martes, septiembre 27, 2016

mark strand. tu sombra
















Tu sombra

Tienes tu sombra.
Los lugares a los que fuiste te la han devuelto.
Los pasillos y jardines vacíos del orfanato te la han devuelto.
El puesto de  los canillitas te la ha devuelto.
Las calles de Nueva York te la han devuelto y también algunas calles de Montreal.
Las habitaciones de Belém donde los lagartos atrapaban mosquitos te la han devuelto.
Las calles oscuras de Manaos y las calles húmedas de Río te la han devuelto.
La ciudad de México de donde te querías ir te la ha devuelto.
Y Halifax cuya bahía se lavó  las manos de ti te la ha devuelto.     
Tienes tu sombra.
Mientras viajabas la secuela blanca de tu partida hizo que tu sombra descendiera pero cuando llegaste ella te recibió. Tenías tu sombra.
Las puertas que atravesaste te quitaron tu sombra y al regresar, te la devolvieron. Tenías tu sombra.
Incluso si olvidabas tu sombra, volvías a encontrarla; siempre estuvo contigo.
Una vez en el campo la sombra de un árbol cubrió tu sombra y fuiste un desconocido.
Una vez en el campo pensaste que tu sombra había sido ensombrecida por alguien más. Tu sombra calló.
Tus ropas atrajeron tu sombra; cuando te las quitaste se extendió como la oscuridad de tu pasado.
Y tus palabras que flotan como hojas en el aire que se pierde, en un lugar que nadie conoce, te devolvieron la sombra.
Tus amigos te devolvieron tu sombra.
Tus enemigos te devolvieron tu sombra. Dijeron que era pesada y que taparía tu tumba.
Al morirte tu sombra durmió en la puerta del horno y comió cenizas en lugar de pan.
Se regocijó entre las ruinas.
Te observó mientras los demás dormían.
Brilló como cristal entre las tumbas.
Se tranquilizó como el aire.
Quería ser nieve en el agua.
Quería ser nada, pero eso era imposible.
Vino a mi casa.
Se sentó en mis hombros.
Tu sombra es tuya. Se lo dije. Dije que era tuya.
La he cargado demasiado tiempo. Te la devuelvo.


Mark Strand, Summerside, Canadá, 1934- Brooklyn, New York, 2014
Versión © Silvia Camerotto
imagen de Kumi Yamashita

Your Shadow

You have your shadow.
The places where you were have given it back.
The hallways and bare lawns of the orphanage have given it back.
The Newsboys Home has given it back.
The streets of New York have given it back and so have the streets of
Montreal.
The rooms in Belém where lizards would snap at mosquitos have
given it back.
The dark streets of Manaus and the damp streets of Rio have given it
back.
Mexico City where you wanted to leave it has given it back.
And Halifax where the harbor would wash its hands of you has given
it back.
You have your shadow.
When you traveled the white wake of your going sent your shadow
below, but when you arrived it was there to greet you. You had
your shadow.
The doorways you entered lifted your shadow from you and when you
went out, gave it back. You had your shadow.
Even when you forgot your shadow, you found it again; it had been
with you.
Once in the country the shade of a tree covered your shadow and you
were not known.
Once in the country you thought your shadow had been cast by somebody
else. Your shadow said nothing.
Your clothes carried your shadow inside; when you took them off, it
spread like the dark of your past.
And your words that float like leaves in an air that is lost, in a place
no one knows, gave you back your shadow.
Your friends gave you back your shadow.
Your enemies gave you back your shadow. They said it was heavy and
would cover your grave.
When you died your shadow slept at the mouth of the furnace and ate
ashes for bread.
It rejoiced among ruins.
It watched while others slept.
It shone like crystal among the tombs.
It composed itself like air.
It wanted to be like snow on water.
It wanted to be nothing, but that was not possible.
It came to my house.
It sat on my shoulders.
Your shadow is yours. I told it so. I said it was yours.
I have carried it with me too long. I give it back.

lunes, septiembre 19, 2016

miguel gaya. fernando pessoa se lamenta por sus heterónimos




















Fernado Pessoa se lamenta por sus heterónimos

Todos se lo llevaron.
Mis mejores ropas, mis modales, las palabras
del manantial secreto. Esa mañana que no le he ofrecido a nadie
uno de ellos la arrojó al mundo, a las bestias
y los periódicos.
¡Mi secreto de dandy! ¡Mis ridículas poses
ante el espejo!
Mis inexistentes 
cartas de amor.

