domingo, abril 28, 2013

elizabeth bishop. crusoe en inglaterra




Crusoe en Inglaterra

Un nuevo volcán entró en erupción,
dicen los diarios, y la semana pasada estuve leyendo
que un barco vio nacer una isla:
primero un soplo de vapor, a diez millas;
y luego una mancha negra, —probablemente basalto—
apareció en los prismáticos del primer oficial
y se fijó en el horizonte como una mosca.
Le dieron nombre. Pero mi pobre vieja isla sigue siendo
no- redescubierta, no- renombrada.
Ninguno de los libros jamás acertó.

Bueno, yo tenía cincuenta y dos
miserables, pequeños volcanes que podía escalar
con unas pocas resbalosas zancadas—
volcanes muertos como pilas de ceniza.
Yo solía sentarme al borde del más alto
y contaba los otros que estaban de pie,
desnudos y plomizos, con sus cabezas arrancadas.
Pensaba que si fueran del tamaño
que yo creía que los volcanes deben ser, entonces me había
convertido en un gigante;
y si me había convertido en un gigante,
no podía soportar pensar de qué tamaño
eran las cabras y tortugas,
o las gaviotas o los pichones volteadores superpuestos
—un hexágono brillante de pichones
rodeándome y rodeándome, pero no del todo,
brillando y brillando, aunque el cielo
estuviera mayormente nublado.

Mi isla parecía ser
una especie de basurero de nubes. Todos los restos
de nubes del hemisferio llegaron y se tendieron
arriba de los cráteres —sus gargantas sedientas
eran calientes al tacto.
¿Fue por eso que llovía tanto?
¿Y por eso a veces todo el lugar siseaba?
Las tortugas se movían pesadamente, abovedadas,
silbando como teteras.
(Y yo  hubiera entregado años, o tomado unos pocos,
por cualquier tipo de tetera, por supuesto.)
Los pliegues de lava, extendiéndose hacia el mar,
silbarían. Me daría vuelta. Y después resultarían
ser más tortugas.
Las playas eran todo lava, multicolor,
negra, roja y blanca, y gris;
los colores veteados se veían bien.
Y había trombas marinas. Oh,
media docena a la vez, lejos,
yendo y viniendo, avanzando y retrocediendo,
sus cabezas en nubes, sus pies en parches en movimiento
de rayones blancos.
Chimeneas de vidrio, flexibles, debilitadas,
seres sacerdotales de vidrio... Vi
como subía el agua en espiral por ellos como humo.
Hermosas, sí, pero no gran compañía.

A menudo sentí compasión de mí mismo.
“¿Merezco esto? Supongo que sí.
No estaría aquí de lo contrario. ¿Hubo
un momento en el que realmente elegí esto?
No lo recuerdo, pero podría ser”.
¿Qué hay de malo en la auto-compasión, de todos modos?
Con las piernas colgando hacia abajo confiadamente
al borde de un cráter, me dije
“La compasión empieza por casa”. Así que cuanto más
compasión sentía, más me sentía como en casa.

El sol se ponía en el mar; el mismo sol extraño
salía del mar,
y había uno de él y uno de mí.
La isla tenía una de cada especie:
un caracol de árbol, azul-violeta brillante
con una caparazón delgada, se trepaba a todo,
a la única especie de árbol,
un asunto oscuro y menor.
Las caparazones de caracol se amontaban debajo de ellos,
y a la distancia,
uno hubiera jurado que eran macizos de lirios.
Había un tipo de baya, rojo oscuro.
Las probé, una a una,  con horas de diferencia.
Sub-ácidas, y nada malas, sin efectos nocivos;
y entonces hice cerveza casera. Bebía
ese horrible, efervescente, hediondo producto
que subía directo a mi cabeza
y tocaba mi flauta casera
(Creo que tenía la escala más rara en la tierra)
y,  mareado, gritaba y bailaba entre las cabras.
¡Hecho en casa, hecho en casa! ¿No lo somos todos?
Sentía un profundo afecto por
la más pequeña de mis manufacturas insulares.
No, no exactamente, ya que la más pequeña era
una filosofía miserable.

Porque no sabía lo suficiente.
¿Por qué no sabía lo suficiente de algo?
¿Drama griego o astronomía? Los libros
que había leído estaban llenos de espacios en blanco;
los poemas —bueno, traté de
recitarle a mis lirios,
“Ellos resplandecen sobre ese ojo interior,
que es la dicha...” ¿La dicha de qué?
Una de las primeras cosas que hice
cuando regresé fue buscarlo en el diccionario.

