sin convertirlo en mármol y sin partirlo en dos,
donde la oscuridad abra sus madrigueras a todas las jaurías
y no logre olvidar.
Arrójalo después desde lo alto de su amor al hervidero de la bruma.
Ponlo luego a secar en el sordo regazo de la piedra,
y escarba, escarba en él con una aguja fría hasta arrancar el último grano de esperanza.
Deja que lo sofoquen las fiebres y la ortiga,
que lo sacuda el trote ritual de la alimaña,
que lo envuelva la injuria hecha con los jirones de sus antiguas glorias.
Y cuando un día un año lo aprisiones con la garra de un siglo,
antes que sea tarde,
antes que se convierta en momia deslumbrante,
abre de par en par y una por una todas sus heridas:
que las exhiba al sol de la piedad, lo mismo que el mendigo,
que plaña su delirio en el desierto,
hasta que sólo el eco de un nombre crezca en él con la furia del hambre;
un incesante golpe de cuchara contra el plato vacío.

Si sobrevive aún,
si ha llegado hasta aquí hecho la viva imagen de tu demonio o de tu dios;
he ahí un talismán más inflexible que la ley,
más fuerte que las armas y el mal del enemigo.
Guárdalo en la vigilia de tu pecho igual que a un centinela.
Pero vela con él.
Puede crecer en ti como la mordedura de la lepra;
puede ser tu verdugo.

¡El inocente monstruo, el insaciable comensal de tu muerte!

Olga Orozco, Toay, La Pampa, 1920-1999
de Los juegos peligrosos, 1962
en El jardín posible, Selección y prólogo de Marisa Negri, Ediciones en Danza, Buenos Aires, 2009
imagen de © De Angel en Uno de los nuestros

sábado, septiembre 24, 2011

olga orozco. james waitt




James Waitt

Luchamos contra grandes sombras, aferrados a mentiras sin pudor, saludando con penosa sonrisa el fin de su transparente impostura. Joseph Conrad; El negro del Narcissus.

Yo, James Waitt,
hijo del miedo y de la impostura,
tenía un cofre con monedas y un infame secreto.
Las monedas resonarán al paso de Donkin, el astuto emisario de mi muerte,
y el secreto me rozará la cara por los siglos como una rama seca.
¿Dónde estará el verdadero James Waitt?
En un barco alcanzaba las riberas del ocio
simulando agonías más fastuosas que un incendio en los bosques.
Pero un día la cólera marina silbó sobre su espalda como un látigo.
¿Dónde está el verdadero James Waitt?
En un barco alcanzaba las afanosas islas
simulando un poder más obstinado que las raíces en la primavera.
Pero un día la codicia terrestre esgrimió la verdad como un relámpago.
Me arrojaron al mar envuelto en un sudario de amenaza y terror que llamaron plegaria.
¡Piedad para James Waitt!
que conquistó la vida con la faz engañosa de la muerte
y penetró en la muerte con el rostro ilusorio de la vida.
Nadie venga a buscarlo.
Rasguñará en el limo lo mismo que las ratas en la viscosidad del maderamen,
hasta que el mar lo sorba como a un brebaje oscuro tras la máscara lisa de la lona.
Nadie diga su nombre para el último día.
James Waitt no tendrá rostro.

de Las muertes

Olga Orozco, Toay, 1920- Buenos Aires, 1989
de Antología de la Poesía Argentina, Tomo II, Selección Raúl Gustavo Aguirre, Ediciones Librerías Fausto, Buenos Aires, 1979
imagen: Salvador Dalí, El nacimiento de los deseos líquidos