Por donde avanzo, ellos se han adelantado
quemando la hierba, convocando a las gentes
con artificios de circo y de matones.
Llego cuando la estación de trenes está vacía,
los brindis acabaron
y el último camarero me mira a través de la puerta,
descortés y hastiado. Adiós, me señala con la mano,
ya no abrimos hoy.

Cada uno de ellos a cada uno de los cuatro vientos y confines.
Adiós, me dicen también, no te recuerdo.

Entraron a saco en mí, me dejaron
como un espantapájaros. Seco. Viejo.

He vivido la vida que más horror me dio. Me afané
por las calles de Lisboa y no conocí
otras. Cada adoquín fue granito, cada fachada una máscara,
cada máscara,
espejo.

Así he sido, así fui,
y ellos huyeron al galope. 
Ahora me siento ante el baúl y voy extrayendo sus rostros.
Me detengo en la engañosa honradez de la frente de uno,
en el gesto sereno de un pedante de provincia,
el ojo estrábico de uno que yo me sé.

Todos existen y yo
desaparezco.

La sombra, al fin, ha sido mi cosecha.

Miguel Gaya, Ayacucho, 1953
de Cabeza de artista, Ediciones en Danza, Buenos Aires, 2016

martes, septiembre 13, 2016

john ashbery. pronto alivio





















Pronto alivio

Apenas soportable, vivir al margen
en nuestra sociedad tecnológica, siempre tenían que rescatarnos
al borde de la destrucción, como las heroínas de Orlando Furioso
antes de que hubiera tiempo de empezar de nuevo.
Había truenos en los arbustos,  rumor de remolinos,
y Angélica, en la pintura de Ingres, observando
al colorido aunque pequeño monstruo cerca de su pie, como si se preguntara
si olvidar todo el asunto no sería, al final, la única solución.
Y luego siempre llegaba un momento en el que
Happy Hooligan aparecía abriéndose paso
en su oxidado auto verde, solo para asegurarse de que todo estaba bien.
Solo que entonces ya estábamos en otro capítulo y confundidos
sobre cómo tomar la última información.
¿Era información? ¿Acaso no estábamos actuando
en beneficio de alguien, pensamientos en mente
con espacio más que suficiente para nuestros pequeños problemas (eso parecía),
nuestras preocupaciones diarias con respecto a la comida y el alquiler y las cuentas a //pagar?
Reducir todo esto a su mínima expresión,
para liberarnos al fin, minúsculos en el amplio espectro-
Esa era nuestra ambición: ser pequeños y transparentes y libres.
Ay, la energía del verano se disuelve rápido,
un momento y se va. Y ya no
podemos hacer los cambios necesarios, por simples que sean.
Quizás nuestra estrella brilló más cuando hubo agua en ella.
Ahora eso ni siquiera está en cuestión, solo hay que
aferrarse a la tierra firme para no ser arrojados,
en un sueño casual, una visión: un petirrojo vuela hasta
el rincón superior de la ventana, apartas tu cabello
y no puedes ver bien, o una herida brillaría
en los dulces rostros de los otros, algo parecido a:
esto es lo que querías escuchar, entonces ¿por qué
crees que escucharás otra cosa? Todos somos habladores
es cierto, pero bajo  la charla yace
el movimiento y el no querer ser movidos, el sentido
impreciso, desprolijo y simple como el del gastado suelo.

