domingo, julio 15, 2012

los orfebres del reino


(2)
Yo no me dirijo sino a los espíritus que reconocieron la plegaria como el primero entre todos los deberes del hombre.
Las más altas virtudes, la caridad, la castidad, el sacrificio, la ciencia, y el amor del mismo Padre,
únicamente contarán para aquellos que, por su propio movimiento, reconocieron la necesidad absoluta de la humillación en la plegaria.
Yo no diré, sin embargo, del arcano del lenguaje, más que lo que la infamia y la demencia de este tiempo me permiten revelar.
Puedo cantar ahora libremente el cántico de la hora soleada de las noches de Dios y, proclamando la sabiduría de los dos mundos que fueron abiertos a mi vista, hablar, conforme a la medida impuesta por el compañero de servicio,
del conocimiento perdido del oro y de la sangre.
Yo he visto. Y quien ha visto, cesa de pensar y de sentir. Sólo sabe describir aquello que ha visto.
He ahí la clave del mundo de la luz. De la magia de los vocablos que aquí yo reúno, el oro del mundo sensible extrae su secreto valor.
Porque no son sus virtudes físicas las que lo hicieron rey de los espíritus.
La verdad es aquello en relación a lo cual lo Ilimitado está situado.
Mas la verdad no hace mentir el lenguaje sagrado: por cuanto ella también constituye el sol visible del mundo substancial, del universo inmóvil.
De este sol, el oro terrestre extrae su substancia y su color; el hombre, la luz de su conocimiento.
El lenguaje reencontrado de la verdad, nada nuevo tiene que ofrecer. Solamente despierta el recuerdo en la memoria del hombre que ora.
¿Sientes tú acaso despertar al más antiguo de tus recuerdos?
Yo aquí te revelo los orígenes sagrados de tu amor por el oro.
La locura sopló siete veces sobre el candelabro de oro del conocimiento.
Los vocablos del lenguaje de los Aaronitas son profanados por los niños mentirosos y los poetas ignorantes.
Y el oro del candelabro, asido por las tinieblas de la ignorancia, se ha tornado en el padre de la negación, del robo, del adulterio y de la masacre.
Esta es la clave de los dos mundos de la luz y de las tinieblas. ¡Oh, compañero de servicio!
Por el amor de esta hora soleada de nuestras noches,
por la seguridad de este secreto entre tú y yo,
sóplame la palabra envuelta de sol, la palabra grávida de cólera de este peligroso tiempo.
¡Te he nombrado! Hete ahí en el rayo delantero, en el seno de la nube cuajada, mudo como el plomo,
en el brinco y el soplo de la masa de fuego,
en la aparición del espíritu virginal del oro,
en el tránsito del óvalo a la esfera,
en la pausa maravillosa y en el santo descendimiento, cuando miras al hombre de hito en hito,
en la inmovilidad de la nube infinita, en la inmovilidad de una sola plegaria, obra de los orfebres del Reino,
en el retorno a la desolación vinculada con el Tiempo,
en el cuchicheo de compasión que la acompaña.

O.W. de L. Milosz, Szetejnie, 1911- Cracovia, 2004
de El Cántico del Conocimiento, Ensayo de traducción de Lysandro Z. D. Galtier, Ediciones Santo y Seña, 1951
imagen de Viktor Safonkin©, en Uno de los nuestros

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