martes, septiembre 13, 2011

olga orozco. detrás de aquella puerta


Detrás de aquella puerta

En algún lugar del gran muro inconcluso está la puerta,
aquella que no abriste
y que arroja su sombra de guardiana implacable en el revés de todo tu destino.
Es tan sólo una puerta clausurada en nombre del azar,
pero tiene el color de la inclemencia
y semeja una lápida donde se inscribe a cada paso lo imposible.
Acaso ahora cruja con una melodía incomparable contra el oído de tu ayer,
acaso resplandezca como un ídolo de oro bruñido por las cenizas del adiós,
acaso cada noche esté a punto de abrirse en la pared final del mismo sueño
y midas su poder contra tus ligaduras como un desdichado Ulises.
Es tan sólo un engaño,
una fabulación del viento entre los intersticios de una historia baldía,
refracciones falaces que surge del olvido cuando lo roza la nostalgia.
Esa puerta no se abre hacia ningún retorno;
no guarda ningún molde intacto bajo el pálido rayo de la ausencia.
No regreses entonces como quien al final de un viaje erróneo
-cada etapa un espejo equivocado que te sustrajo al mundo-
descubriera el lugar donde perdió la llave y trocó por un nombre confuso la consigna.
¿Acaso cada paso que diste no cambió, como en un ajedrez,
la relación secreta de las piezas que trazaron el mapa de toda la partida?
No te acerques entonces con tu ofrenda de tierras arrasadas,
con tu cofre de brasas convertidas en piedras de expiación;
no transformes tus otros precarios paraísos en páramos y exilios,
porque también, también serán un día el muro y la añoranza.
Esa puerta es sentencia de plomo; no es pregunta.
Si consigues pasar,
encontrarás detrás, una tras otra, las puertas que elegiste.

El presagio

Estaba escrito, en sombras.
Fue trazado con humo en medio de dos alas de colores,
casi una incrustación de riguroso luto cortando en dos el brillo de la fiesta.
Lo anunció muchas veces el quejido escarchado del cristal debajo de tus pies.
Lo dijeron oscuros personajes girando siempre a tientas,
porque nunca hay salida para nadie en los vertiginosos albergues de los sueños.
Lo propagó la hierba que fue un áspero, tenebroso plumaje una mañana.
Lo confirmaron día tras día las fisuras súbitas en los muros,
los trazo de carbón sobre la piedra, las arañas traslúcidas, los vientos.
Y de repente se desbordó la noche,
rebasó en la medida del peligro las vitrinas cerradas, los lazos ajustados,
las manos que a duras penas contenían la presión tormentosa.
Un gran pájaro negro cayó sobre tu plato.
Es como la envoltura de algún fuego sombrío, taciturno, sofocado,
que vino desde lejos horadando al pasar la intacta protección de cada día.
Ahora observa humear esa cosecha escalofriante.
Llega desde las más remotas plantaciones de tu presentimiento y de tu miedo,
llega incesantemente exhalando el misterio.
Está sobre tu plato y no hay distancia alguna que te aparte,
ni escondite posible.

Un relámpago, apenas

Frente al espejo, yo, la inevitable:
nada que agradecer en los últimos años,
nada, ni siquiera la paz con las señales de los renunciamientos,
con su color inmóvil.
Esta piel no registra tampoco el esplendor del paso de los ángeles,
sino sólo aridez, o apenas la escritura desolada del tiempo.
Esta boca no canta.
Ancha boca sellada por el último beso, por el último adiós,
es una larga estría en un mármol de invierno.
Pero ninguna marca delata los abismos
-ah intolerables vértigos, pesadillas como un túnel sin fin-
bajo el sedoso engaño de la frente que apenas si dibuja unas alas en vuelo.
¿Y qué pretenden ver estos ojos que indagan la distancia
hasta donde comienza la región de las brumas,
ciudades congeladas, catedrales de sal y el oro viejo del sol decapitado?
Estos ojos que vienen desde lejos saben ver más allá,
hasta donde se quiebran las últimas astillas del reflejo.
Entonces apareces, envuelto por el vaho de la más lejanísima frontera,
y te buscas en mí que casi ya no estoy, o apenas si soy yo,
entera todavía,
y los dos resurgimos como desde un Jordán guardado en la memoria.
Los mismos otra vez, otra vez en cualquier lugar del mundo,
a pesar de la noche acumulada en todos los rincones, los sollozos y el viento.
Pero no; ya no estamos. Fue un temblor, un relámpago, un suspiro,
el tiempo del milagro y la caída.
Se destempló el azogue, se agitaron las aguas y te arrastró el oleaje
más allá de la última frontera, hasta detrás del vidrio.
Imposible pasar.
Aquí, frente al espejo, yo, la inevitable:
una imagen en sombras y toda la soledad multiplicada.