Estos son, pues, algunos de los riesgos del camino,
pues aunque sabíamos que el camino era obstáculos y nada más
fue un shock cuando, un cuarto de siglo después,
la claridad de las reglas se te hizo manifiesta por primera vez.
Ellos eran los jugadores, y nosotros, que habíamos luchado en el juego
solo fuimos espectadores, aunque sujetos a las vicisitudes
y al fin salimos con ellas del entristecido estadio, cargándolas sobre los hombros.
Noche tras noche el mensaje regresa, repitiéndose
en el brillo del cielo, creado antes que nosotros, arrebatado,
y aun así nuestro para siempre hasta el fin que es verdad pasada,
el ser de nuestras frases, en el clima que las fomentó,
nuestras, no para poseerlas como un libro, sino para estar con ellas
o sin ellas, solos y desesperados.
Pero la fantasía las hace nuestras, una especie de cerca
levantada al nivel de ideal estético. Estos fueron momentos, años
íntegros de realidad, rostros, hechos identificables, besos, actos heroicos,
como un amigable inicio de una progresión geométrica
no muy tranquilizadora, como si el sentido pudiera descartarse algún día
cuando quedara chico. Mejor, dijiste, permanecer  sumisos
en las primeras lecciones, ya que la promesa del conocimiento
es un engaño, y estuve de acuerdo, añadiendo que
el mañana alteraría el sentido de lo aprendido,
que el proceso de aprendizaje se prolonga así, para que según este punto de vista
ninguno de nosotros se gradúe,
porque el tiempo es una suspensión y es probable que pensar en no crecer
es la más alta forma de madurez, ahora y ante todo.
Ya ves, ambos teníamos razón, aunque la nada
de algún modo se ha convertido en nada: los avatares
de nuestra vida según las reglas y vivir
en nuestra casa han hecho de nosotros-de algún modo- ‘buenos ciudadanos’,
cepillándonos los dientes y todo eso, y aprendiendo a aceptar
la caridad en los momentos difíciles como nos ha sido dada,
porque esto es acto, este no estar seguros, esta descuidada
preparación, diseminando las semillas defectuosas del surco,
preparándose a olvidar, y siempre regresando
a la estabilidad del comienzo, a ese día hace tanto tiempo.

John Ashbery, Rochester, 1927
De The Double Dream of Spring. Copyright © 1966, 1970, John Ashbery
Versión ©Silvia Camerotto

Soonest Mended

Barely tolerated, living on the margin 
In our technological society, we were always having to be rescued   
On the brink of destruction, like heroines in Orlando Furioso 
Before it was time to start all over again. 
There would be thunder in the bushes, a rustling of coils,   
And Angelica, in the Ingres painting, was considering 
The colorful but small monster near her toe, as though wondering whether forgetting 
The whole thing might not, in the end, be the only solution.   
And then there always came a time when 
Happy Hooligan in his rusted green automobile 
Came plowing down the course, just to make sure everything was O.K.,   
Only by that time we were in another chapter and confused   
About how to receive this latest piece of information.   
Was it information? Weren’t we rather acting this out   
For someone else’s benefit, thoughts in a mind 
With room enough and to spare for our little problems (so they began to seem), 
Our daily quandary about food and the rent and bills to be paid?   
To reduce all this to a small variant, 
To step free at last, minuscule on the gigantic plateau— 
This was our ambition: to be small and clear and free.   
Alas, the summer’s energy wanes quickly, 
A moment and it is gone. And no longer 
May we make the necessary arrangements, simple as they are.   
Our star was brighter perhaps when it had water in it.   
Now there is no question even of that, but only 
Of holding on to the hard earth so as not to get thrown off,   
With an occasional dream, a vision: a robin flies across   
The upper corner of the window, you brush your hair away 
And cannot quite see, or a wound will flash 
Against the sweet faces of the others, something like:   
This is what you wanted to hear, so why 
Did you think of listening to something else? We are all talkers   
It is true, but underneath the talk lies 
The moving and not wanting to be moved, the loose 
Meaning, untidy and simple like a threshing floor. 

