lunes, enero 07, 2013

antes de que sus cuerpos murieran




El escudo de Aquiles


Ella miró por encima de su hombro
Buscando  vides y olivos,
Ciudades de mármol bien gobernadas
Y barcos en mares indómitos,
Pero allí en el metal brillante
En su lugar sus manos habían puesto
Un desierto artificial
Y un cielo de plomo.

Una llanura sin ninguna particularidad, desnuda y marrón,
Ni  brizna de hierba, ni rastro de vida,
Nada que comer y ningún lugar donde sentarse,
Sin embargo, agrupada en su vacío, permanecía
Una multitud ininteligible,
Un millón de ojos, un millón de botas en fila,
Inexpresivas, esperando una señal.

De la nada una voz sin rostro
Demostró con estadísticas que había una causa justa
con tonos tan secos y chatos como el lugar:
No se alentó a nadie y nada se discutió;
Columna tras columna en una nube de polvo
Marcharon sosteniendo una creencia
Cuya lógica los llevó, en otro lugar, al sufrimiento.

Ella miró por encima de su hombro
Buscando devociones rituales,
Vaquillonas con guirnaldas de flores blancas,
Libación y sacrificio,
Pero allí en el metal brillante
Donde debía estar el altar,
Ella vio bajo la titilante luz de la fragua
 Una escena muy distinta.

Alambre de púas cercando un lugar azaroso
Donde los funcionarios aburridos haraganeaban  (uno hizo un chiste)
Y centinelas sudaban por el día caluroso:
Una multitud de gente común y decente
Miraba desde fuera y ni se movió ni habló
Mientras tres figuras pálidas fueron llevadas al frente y atadas
A tres postes clavados en el suelo.

La masa y majestad de este mundo, todo
Lo que tiene peso y siempre pesa lo mismo
Dejado en manos de otros; eran insignificantes
Y no podían esperar ayuda y ninguna ayuda llegó:
Lo más les gustaba hacer a sus enemigos se hizo, su vergüenza
Fue todo lo peor que podían desear;  perdieron su orgullo
Y murieron como hombres antes de que sus cuerpos murieran.

Ella miró por encima de su hombro
Buscando  atletas en sus juegos,
Hombres y mujeres en un baile
Moviendo sus dulces extremidades
Veloces, veloces, al ritmo de  la música,
Pero allí en el escudo brillante
Sus manos no dispusieron ninguna pista de baile
 Sino un campo cubierto de hierba mala.  

Un pícaro harapiento, sin rumbo y solitario,
Merodeaba alrededor del vacío, un pájaro
Voló buscando salvarse de su piedra certera:
Las muchachas son violadas, dos muchachos apuñalan a un tercero,
Eran axiomas para él, que nunca había oído
De ningún mundo donde las promesas se cumplieran,
O donde uno pudiera llorar porque otro llora.

El herrero de labios finos,
Hefesto, se alejó cojeando,
Tetis de los senos brillantes
Gritó en espanto
Ante lo que el dios había forjado
Para complacer a su hijo, el fuerte
Aquiles hombre de corazón de hierro y asesino
Que no viviría mucho tiempo.

W. H. Auden, York, 1907- Viena, 1973
Versión © Silvia Camerotto
parcial de imagen perteneciente a La tienda de Aquiles (El tapiz titulado "la Tienda de Aquiles" forma parte de la colección de cuatro grandes paños góticos que narran "La Guerra de Troya", elaborada hacia 1470 en la ciudad franco-flamenca de Tournai. Documentalmente se sabe que fueron donados en 1608 –precisamente ahora hace 400 años- a la Catedral de Zamora por el sexto Conde de Alba y Aliste, Don Antonio Enríquez de Guzmán, y allí se conservan actualmente. Originariamente, esta serie estaba compuesta por un total de once tapices y se cree con fundamento que pudiera ser la misma que en su día perteneció a Fernando I de Nápoles (1458-1494), rey trastámara de ascendencia medinense ya que era hijo de Alfonso V el Magnánimo y nieto de Fernando de Antequera. fuente:http://www.museoferias.net/nov2008.htm )


The Shield of Achilles


She looked over his shoulder     
For vines and olive trees,
Marble well-governed cities
And ships upon untamed seas,
But there on the shining metal
His hands had put instead
An artificial wilderness
And a sky like lead.

A plain without a feature, bare and brown,
No blade of grass, no sign of neighborhood,
Nothing to eat and nowhere to sit down,
Yet, congregated on its blankness, stood
An unintelligible multitude,
A million eyes, a million boots in line,
Without expression, waiting for a sign.

Out of the air a voice without a face
Proved by statistics that some cause was just
In tones as dry and level as the place:
No one was cheered and nothing was discussed;
Column by column in a cloud of dust
They marched away enduring a belief
Whose logic brought them, somewhere else, to grief.

She looked over his shoulder
For ritual pieties,
White flower-garlanded heifers,
Libation and sacrifice,
But there on the shining metal
Where the altar should have been,
She saw by his flickering forge-light
Quite another scene.

Barbed wire enclosed an arbitrary spot
Where bored officials lounged (one cracked a joke)
And sentries sweated for the day was hot:
A crowd of ordinary decent folk
Watched from without and neither moved nor spoke
As three pale figures were led forth and bound
To three posts driven upright in the ground.

The mass and majesty of this world, all
That carries weight and always weighs the same
Lay in the hands of others; they were small
And could not hope for help and no help came:
What their foes like to do was done, their shame
Was all the worst could wish; they lost their pride
And died as men before their bodies died.

She looked over his shoulder
For athletes at their games,
Men and women in a dance
Moving their sweet limbs
Quick, quick, to music,
But there on the shining shield
His hands had set no dancing-floor
 But a weed-choked field.

A ragged urchin, aimless and alone,
Loitered about that vacancy; a bird
Flew up to safety from his well-aimed stone:
That girls are raped, that two boys knife a third,
Were axioms to him, who'd never heard
Of any world where promises were kept,
Or one could weep because another wept.

The thin-lipped armorer,
Hephaestos, hobbled away,
Thetis of the shining breasts
Cried out in dismay
At what the god had wrought
 To please her son, the strong
 Iron-hearted man-slaying Achilles
 Who would not live long.

 .

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