Olga Orozco, Toay, La Pampa, 1920-1999
en El jardín posible, Selección y prólogo de Marisa Negri, Ediciones en Danza, Buenos Aires, 2009
imagen de Anne Arden McDonald, Self portrait 20, en Anne Arden McDonald, publicada con expresa autorización de la autora

viernes, julio 16, 2010

ah sentidos, mis guardianes insomnes


Himno de alabanza

¿Y por qué no he de cantar también yo un himno de alabanza,
aunque casi todos los que amé sean ahora igual que la hojarasca
que se arremolina alrededor del viento
y no puedan jactarse ni siquiera de poder arrojar su propia sombra?
Por todo lo perdido, ¿acaso contrariaste mi voluntad de dicha
o volví del revés los pasos que me habías señalado?
Si celebré con llanto mis bodas con la noche, ¿fue por seguir mi vocación de abismo
o porque me cubriste con sábanas de tiniebas cada día?
Para nadie la culpa ni para mí el castigo.
Fue solamente porque cayó una estrella
o porque se precipitaron bajo la luna errónea las mareas.
Es la misma señal, el mismo asombre con que sigo cayendo en la espesura,
aquí, desde tu mano.
¿Y no he de cantar por eso un himno de alabanza?
Yo agradezco estos ojos que se agrandan para ver tu escritura secreta en cada piedra:
esta boca con el sabor de "siempre", "tal vez" y "nunca más";
las manos y la piel donde arrojan su aliento los emisarios de territorios invisibles;
el perfume de la estación que pasa, su ráfaga hechicera ceñida a mi garganta,
y el reclamo insistente del sonido que atruena con el cuerno para las cacerías.
¡Ah sentidos, mis guardianes insomnes,
refugios instantáneos en un mundo improbable y sin fondo, como yo!
Desde lo más profundo de mi estupor y mi deslumbramiento yo te celebro,
cuerpo, suntuoso comensal en esta mesa de dones fugitivos,
a ti, protagonista de paso en cada historia del amor que no muere,
intermediario heroico en todas las batallas de la tierra y el cielo,
tú, mi costado de inevitable realidad,
delator de intemperies y fronteras, siempre bajo un puñal,
entre el relámpago de la tentación y el tajo de la herida.
A pesar de tu corazón irascible, yo te bendigo, mar, bestia obstinada:
en tu acechanza y en tu letanía pasa el relato del diluvio y mi risa infantil,
junto con ese cielo con que sueñas en cada una de tus olas,
en cada balanceo, como yo en el vaivén de mi respiración.
Guárdame en tu memoria como a un guijarro más,
como a un hueso perdido y a estos nombres escritos en la arena,
para velar contigo hasta el último día en el insomnio de la inmensidad.
Gracias te doy, hormiga, modelo de mis viajes en las exploraciones imposibles,
y a la torcaza por la incesante queja que acompañó mis lágrimas y duelos;
agradezco a la hierba la tierna protección para mis pies furtivos
y a ti, brizna en el viento, por todo el imprevisible porvenir;
bendita seas, sombra generosa, sumisa a tanto error y a tantas sombras,
y también tú, mi silla, guardiana infatigable frente a la espera y a la lejanía.
Yo te celebro, ráfaga, lluvia, enredadera,
murmullo enamorado del silencio que habita entre las piedras.´
¿O no puedo cantar, amor, la noche de tu ausencia y el filo de tu espada?
¿Quién no lleva en la punta de su arpón una ballena blanca?