These then were some hazards of the course, 
Yet though we knew the course was hazards and nothing else   
It was still a shock when, almost a quarter of a century later,   
The clarity of the rules dawned on you for the first time.   
They were the players, and we who had struggled at the game   
Were merely spectators, though subject to its vicissitudes 
And moving with it out of the tearful stadium, borne on shoulders, at last. 
Night after night this message returns, repeated 
In the flickering bulbs of the sky, raised past us, taken away from us,   
Yet ours over and over until the end that is past truth,   
The being of our sentences, in the climate that fostered them,   
Not ours to own, like a book, but to be with, and sometimes   
To be without, alone and desperate. 
But the fantasy makes it ours, a kind of fence-sitting 
Raised to the level of an esthetic ideal. These were moments, years,   
Solid with reality, faces, namable events, kisses, heroic acts,   
But like the friendly beginning of a geometrical progression 
Not too reassuring, as though meaning could be cast aside some day   
When it had been outgrown. Better, you said, to stay cowering   
Like this in the early lessons, since the promise of learning   
Is a delusion, and I agreed, adding that 
Tomorrow would alter the sense of what had already been learned,   
That the learning process is extended in this way, so that from this standpoint 
None of us ever graduates from college, 
For time is an emulsion, and probably thinking not to grow up   
Is the brightest kind of maturity for us, right now at any rate. 
And you see, both of us were right, though nothing 
Has somehow come to nothing; the avatars 
Of our conforming to the rules and living 
Around the home have made—well, in a sense, “good citizens” of us,   
Brushing the teeth and all that, and learning to accept 
The charity of the hard moments as they are doled out, 
For this is action, this not being sure, this careless 
Preparing, sowing the seeds crooked in the furrow, 
Making ready to forget, and always coming back 
To the mooring of starting out, that day so long ago.

domingo, septiembre 11, 2016

h.d (hilda doolittle). selección de the flowering of the rod




















2

Voy donde amo y donde soy amada,
hacia la nieve;

voy hacia las cosas que amo
sin pensar en deber o piedad;

voy a donde pertenezco inexorablemente,
como la lluvia que corre por largo tiempo

en el surco, le he dado
o le habría dado

vida al grano;
pero si no crece o madura

con la lluvia de la belleza,
la lluvia regresará a la nube;

el cosechador afila su acero en la piedra;
pero este no es nuestro campo,

no hemos sembrado esto;
implacables, implacables, dejemos

el espacio de una calavera
a quienes la fabricaron.

H.D (Hilda Doolittle), Bethlehem, Pennsylvania, 1886 – Zurich, 1961
selección de The Flowering of the RodTrilogy by H.D.,  New Directions, 1998
Versión © Silvia Camerotto


[2]

I go where I love and where I am loved,
into the snow;

I go to the things I love
with no thought of duty or pity;

I go where I belong, inexorably,
as the rain that has lain long

in the furrow; I have given
or would have given

life to the grain;
but if it will not grow or ripen

with the rain of beauty,
the rain will return to the cloud;

the harvester sharpens his steel on the stone;
but this is not our field,

we have not sown this;
pitiless, pitiless, let us leave

The-place-of-a-skull
to those who have fashioned it.

miércoles, septiembre 07, 2016

theodore roethke- la decisión

















La decisión

I
¿Qué agita al ojo sino lo invisible?
Escapar de Dios es la carrera más larga.
Un pájaro me perseguía cuando era joven
el churrinche es lento para apagar  su canto,
no podía sacarme ese sonido de la cabeza,
el adormecido sonido de las hojas en el suave viento.

II
¡Levantarse o caer es una misma disciplina!
¡Se achica la línea de mi horizonte!
¿Cuál es el camino?, le grito a la negra,
cambiante sombra, las cenizas en mi espalda.
¿Cuál es el camino?, pregunto y me dispongo
como un hombre enfrentando a la nieve que se acerca.

Theodore Roethke, Saginaw, Michigan, 1908-Bainbridge Island, WA, 1963
De The Collected Poems of Theodore Roethke, Doubleday, 1961
Versión ©Silvia Camerotto
imagen de Dapacou, The Invisible Painting, en Famous Masterpieces

The Decision
I
What shakes the eye but the invisible?
Running from God’s the longest race of all.
A bird kept haunting me when I was young–
The phoebe’s slow retreating from its song,
Not could I put that sound out of my mind,
The sleepy sound of leaves in a light wind.

