lunes, junio 03, 2013

un puñado memorable de versos


El viejo poeta

Quizá lo supo alguna vez: adolescente, despertando
a los tumultos de la melodía;
joven, luchando con las trampas de la palabra;
maduro, minado por la decepción y la ironía,
intuyendo en períodos extremos, la belleza
despojada de todo, aislada y alta
como el propio fracaso,
honor de la poesía.

Lo supo alguna vez: su destino era un cuarto
encadenado al triunfo del moho y las arañas,
habitación de triste hotel, desorden
de ropas arrojadas, comedero
de polillas, cárcel perfecta
para el antiguo lobo de las musas.

Si hubiera enloquecido, como Hölderlin,
pudo haber sido su vejez un éxtasis
de sí mismo,
un agua musical que completara
el orden matemático, la poética pura
que admiró a Valéry.
Pero la timidez y el orgullo le forjaron
esos últimos años, sin libros, sin amigos,
mochuelo que en la nada nocturna acostumbraba
su andar de desterrado hacia la muerte.
Alguna vez lo dijo: Yo lo quise,
preparé mi destino, logré mi libertad,
mi ironía fue dardo que ahuyentó complacencias,
la pereza, una herrumbre que detuvo mi obra.
Natural que el rencor de los otros desdeñara su canto,
el puñado de versos memorables que hirieron
de a intervalos sus días.
Y raro que hoy lo invoque (hoy que empieza a crecer
la hierba del olvido
sobre los arrasados paraísos de Orfeo),
porque también como ellos solo supe ignorarlo
aunque a veces sus versos volvían a mis noches
repitiendo su coro de belleza y de sombra
para escuchar la vida, para encender los sueños
y el corazón, señor de la miseria.
¡Poesía, triunfo errátil, no olvides a tus siervos!

Horacio Armani, Trenel, La Pampa, 1925- Buenos Aires, 2013


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