Olga Orozco, Toay, 1920- Buenos Aires, 1999
en El jardín posible, Ediciones en Danza, Buenos Aires, 2009
imagen: s/d

domingo, marzo 08, 2009

poetas



***

Alfonsina Storni
Sala Capriasca, Suiza, 1892 –Mar del Plata, Argentina, 1938)
Contra voz

Entierra la pluma
antes de atarte los puños
como una llama
el dolor de servir
a cosas estultas.

Por su punta,
como por los canales
que desagotan el río,
tu agua se desparrama
y muere en el llano.

La palabra arrastra limos,
pule piedras,
y corta selvas imaginarias.

Piden los hombres
tu lengua,
tu cuerpo,
tu vida:
Tírate a la hoguera,
florece en la boca
de un cañón.

Una punta de cielo
rozará
la casa humana.

Alejandra Pizarnik
Buenos Aires, 1936-1972
Fragmentos para dominar el silencio

I. Las fuerzas del lenguaje son las damas solitarias, desoladas, que cantan a través de mi voz que escucho a lo lejos. Y lejos, en la negra arena, yace una niña densa de música ancestral. ¿Dónde la verdadera muerte? He querido iluminarme a la luz de mi falta de luz. Los ramos se mueren en la memoria. La yacente anida en mí con su máscara de loba. La que no pudo más e imploró llamas y ardimos.
II. Cuando a la casa del lenguaje se le vuela el tejado las palabras no guarecen, yo hablo.
Las damas de rojo se extraviaron dentro de sus máscaras aunque regresarán para sollozar entre flores.
No es muda la muerte. Escucho el canto de los enlutados sellar las hendiduras del silencio. Escucho tu dulcísimo llanto florecer en mi silencio.

III. La muerte ha restituido al silencio su prestigio hechizante. Y yo no diré mi poema y yo he de decirlo. Aún si el poema (aquí, ahora) no tiene sentido, no tiene destino.

Olga Orozco
Toay, La Pampa, 1920-Buenos Aires, 1999
AUNQUE SE BORREN TODOS NUESTROS RASTROS...

Aunque se borren todos nuestros rastros igual que las bujías en el amanecer
y no puedas recordar hacia atrás, como la Reina Blanca, déjame en el aire la sonrisa.
Tal vez seas ahora tan inmensa como todos mis muertos
y cubras con tu piel noche tras noche la desbordada noche del adiós:
un ojo en Achernar, el otro en Sirio,
las orejas pegadas al muro ensordecedor de otros planetas,
tu inabarcable cuerpo sumergido en su hirviente ablución, en su Jordán de estrellas.
Tal vez sea imposible mi cabeza, ni un vacío mi voz,
algo menos que harapos de un idioma irrisorio mis palabras.
Pero déjame en el aire la sonrisa:
la leve vibración que azogue un trozo de este cristal de ausencia,
la pequeña vigilia tatuada en llama viva en un rincón,
una tierna señal que horade una por una las hojas de este duro calendario de nieve.
Déjame tu sonrisa a manera de perpetua guardiana, Berenice.


Susana Thénon
Buenos Aires, 1935-1991
Las mujeres poetas

las poetas mujeres
tenemos que juntarnos
para salir
para enfrentar
la humanidad hostil
pero hay que hacerlo con dulzura
¡FEMINEIDAD!

las poetas mujeres
hemos de unirnos
para vencer
a poemazo limpio
aunque nos tiren la casa abajo
a pedradas
a pleonasmos

las mujeres poetas
debemos mantenernos codo a codo
pero sin codearnos
mano a mano
pero sin manosearnos
cheak to cheak
pero sin chequearnos
y tête à tête
pero sin pecharnos

muy difícil

las mujeres poetas
hemos de divorciarnos
¿y de quién? ¿y de quién?
de las poetas mujeres

hombres no hay hace rato.