II
Rising or falling’s all one discipline!
The line of my horizon’s growing thin!
Which is the way? I cry to the dread black,
The shifting shade, the cinders at my back.
Which is the way? I ask, and turn to go,
As a man turns to face on-coming snow.

viernes, septiembre 02, 2016

josé luis mangieri. poemas del amor y la guerra. selección

















***
Las rosas se asoman insistentes en el aire azul.
¿Nos están permitidas sin traicionar la memoria?
El recuerdo es tan poca cosa para tanto pasado,
para tanta vida sobre el abismo.
¿Es este otro vino, otro el amor?
¿O todo es un río solitario que deja a algunos en la orilla
crucificados en la injusticia de la muerte temprana?
Sobre las rosas soldados de hielo desaparecen
llevados por el río
y nosotros olfateamos la vida
como animales desbarrancados pero vivos.
Aullamos los nombres de la batalla
pero la guerra ha terminado.
Las antiguas banderas flamean
en la tormenta de nuestro corazón.
Descansen en paz los compañeros
bajo una tierra sembrada de sal
sobre la cual comenzamos a pelear contra el olvido.

José Luis Mangieri, Buenos Aires, 1924-2008
de Poemas del amor y la guerra, Ediciones en Danza, Buenos Aires, 2008

jueves, septiembre 01, 2016

marcelo díaz. teoría de la pérdida













Teoría de la pérdida
a M.R

Suponía que sería de noche
cuando el hilo eléctrico de tu voz desapareció
atrapado en un auricular como de plata.
Decimos sujetos a interpretación.
¿Qué cambiará ahora si enciendo un reflector
entre dos ciudades separadas por mil kilómetros
para reafirmar una marca en el asfalto
parecida a un hombre sentado en la autopista
ensayando una llamada nocturna?
Digo, por ejemplo, somos el campo de fuerza
de un agujero negro o como la espera
a punto de sacudir la quietud de las rocas.
Voy hacia ti, hasta aquí llegamos. Hablo
del boomerang de los afectos extraños
que en su viaje de regreso nos trajo lejos.

Marcelo Díaz, Villa Mercedes, 1981
imagen de Milder Herzog Bazzano


miércoles, agosto 31, 2016

irene gruss. hombre sin auto


















Hombre sin auto

Ahora dice que tiene fríos los pies,
camina despacio.
Antes, cuando manejaba, 
cuidaba detenerse a cada cambio de luz, 
vigilaba el trayecto.

Vendió el auto como quien se inclina
y se persigna, rendido, suplicante.
Pide a Dios por una vez que lo contemple,
y que él deje de mirar 
como si fuese Dios. Por una vez,
dice cuando camina, temer, 
decir que teme.

Irene Gruss, Buenos Aires, 1950

Inédito
Imagen Scott Richard, Manhattan, fuente torbakhopper

jueves, agosto 25, 2016

jonio gonzález. creo como hablo















Creo como hablo

el camino consiste
en comprender que si el fuego
habita la rama
queda un hueco
que es el hambre
en penetrar la tiniebla
hasta que se iluminen los cielos
hasta que la palabra perfume la brizna
de lo que se ha perdido
y al final bajar del coche
y arrancar del parabrisas
los pájaros muertos

