viernes, octubre 19, 2012

durante esa noche meditó el terror



Luego de las sorprendentes conversiones

Veintidós de septiembre, Señor: hoy
contesto. Hacia fin de mayo,
durante la Ascensión de Nuestro Señor, comenzó
a ser más sensible. Un caballero 
de inteligencia más que común, estricto
en la moral, piadoso en la conducta, resistióse
en contra de nuestro aguijón. Un hombre de cierta fama,
una persona de provecho, honrada en la ciudad,
provenía de padres melancólicos; propensos
a secretos arrobamientos, durante años vivieron apartados;
su tío, creo, murió de eso:
buena gente, pero de demasiada o de poca agudeza.
Un domingo prediqué sobre un texto de los Reyes;
y él demostró preocupación por su alma. Algunas cosas
de su experiencia daban esperanzas. Se sentaba
a observar el viento golpeando un árbol,
y alababa este campo que nuestro Señor ha hecho.
Una vez, cuando murió la ternera de un pobre hombre,
él dejó un chelín en el umbral; aunque la sed
de amar lo sacudía como una serpiente, no se atrevió
a abrigar demasiadas esperanzas sobre su lugar
en el cielo. Una vez lo vimos sentado hasta tarde
detrás de la ventana de su desván a la luz de una vela
que goteaba sobre su Biblia; durante esa noche
meditó el terror, y pareció estar
más allá de consejos o razones, porque soñaba
que había sido llamado para hacer sonar la trompeta del Día del Juicio
en Concord. Hacia fin de mayo
se degolló. Y aunque el juez
lo declaró loco, pronto una malsana excitación 
paralizó nuestra aldea. A la señal de Jehová
Satán pareció haberse desatado más entre nosotros: Dios 
nos abandonó a Satán, y él nos acosó duramente
hasta que pensamos que no podríamos tener tregua
si no terminábamos con la vida. La tranquilidad había desaparecido.
Todo el buen trabajo quedó anulado. Estábamos deshechos.
El hálito de Dios, con un planeado
y sensato designio, se había retirado de esta tierra;
la multitud, una vez indiferente a las dudas,
una vez ni insensible ni curiosa ni devota,
brincaba en pleno mediodía, como si cualquier buhonero
gimiese con su dejo familiar: "Amigo,
degüéllate. Degüéllate. ¡Ahora! ¡Ahora!".
Veintidos de septiembre, Señor, la rama
cruje por las manzanas no recogidas, y al amanecer
la perca de la boca pequeña salta en el agua, atiborrada de huevas.

Robert Lowell,  Boston, 1917- New York, 1977
en Poemas de Robert Lowell, versión prólogo y notas por Alberto Girri, Sudamericana, Buenos Aires, 1969
imagen de Tommy Ingberg© – Rage, en Uno de los nuestros



After the surprising conversions

September twenty-second, Sir: today 
I answer. In the latter part of May, 
Hard on our Lord’s Ascension, it began 
To be more sensible. A gentleman 
Of more than common understanding, strict 
In morals, pious in behavior, kicked 
Against our goad. A man of some renown, 
An useful, honored person in the town, 
He came of melancholy parents; prone 
To secret spells, for years they kept alone— 
His uncle, I believe, was killed of it: 
Good people, but of too much or little wit. 
I preached one Sabbath on a text from Kings; 
He showed concernment for his soul. Some things 
In his experience were hopeful. He 
Would sit and watch the wind knocking a tree 
And praise this countryside our Lord has made. 
Once when a poor man’s heifer died, he laid 
A shilling on the doorsill; though a thirst 
For loving shook him like a snake, he durst 
Not entertain much hope of his estate 
In heaven. Once we saw him sitting late 
Behind his attic window by a light 
That guttered on his Bible; through that night 
He meditated terror, and he seemed 
Beyond advice or reason, for he dreamed 
That he was called to trumpet Judgment Day 
To Concord. In the latter part of May 
He cut his throat. And though the coroner 
Judged him delirious, soon a noisome stir 
Palsied our village. At Jehovah’s nod 
Satan seemed more let loose amongst us: God 
Abandoned us to Satan, and he pressed 
Us hard, until we thought we could not rest 
Till we had done with life. Content was gone. 
All the good work was quashed. We were undone. 
The breath of God had carried out a planned 
And sensible withdrawal from this land; 
The multitude, once unconcerned with doubt, 
Once neither callous, curious nor devout, 
Jumped at broad noon, as though some peddler groaned 
At it in its familiar twang: “My friend, 
Cut your own throat. Cut your own throat. Now! Now!” 
September twenty-second, Sir, the bough 
Cracks with the unpicked apples, and at dawn 
The small-mouth bass breaks water, gorged with spawn. 

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