Amelia Biagioni
Gálves, Santa Fe, 1916- Buenos Aires, 2000
Cada día, cada noche

Cada día
me levanto sin nombre,
y en la nuca
una sombra
tenaz, ajena, a filo,
me acusa desde siempre;
la culpa
total, indescifrable,
entre, me usurpa,
no sé quién soy, me oculto, huyo,
y me pierdo extranjera.
Hasta sentir,
cada noche,
una luz
fiel, entrañable, mansa,
que vuelca desde siempre
río, libélulas, sol, trébol
en mi cabeza más lejana,
y le apoya
alguna, aquella mano;
y cuando empiezo a recordarme,
un ruido sucio, espeso,
de sombra,
se interpone en la nuca
y despierto
sin nombre.

Irene Gruss
Buenos Aires, 1950
Después del Apocalipsis
Poema de ficción

El Apocalipsis ya pasó.
Ahora puedo sentarme en la cama
y ubicar mis pies en cada pantufla.
Puedo ir ahora a la cocina,
y suspirar, en el trayecto.
Ya pasó. Acabó
el Diluvio, sin lluvia.
Empieza a hacer frío, y
ahora el frío resulta acogedor.
Ya pasó todo, ya terminó todo.
Se puede respirar
—antes también podía respirar—,
y reír, reír,
con cierta risa.

Diana Bellessi
Zavala, Santa Fe, 1946
Si así como miramos…

Si así como miramos, fijamente
enlazado el ojo a la belleza
o al espanto, un detalle cualquiera
encanto del afuera. Así también
nos miráramos. No al otro, al propio.
A nosotros mismos. ¿Lo hallaríamos?
El cerrojo del amor, el sentido

El otro como culpable abre el hueco
De la guerra. Ve amenaza donde amparo

Ay de mí, si no hay el sí, sin el otro

Concepción Bertone
Rosario, Santa Fe, 1947
Invierno

La mujer de la bata gastada
barre las hojas de la vereda
ajena a la mirada que la desnuda. Barre
una llamarada de hojas de fresno
y enciende un fósforo
para que el fuego la apague.

Susana Villalba
Buenos Aires, ?
Marea

Esa conspiración en el susurro
cuando nada dicen,
persiste el mar
y la piedra en deshacerse
resistiendo.
Quizá belleza
es esa colisión
eternamente fugaz.
Como el mar el deseo
es movimiento
que comienza donde parece
acabar.
Inútil seducción y sin embargo
la piedra se transforma.
En el amor
se sabe por el cuerpo.
Es su plenitud.
Esa revelación
que acaba cuando comienza
a hablar.
Como arena arrebatada
por el agua
que toma y abandona
al mismo tiempo.
Querer ir más allá del mar
es el mar.
Ese murmullo que parece responder
es movimiento,
un rugido
como el fracaso siempre de un deseo
es el deseo.
Inútil preguntar la razón
que desconoce
un corazón de agua.
El mar como el sueño
rumorea en la orilla
restos
de la profundidad.
Porque nada dice
dice el mar:
Que la verdad es agua
entre las manos
se sabe por tocar.

María del Carmen Colombo
Buenos Aires, 1950
Espergeia

quiero el agua
del paraíso, dice, alba
blanca, pura luz mirando el
reflector dice llena
luna sin culpas
el balde de mi alma
hasta el colmo
como quien toma del gollete
celestial actriz finge
la gota terrenal cuando
enjuga con la punta
del manto una sed de rocío: ella
cree en la eficacia
del vacío y representa
la escena pensada por dios
para salvarnos.


*la lista puede seguir eternamente.
** el orden es casual.
*** tamara de lempicka

imagen de Annick Bouvattier