Jonio González, Buenos Aires, 1954
Inédito
Imagen de Alexis Portilla

miércoles, agosto 24, 2016

johann w. goethe. la novia de corinto
















La novia de Corinto

Provenía de Atenas un joven
que llegó a Corinto, donde nadie lo conocía.
Él contaba con la amable recepción de uno de sus habitantes:
sus padres estaban unidos por la hospitalidad,
y habían convenido, mucho tiempo atrás,
el matrimonio de una y otro:
su hija y su hijo.
Pero, ¿sería bienvenido aún
si no compra con cariño este favor?
Él es todavía pagano, como los suyos;
pero ellos ya son cristianos y se han bautizado.
Cuando nace una nueva fe,
el amor y la fe jurada, frecuentemente,
se destruyen como una mala yerba.
Ya la casa entera reposa;
padre e hijas; sólo la vigilia es de la madre;
que recibe con diligencia al huésped:
de inmediato lo conduce a la habitación más bella.
Previniendo sus deseos ,
le presenta los vinos y manjares más preciados.
Tras atenderlo, ella le desea una buena noche.
Pese al buen alimento servido,
él no siente deseo alguno de comer;
la fatiga lo hace rechazar manjares y bebida.
Y, vestido, se recuesta en el lecho.
Casi está dormido
cuando un huésped extraño
se introduce en la recámara
por la puerta abierta.
Al resplandor de la lámpara ve avanzar
por el cuarto a una joven silenciosa y púdica,
cubierta de un velo y un vestido blancos;
una lazo negro y oro ciñe la frente.
Cuando ella lo percibe
se azora y estremece
y alza blanca su mano.
“Soy, entonces —clama ella—, tan extraña en mi propia casa
que para nada me avisan la presencia de un huésped?
Es así, ay, que se me tiene encerrada en mi celdilla,
y que mientras, aquí, se me cubre de vergüenza.
Pero sigue reposando en tu lecho,
me alejaré con la rapidez con que vine”
“Quédate, bella joven”, grita él
levantándose con precipitación.
“He aquí los dones de Ceres, he aquí los de Baco,
y he aquí, querida niña, que tu traes el amor.
¡Estás pálida de miedo!
Ven, querida, joven, ven
y gustaremos juntos los goces divinos”
“Quédate lejos de mí, buen hombre, deténte.
Yo no estoy consagrada a la alegría.
El último paso, ay, fue dado
por mi querida madre: vencida por la enfermedad,
ella hizo al mejorar el juramento
de que mi juventud y mi cuerpo
serían ofrecidos, de inmediato, al servicio del cielo.
“Y apenas el brillante cortejo de los antiguos dioses
partió la casa quedó en silencio.
Ya no se adora más que a un solo Dios
invisible en el cielo, Salvador sobre la cruz;
a quien nadie aquí le ofrece en sacrificio
toros o corderos
sino víctimas humanas en cantidad infinita.”
Y él le pregunta y reflexiona todas sus palabras;
ninguna escapa a su espíritu.
“¿Será posible que en esta callada habitación
frente a mí esté mi novia bien amada?
¡Sé mía entonces !
Los juramentos de nuestros padres
nos valieron ya la bendición del Cielo.”
“No soy yo quien te está destinada, buen hombre;
se reservó para ti a mi más joven hermana.
Cuando en mi celdilla silenciosa sea librada a mis tormentos,
en sus brazos, piensa en mí;
en mí que no pienso sino en ti,
que me consumo de amor
y que, pronto, me iré a esconder bajo la tierra.”
“No, lo juro por esta flama
que desde ahora Himeneo hace por nosotros brillar:
tú no estás perdida, ni para mí ni para el placer,
y tú me acompañarás a la casa de mi padre:
bien amada, quédate aquí;
celebra conmigo, en este mismo instante,
aunque inesperado, nuestro festín nupcial!”
Entonces intercambiaron ellos los gajes de la fidelidad:
ella le tiende una cadena de oro
y el desea ofrecerle una copa
de plata de arte incomparable
“¡Esta copa no es para mí;
pero te pido
me regales un rizo de tus cabellos!”
En ese momento suena la hora lúgubre de los espíritus,
y entonces, solamente, la joven parece sentirse a gusto.
Ávidamente, de sus labios pálidos, ella bebió
el vino de un rojo sombrío como la sangre.
Pero del pan de trigo
que él le ofreció amablemente,
no tomó la menor migaja.
Y ella tiende la copa al joven,