La isla olía a cabra y guano.
Las cabras eran blancas, también las gaviotas,
y ambas demasiado mansas, o quizás pensaban
que yo era una cabra, también, o una gaviota.
Bee, bee, bee y chillido, chillido, chillido,
bee ... chillido ... bee ... Todavía no puedo sacármelos
de mis oídos; sino que duelen ahora.
Los chillidos cuestionando las respuestas equívocas
en un terreno de lluvia sibilante
y sibilantes tortugas ambulantes
que me ponían los nervios de punta.
Cuando todas las gaviotas volaban a la vez, sonaban
como un árbol grande al viento fuerte, sus hojas.
Yo cerraba los ojos y pensaba en un árbol,
un roble, digamos, con sombra de verdad, en alguna parte.
Había oído de ganado que se enfermaba a causa de la isla.
Creí que las cabras lo estaban.
Un macho cabrío se pararía en el volcán
que había bautizado Mont d'Espoir o Mount Despair
(Tenía tiempo suficiente para jugar con nombres),
y balaría y balaría, y olería el aire.
Yo le agarraba la barba y lo miraba.
Sus pupilas, horizontales, se encogían
y no expresaban nada, o un poco de maldad.
¡Hasta los colores mismos me cansaban!
Un día teñí una cabrita de rojo brillante
con mis bayas rojas, sólo para ver
algo un poco distinto.
Y entonces su madre no lo reconocería.

Los sueños eran lo peor. Por supuesto soñaba con comida
y amor, pero era agradable
sobre todo. Aunque entonces soñaba con cosas
como cortarle el pescuezo a un bebé, confundiéndolo
para un cabrito. Tenía
pesadillas de otras islas
que se extendían lejos de la mía, infinidad
de islas, islas engendrando islas,
como los huevos de rana que se convierten en renacuajos
de islas, sabiendo que tenía que vivir
en todas y cada una, con el tiempo,
por siglos, registrando su flora,
su fauna, su geografía.

Justo cuando pensaba que no podía soportarlo
ni un minuto más, llegó Viernes.
(Estas explicaciones están todas mal.)
Viernes era agradable.
Viernes era agradable, y éramos amigos.
¡Si sólo hubiera sido una mujer!
Yo quería propagar mi especie,
y así lo hizo él, creo yo, pobre muchacho.
A veces acariciaba a los cabritos,
y corría con ellos, o los cargaba.
—Lindo para mirar; tenía un cuerpo hermoso.

Y entonces un día vinieron y nos echaron de allí.

Ahora vivo aquí, en otra isla,
que no parece serlo, pero ¿quién sabe?
Mi sangre estaba llena de ellas; mi cerebro
criaba islas. Pero ese archipiélago
se extinguió. Soy viejo.
Estoy aburrido, también, bebiendo mi té de verdad,
rodeado de aburridos trastos viejos.
El cuchillo ahí en el estante—
apestaba a sentido, como un crucifijo.
Vivía. ¿Durante cuántos años
le rogué, le imploré que no se rompiera?
Conocía  cada muesca y rasguño de memoria,
la hoja azul, la punta rota,
las vetas de la madera en el mango...
Ahora ya no me mira.
El alma se ha esfumado.
Mis ojos se posan en él y siguen su curso.

El museo local me pidió
que les deje todo:
la flauta, el cuchillo, los zapatos ajados,
mis pantalones de piel de cabra gastados,
(la piel se llenó de polillas),
la sombrilla que me costó tanto tiempo
recordar cómo van las varillas.
Todavía funciona, pero, plegada,
se parece a un ave desplumada y flaca.
¿Cómo puede alguien querer estas cosas?
–Y Viernes, mi querido Viernes, murió de sarampión
en marzo, hace diecisiete años.


Elizabeth Bishop, Worcester, 1911- Boston, 1979
De Geography III, 1976
En Elizabeth Bishop, Complete Poems, Chatto&Windus, London, 2004
Versión © Silvia Camerotto
imagen de Henry Corbould, c. 1820 en Henry Courbould

Crusoe in England

A new volcano has erupted,
the papers say, and last week I was reading   
where some ship saw an island being born:   
at first a breath of steam, ten miles away;   
and then a black fleck—basalt, probably—
rose in the mate’s binoculars
and caught on the horizon like a fly.
They named it. But my poor old island’s still   
un-rediscovered, un-renamable.
None of the books has ever got it right.

Well, I had fifty-two
miserable, small volcanoes I could climb   
with a few slithery strides—
volcanoes dead as ash heaps.
I used to sit on the edge of the highest one   
and count the others standing up,
naked and leaden, with their heads blown off.   
I’d think that if they were the size   
I thought volcanoes should be, then I had   
become a giant;
and if I had become a giant,
I couldn’t bear to think what size   
the goats and turtles were,
or the gulls, or the overlapping rollers   
—a glittering hexagon of rollers   
closing and closing in, but never quite,   
glittering and glittering, though the sky   
was mostly overcast.

My island seemed to be
a sort of cloud-dump. All the hemisphere’s   
left-over clouds arrived and hung
above the craters—their parched throats   
were hot to touch.
Was that why it rained so much?
And why sometimes the whole place hissed?   
The turtles lumbered by, high-domed,   
hissing like teakettles.
(And I’d have given years, or taken a few,   
for any sort of kettle, of course.)
The folds of lava, running out to sea,
would hiss. I’d turn. And then they’d prove   
to be more turtles.
The beaches were all lava, variegated,   
black, red, and white, and gray;
the marbled colors made a fine display.   
And I had waterspouts. Oh,
half a dozen at a time, far out,
they’d come and go, advancing and retreating,   
their heads in cloud, their feet in moving patches   
of scuffed-up white.
Glass chimneys, flexible, attenuated,   
sacerdotal beings of glass ... I watched   
the water spiral up in them like smoke.   
Beautiful, yes, but not much company.

