jueves, abril 11, 2013

allá como aquí no hay puertas




1.

Un incidente aquí y allá,
y rieles desaparecidos (por armas)
de la vieja plaza de tu ciudad (y la mía):

neblina y gris niebla, ningún color,
todavía  la abeja de Luxor, pollo y libre
persiguen inalterables un propósito

en verde, rojo rosado, lapislázuli;
continúan profetizando
de papiros de piedra:

allá, como aquí, la ruina abre
la tumba, el templo; entra,
allá como aquí, no hay puertas:

el santuario abierto al cielo,
la lluvia cae, aquí, allá
la arena se amontona; la eternidad perdura:

ruina en todas partes, así como el techo caído
deja la habitación sellada
al aire libre,

entonces, por medio de nuestra desolación,
los pensamientos se agitan, la inspiración nos
acecha a través de la penumbra:

ignorante, el Espíritu anuncia la Presencia;
nos sobreviene un escalofrío,
como antaño, Samuel:

temblando en una esquina familiar,
no sabemos ni somos sabidos;
la Pitia se pronuncia —pasamos

a otra bóveda, a otro muro hecho pedazos
donde los utensilios se ven
como raros objetos en un museo;

Pompeya no tiene nada que enseñarnos,
sabemos de la grieta de la fisura volcánica,
el flujo lento de la lava,

presión en corazón, pulmones, el cerebro
a punto de reventar su frágil caja
(¡cuánto soporta el cráneo!):

sobre nosotros, Apócrifo fuego,
debajo de nosotros, la oscilación terrestre, hundimiento del suelo,
inclinación del pavimento

donde los hombres oscilan, ebrios
con un desconcierto nuevo,
brujería, tormento:

la armadura de hueso no fue hecha para
semejante shock tejido por el terror,
y aún así el esqueleto le hace frente:

¿la carne? derretida,
el corazón quemado, brasa muerta,
tendones, músculos destrozados, caparazón exterior desmembrada

y sin embargo la estructura resistió:
sobrevivimos al  fuego: nos preguntamos
¿qué nos salvó? ¿para qué?

H D, (Hilda Doolittle), Bethlehem, Pennsylvania, 1886 – Zurich, 1961
de The Walls Do Not Fall, en H D, Trilogy, Carcanet, Norman Holmes Pearson, 1997, Exeter, England
versión © Silvia Camerotto
imagen de Wikipedia


I
An incident here and there,
and rails gone (for guns)
from your (and my) old town square:

mist and mist-grey, no colour,
still the Luxor bee, chick and hare
pursue unalterable purpose

in green, rose-red, lapis;
they continue to prophesy
from the stone papyrus:

there, as here, ruin opens
the tomb, the temple; enter,
there as here, there are no doors:

the shrine lies open to the sky,
the rain falls, here, there
sand drifts; eternity endures:

ruin everywhere, yet as the fallen roof
leaves the sealed room
open to the air,

so, through our desolation,
thoughts stir, inspiration stalks us
through gloom:

unaware, Spirit announces the Presence;
shivering overtakes us,
as of old, Samuel:

trembling at a known street-corner,
we know not nor are known;
the Pythian pronounces —we pass on

to another cellar, to another sliced wall
where poor utensils show
like rare objects in a museum;

Pompei has nothing to teach us,
we know crack of volcanic fissure,
slow flow of terrible lava,

pressure on heart, lungs, the brain
about to burst its brittle case
(what the skull can endure!):

over us, Apocryphal fire,
under us, the earth sway, dip of a floor,
slope of a pavement

where men roll, drunk
with a new bewilderment,
sorcery, bedevilment:

the bone-frame was made for
no such shock knit within terror,
yet the skeleton stood up to it:

the flesh? it was melted away,
the heart burnt out, dead ember,
tendons, muscles shattered, outer husk dismembered

yet the frame held:
we passed the flame: we wonder
what saved us? what for?

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