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como la sangre misma



La pérdida de sangre

Somos el animal que huye herido
dejando, a su paso, sobre las hojas
de la hierba, sobre la tierra pelada
y las piedras, tibias gotas encarnadas
que el frío de la noche cristaliza
y el sol a la mañana evapora...
Neoclásico, un símbolo de fácil conversión 
que la mente fijó en versos blancos
mientras el resto de mí, por su cuenta,
conducía a lo largo de una calle despejada.
Y así como el ingeniero sigue sus cálculos
al lavarse las manos, y los interrumpe
para atender el teléfono,
con las maniobras para estacionar
frente al portón de Hebraica
-el candelabro de siete brazos temblando
en el espejo retrovisor- la estrofa,
como la sangre misma que trataba,
sobre los viejos adoquines recalentados
de la pendiente, se evaporó...
Entré al edificio, no esperé a que llegar
el ascensor y subí las escaleras;
algo en la oscuridad me rozó la frente,
haciéndome un tajo: la arista
-luego supe- de un batiente recién pintado
que había quedado abierto.

D.G. Helder, Rosario, 1961
de El faro de Guereño, 1990
imagen de Francisco Rivero, en Blog du peintre

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