I often gave way to self-pity.
“Do I deserve this? I suppose I must.
I wouldn’t be here otherwise. Was there   
a moment when I actually chose this?
I don’t remember, but there could have been.”   
What’s wrong about self-pity, anyway?
With my legs dangling down familiarly   
over a crater’s edge, I told myself
“Pity should begin at home.” So the more   
pity I felt, the more I felt at home.

The sun set in the sea; the same odd sun   
rose from the sea,
and there was one of it and one of me.   
The island had one kind of everything:   
one tree snail, a bright violet-blue
with a thin shell, crept over everything,   
over the one variety of tree,
a sooty, scrub affair.
Snail shells lay under these in drifts   
and, at a distance,
you’d swear that they were beds of irises.   
There was one kind of berry, a dark red.   
I tried it, one by one, and hours apart.   
Sub-acid, and not bad, no ill effects;   
and so I made home-brew. I’d drink   
the awful, fizzy, stinging stuff
that went straight to my head
and play my home-made flute
(I think it had the weirdest scale on earth)   
and, dizzy, whoop and dance among the goats.   
Home-made, home-made! But aren’t we all?   
I felt a deep affection for
the smallest of my island industries.   
No, not exactly, since the smallest was   
a miserable philosophy.

Because I didn’t know enough.
Why didn’t I know enough of something?   
Greek drama or astronomy? The books   
I’d read were full of blanks;
the poems—well, I tried
reciting to my iris-beds,
“They flash upon that inward eye,
which is the bliss ...” The bliss of what?   
One of the first things that I did
when I got back was look it up.

The island smelled of goat and guano.   
The goats were white, so were the gulls,   
and both too tame, or else they thought   
I was a goat, too, or a gull.
Baa, baa, baa and shriek, shriek, shriek,
baa ... shriek ... baa ... I still can’t shake   
them from my ears; they’re hurting now.
The questioning shrieks, the equivocal replies   
over a ground of hissing rain
and hissing, ambulating turtles
got on my nerves.
When all the gulls flew up at once, they sounded
like a big tree in a strong wind, its leaves.   
I’d shut my eyes and think about a tree,   
an oak, say, with real shade, somewhere.   
I’d heard of cattle getting island-sick.   
I thought the goats were.
One billy-goat would stand on the volcano
I’d christened Mont d’Espoir or Mount Despair
(I’d time enough to play with names),   
and bleat and bleat, and sniff the air.   
I’d grab his beard and look at him.   
His pupils, horizontal, narrowed up
and expressed nothing, or a little malice.   
I got so tired of the very colors!   
One day I dyed a baby goat bright red   
with my red berries, just to see   
something a little different.
And then his mother wouldn’t recognize him.

Dreams were the worst. Of course I dreamed of food
and love, but they were pleasant rather
than otherwise. But then I’d dream of things   
like slitting a baby’s throat, mistaking it   
for a baby goat. I’d have
nightmares of other islands
stretching away from mine, infinities   
of islands, islands spawning islands,   
like frogs’ eggs turning into polliwogs   
of islands, knowing that I had to live   
on each and every one, eventually,   
for ages, registering their flora,   
their fauna, their geography.

Just when I thought I couldn’t stand it   
another minute longer, Friday came.   
(Accounts of that have everything all wrong.)   
Friday was nice.
Friday was nice, and we were friends.   
If only he had been a woman!
I wanted to propagate my kind,   
and so did he, I think, poor boy.
He’d pet the baby goats sometimes,
and race with them, or carry one around.   
—Pretty to watch; he had a pretty body.

And then one day they came and took us off.

Now I live here, another island,
that doesn’t seem like one, but who decides?
My blood was full of them; my brain   
bred islands. But that archipelago
has petered out. I’m old.
I’m bored, too, drinking my real tea,   
surrounded by uninteresting lumber.
The knife there on the shelf—
it reeked of meaning, like a crucifix.
It lived. How many years did I   
beg it, implore it, not to break?
I knew each nick and scratch by heart,
the bluish blade, the broken tip,
the lines of wood-grain on the handle ...
Now it won’t look at me at all.   
The living soul has dribbled away.   
My eyes rest on it and pass on.

The local museum’s asked me to
leave everything to them:
the flute, the knife, the shrivelled shoes,
my shedding goatskin trousers
(moths have got in the fur),
the parasol that took me such a time   
remembering the way the ribs should go.
It still will work but, folded up,
looks like a plucked and skinny fowl.
How can anyone want such things?
—And Friday, my dear Friday, died of measles
seventeen years ago come March.

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