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como en un aleph


Todas y cada una

Todas y cada una de las ventanas de esta ciudad
son otras tantas perspectivas: a menos que entremos
en los detalles, no entraremos en historia, tal vez.
Me he sentado aquí, a unos ciento veinte metros de mi casa,
a afilar el mismo clavo; pongo empeño, no me duermo.
Pasan ladrones, gente de trabajo, un hombre se cae, lo asisten.
Como una escena en la televisión, lo he visto caer
en el rectángulo de la vidriera.
Extraña situación, puesto que algunos siguen su charla,
otros hablan por teléfonos celulares, alguien llama a la ambulancia.
Mientras me instales a sólo un centenar de metros de mi casa
no avanzaré mucho con el hilo de Ariadna. Y sin embargo
he estado, en ese minuto, en varios sitios a la vez, como en un aleph.
Si me dejaran los detalles, si no cayeran hombres desde el cielo,
si todo tomara otro rumbo en algunos sectores de la realidad,
en tanto en otros se mantiene el ritmo, entonces podría comprender.
Pero la ciudad como instancia colectiva
en la que se realizan intercambios,
se suda, se lleva a cabo una vida planetaria y comprensible,
incluye los accidentes. Para eso, los bomberos, las ambulancias.
Mi vida, la que se empeña en los detalles, no está fuera de programa.
La vida propia es una vida abstracta.
Entre el agujero en el que se raspa
en busca de revelaciones, y aquellas altas ramas movidas por el aire
no existe la menor correspondencia. Claro está, Baudelaire:
nos rodean símbolos familiares. Esos símbolos son, ¿cómo te diría?,
extremadamente familiares; señales de tránsito, semáforos, bocinas.
Un bosque de símbolos completamente familiares. Las caras son
símbolos familiares. Las carteleras son símbolos familiares.
Pero si salimos de ese tejido en el que nos movemos, familiares,
nos encontramos una gramática nueva y extraña.
Mirá ese árbol, Baudelaire: fuera de esta foresta, mueve sus ramas
como si estuviera en la gran orquesta del bosque o la pampa.
Porque el viento mueve los árboles, los papeles y los cables,
pero todo se mueve en convulsiones propias, desatentas.
Ahora te inclinás vos también a sorber tu café, Baudelaire.
Ambos bajamos las sumisas testas.
Y sin embargo apenas nos resignamos.
Sé que brilla en tus ojos afilados el diamante.
Y tu boca apretada, oblicua, es como la raya
de luz púrpura de no sé qué lejano amanecer:
amanecer de otras regiones, ígneas.
Así nos atacaran ahora con naves planetarias,
tu misterio vital, concreto, inaccesible,
mantendría el equilibrio
en esa especie de sonrisa tuya, entre sapiente y amarga,
dibujada en los templos que se creen abandonados
y donde has visto, ves ahora, las panteras de no sé qué culto cruel,
torvo, gregario, que se celebra con flores y cuchillos de obsidiana.

Jorge Aulicino, Buenos Aires,1949
en "El árbol de Baudelaire" del Libro del engaño y del desengaño, Ediciones en Danza, Buenos Aires, 2011
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