jueves, abril 28, 2011

ni aliviados ni libres


Los otros dos

Nos mudamos, por el verano, a una villa llena de ecos,
fría como el interior perlado de una concha.
Nos despertaban los cascos y cencerros de las cabras negras
de paso redoblado. Alrededor de nuestra cama, los muebles señoriales
se hundían en matices de luz verdemar y extraña.
Ni una hoja arrugada en el aire diáfano.
Soñábamos que éramos perfectos, y lo éramos.

Los muebles de patas de grifo y vetas oscuras
anclados contra las paredes desnudas y encaladas.
Tú y yo en un lugar que era para diez más—
en las habitaciones oscuras nuestros pasos se multiplicaban,
nuestras voces buscaban un sonido más profundo:
la larga mesa de nogal, las doce sillas
reflejando los intrincados gestos de otros dos.

Pesados como estatuas, con formas que no eran nuestras
representaban una pantomima en la madera pulida,
aquel cuarto sin ventanas ni puertas:
él levanta un brazo para acercarla, pero ella
rehúye el tacto: él es de hierro.
Al ver su frialdad, él aparta la mirada.
Ellos posan y sufren como en una tragedia griega.

Pálidos como la luna e implacables, él y ella
ni aliviados ni libres. Nuestro ejemplo
de ternura se hundía en su purgatorio
como un planeta, una roca, tragado por la oscuridad,
sin dejar huellas estelares, sin causar ondas.
A la noche, los abandonábamos en su lugar desierto.
Las luces apagadas nos acechaban, envidiosos e insomnes.

Soñábamos con sus discusiones, sus voces angustiadas.
Nosotros podíamos abrazarnos, pero esos dos jamás lo hacían,
diferentes a nosotros, llegaban a un rígido punto muerto,
agobiados de tal modo que parecíamos más ligeros—
nosotros los espectros, y ellos, carne y hueso;
como si por encima de la ruina del amor, fuéramos
el cielo con el que ellos soñaban, desesperados.

Sylvia Plath, Boston, 1932- Primrose Hill, 1963
Versión© Silvia Camerotto
El original del inglés en Sylvia Plath, Poesía Completa, Edición de Ted Hughes, Traducción y notas de Xoán Abeleira, Bartebly Editores, Madrid, 2009
Imagen: s/d

The other two

All summer we moved in a villa brimful of echos,
Cool as the pearled interior of a conch.
Bells, hooves, of the high-stipping black goats woke us.
Around our bed the baronial furniture
Foundered through levels of light seagreen and strange.
Not one leaf wrinkled in the clearing air.
We dreamed how we were perfect, and we were.

Against bare, whitewashed walls, the furniture
Anchored itself, griffin-legged and darkly grained.
Two of us in a place meant for ten more-
Our footsteps multiplied in the shadowy chambers,
Our voices fathomed a profounder sound:
The walnut banquet table, the twelve chairs
Mirrored the intricate gestures of two others.

Heavy as a statuary, shapes not ours
Performed a dumbshow in the polished wood,
That cabinet without windows or doors:
He lifts an arm to bring her close, but she
Shies from his touch: his is an iron mood.
Seeing her freeze, he turns his face away.
They poise and grieve as in some old tragedy.

Moon-blanched and implacable, he and she
Would not be eased, released. Our each example
Of tenderness dove through their purgatory
Like a planet, a stone, swallowed in a great darkness,
Leaving no sparky track, setting up no ripple.
Nightly we left them in their desert place.
Lights out, they dogged us, sleepless and envious:

We dreamed their arguments, their stricken voices.
We might embrace, but those two never did,
Come, so unlike us, to a stiff impasse,
Burdened in such a way we seemed the lighter-
Ourselves the haunters, and they, flesh and blood;
As if, above love's ruinage, we were
The heaven those two dreamed of, in despair.

1 comentario:

Griselda García dijo...

Qué buena versión :))
Saludos,
GG

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