quien, como ella, la vacía de un solo trago, golosamente.
Y durante esa comida silenciosa, él le solicita su amor.
Su pobre corazón, ay, estaba enfermo de amor.
Pero ella se resiste
a toda súplica
hasta que él se echa a llorar en la cama.
Y viene ella y se tiende cerca de él.
“¡Ay, cómo sufro de ver tu tormento.
Pero, ay, si tocas mis miembros
sentirás estremecido lo que te escondí:
blanca como la nieve
pero fría como el hielo
es la amante que tu has escogido!”
Él la toma con ardor en sus vigorosos brazos,
llevado por la fuerza de su joven amor.
“Espera entonces recalentarte más cerca de mí todavía,
aunque sea la tumba quien te haya enviado hacia mí.
Mezclemos nuestros alientos, intercambiemos nuestros besos,
que nuestro amor se desborde!
¿No te inflamas al sentir la llama que me devora?”
Más fuerte aún los unió el amor:
las lágrimas se mezclaron a sus arrebatos.
Con avidez ella aspira el fuego de sus labios,
y ninguno se siente vivir si no es en el otro.
Con la furia amorosa del joven
la sangre congelada de la muchacha se recalienta;
pero en su pecho el corazón sigue inmóvil.
Mientras tanto la madre, retrasada por los cuidados del aseo,
pasa aún con suave marcha por el corredor frente al cuarto.
Escucha tras la puerta, oyó largo tiempo
esos sonidos extraños:
voces voluptuosas y lamentos
de un novio y de su prometida,
balbuceantes insensatos del amor.
Ella permanece de pie, inmóvil, frente a la puerta,
porque ante todo desea convencerse plenamente:
escucha colérica los juramentos de amor más solemnes,
las palabras de amor y de promesa:
“¡Silencio, el gallo despierta!”
“—Pero la noche que viene
¿vendrás de nuevo?” Y besos sobre besos.
La madre no puede contener más tiempo su indignación,
abre con rapidez la bien sabida cerradura.
“¿En esta casa hay entonces hijas perdidas,
capaces de entregarse así de pronto al extraño?”
Abre la puerta, entra.
y a la luz de la lámpara
distingue, oh Cielos, a su propia hija.
Y el joven, en el primer momento de terror,
quiere cubrir con su velo a la muchacha,
esconder bajo el tapiz a la bien amada.
Pero ella se defiende y libera con prontitud
como con la fuerza de un espíritu
su alta estatura
se yergue lentamente sobre el lecho.
Madre, madre”, dice con una voz sepulcral,
“¿me reprocha, entonces, esta noche tan bella?
Me expulsa usted de esta cama cálida?
¿Sólo desperté para entregarme a la desesperación?
¿Ya no le satisface
en buena hora haberme amortajado en un sudario
y depositado en la tumba?
“Pero una ley que me es propia me impulsa
fuera de la fosa estrecha al duro manto de la tierra.
Los cantos salmodiados por tus sacerdotes
y su bendición no tienen efecto alguno.
El agua y la sal son incapaces
de extinguir los ardores juveniles
y, ay, la tierra no enfría el amor.
“Este joven me fue prometido,
cuando en pie estaba todavía el templo de la amable Venus,
Madre, y usted faltó a su promesa
ligándose por un juramento bárbaro y sin valor.
Porque ningún Dios acogerá
a una madre que jura
rehusar la mano de su hija.
Una fuerza me arroja fuera de la fosa
para buscar todavía los bienes de los que me despojaron,
para amar aún al esposo ya perdido
y para aspirar la sangre de su corazón.
Y cuando éste muera,
me pondré en busca de otros
y mis jóvenes amantes serán víctimas de mi deseo furioso.
“Bello joven, tus días están contados.
Morirás de languidez, en este sitio.
Te regalé mi collar,
yo me llevo el rizo de tus cabellos.
Míralo bien:
mañana tus cabellos estarán grises;
solamente en la tumba renegrecerán.
“Escuche, ahora, madre, mi última plegaria:
Haga levantar una hoguera,
abra la estrecha tumba donde me ahogo,
y dé reposo a los amantes entregándolos al fuego.
Cuando la chispa salte,
cuando ardan las cenizas,
nos elevaremos hacia los antiguos dioses.

Johann Wolfgang von Goethe, Frankfurt, 1749-Weimar, 1832
Original: Die Braut Von Korinth de Goethe
imagen de Edvard Munch, Vampire


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