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convencer a los midas del intelecto



Los trabajos de Hércules

Popularizar la mula, cuyo exterior neto
expresa el principio de adaptación reducido a un mínimo:
para persuadir a aquél de gusto austero, orgulloso de su casa, y músico:
de que el piano es un campo libre para la representación; de que sus "encantadoras notas de renacuajo"
pertenecen al pasado cuando uno tenía tiempo para tocarlas:
convencer a esos Midas autodidactas del intelecto
cuya ignorancia de catorce quilates aspira a incrementar su valor,
“hasta que el cielo sea el límite”
la conducta excesiva presagia desengaño,
que uno no debe pedir prestada una blanca y larga barba y colgársela
y amenazar al curioso casual con la guadaña de tiempo:
enseñar al bardo de selectividad demasiado elástica
que uno detecta el poder creativo por su capacidad para conquistar la propia indiferencia,
que mientras tenga más elasticidad que lógica,
sabe a dónde va;
vuela en línea recta como la electricidad,
despoblando áreas que se jactan de remotas,
para demostrar a los sumos sacerdotes de la casta
que el esnobismo es estupidez,
el mejor costado de la vieja adulación,
besa los pies del hombre superior,
patea la cara del hombre inferior;
para enseñar a los santos patronos de los ateos, al trovador sensiblero
del Coliseo espérame-a solas-a-la-luz-de-la-luna
que los escándalos por las quitas no son vida
ni tampoco apropiados para la muerte —que estaban hartos de la tierra,
hartos del chiquero, gansos salvajes y hombres salvajes;
para convencer a los controvertidos encantadores de serpientes
que una cosa es cambiar de opinión,
y otra erradicarla —que uno sabe todavía
"que el Negro no es bruto,
que el judío no es codicioso,
que el oriental no es inmoral,

que el alemán no es un huno."

Marianne Moore, Kirkwood, 1887 - New York, 1972
Versión © Silvia Camerotto
en Marianne Moore, Complete Poems, Penguin Books, New York, 1991
imagen: Antonio Tempesta, 1608, de la serie Los trabajos de Hércules

The labors of Hercules

To popularize the mule, its neat exterior
expressing the principle of accommodation reduced to a minimun:
to persuade one of austere taste, proud in the possession of home, and a musician—
that the piano is a free field for etching; that his “charming tadpole notes”
belong to the past when one had time to play them:
to persuade those self-wrought Midases of brains
whose fourteen-carat ignorance aspires to rise in value,
“till the sky is the limit”
the excessive conduct augurs disappointment,
that one must not borrow a long white beard and tie it on
and threaten with the scythe of time the casually curious:
to teach the bard with too elastic a selectiveness
that one detects creative power by its capacity to conquer one’s detachment,
that while it may have more elasticity than logic,
it knows where it is going;
it flies along in a straight line like electricity,
depopulating areas that boast of their remoteness,
to prove to the high priests of caste
that snobbishness is a stupidity,
the best side out, of age-old toadysim,
kissing the feet of the man above,
kicking the face of the man below;
to teach the patron-saints-to-atheists, the Coliseum
meet-me-alone-by-moonnlght maudlin troubadour
that kickups for catstrings are not life
not yet appropriate to death—that were sick of the earth,
sick of the pig-sty, wild geese and wild men;
to convince snake-charming controversialists
that it is one thing to change one’s mind,
another to eradicate it—that one keeps on knowing
“that the Negro is not brutal,
that the Jew is not greedy,
that the Oriental is not immoral,

that the German is not a  Hun.”

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