sábado, enero 19, 2013

yo tenía treinta y cuatro años


**
4

La gata me habla como un bebé.
Y me lame las manos
como un perro.
Y monta guardia mientras duermo
como un planeta.
Cuando escribo
se acomoda sobre los papeles.
Y me mira.
Sólo para que sepa
que ella está.

El peor momento es la mañana.
Ella lo sabe.
Cuando sé que no puedo dormir
más.
Y confirmo que estoy mejor así
sola y despierta
pero recuerdo vagamente
las trazas de algún hombre
y me entristezco.

Pienso
si el amor apagado puede
servir para algo.
Si es como una ceniza
para mezclar con arcilla
o con agua
o con savia
y hacer una cataplasma
un ungüento
un bálsamo.

¿De qué puede servir
todo el amor apagado?
Lo pongo fuera de mí.
Pienso en alguna cosa
que con el paso del tiempo
consiga cada vez
una hoja más tibia
más azul
más lenta para surgir
más rápida de aplacar.
Una hoja
donde se haya escrito
la idea
del amor una vez.
Una idea
tal vez como una pera.
La pera guarda
la forma del amor.
Cuando se pone azul
ya no parece una pera.
Pero quizás
con el tiempo
uno se acostumbre.

De todas formas
me entristece
el papel, las cenizas,
las peras, el azul,
la idea, la costumbre.
Mi gata se da cuenta.
Me lame los dedos.
Me llama como un niño.
Me mira.
Sólo para que sepa.


 **
1

A veces, a la mañana temprano
mi mamá nos llevaba en renoleta
a los tres, para la playa.

No parecía feliz

sin embargo
algo en su forma de resolver las cosas
me hacía verla diferente.

Llevaba su capelina azul, de rafia,
y una bikini desteñida.

Yo le miraba la panza
un poco ajada
y blanca.

La panza de nosotros.

A pesar de eso
de pronto la veía más entera.

Nos explicaba como entrar al agua
levantando la arena
para espantar a las rayas.

Se lo había enseñado su papá
el abuelo Antonio, el guardavidas.



**
2

El primer día que mi mamá me consoló
yo tenía treinta y cuatro años.

Cuando era chica y lloraba
arrodillada en el baño
me miraba con ganas de matarme.

Cuando era chica y lloraba
en la placita de enfrente
me miraba con ganas de matarme.

Cuando era chica y lloraba
en la veredita del patio
me miraba con ganas de matarme.

Pero en enero del año dos mil seis
me internaron para hacerme un aborto.

Y la enfermera me reventó una vena.

Entonces me pasó la mano por la cara
y por el pelo. Y yo le dije:
“mami, es que me duele”.

Y ella me dijo: “hijita, ya lo sé”. 

Carina Sedevich, Santa Fe, 1972, (reside en Villa María, Córdoba) 
de Incombustible, Inédito, 2013 
imagen de Juan Medina©, en Uno de los nuestros

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