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descarada y arrogante






Ella Mason y sus once gatos

La vieja Ella Mason tiene al menos once gatos,
en su destartalada casa de Somerset Terrace;
al observar la guarida de nuestra vecina,
la gente se pregunta,
y dice: “Algo raro debe haber en una mujer 
que cobija tantos gatos”.

Borracha y de cara roja como una sandía, su voz
ahora jadeante y en declive, 
sin razón aparente 
Ella Mason es anfitriona de Tabby… Tom y el resto
con nata y menudos de pollo complace los paladares
de gatos melindrosos.

Los chismes del pueblo cuentan que en los viejos tiempos
ella se pavoneaba, arrogante y descarada,
una belleza muy chic,
que mataba a los dandis con sus ojos esmeralda;
hoy, es una solterona entrada en carnes, cuya puerta está cerrada
para todos, con excepción de los gatos.

Cuando niños, una vez espiamos a Miss Mason
cabeceando en su cocina cubierta de platos.
En tapetes
sobre la mesa, en alacenas, gatos insolentes apoltronados,
un único ronco  ronroneo surgiendo de sus gargantas peludas:
¡escandalosos gatos!

A codazos y entre risas, listos para salir corriendo,
escudriñamos curiosos a través de las telarañas de la puerta
directo a las miradas amarillas
de los gatos guardianes agazapados alrededor de su ídolo,
mientras Ella dormitaba bigotuda, con cara reluciente, y astuta mente:
la esfinge, reina de los gatos.

‘¡Mira! allá va ella, ¡la señora-gato Mason!’
Riendo con disimulo mientras arrastraba sus pies por Somerset Terrace
hacia el mercado, a buscar la leche,
más gigantesca y desaliñada cada vez;
‘Miss Ella se ha vuelto loca por andar mezclándose
con once gatos’.


Pero ahora que el tiempo nos volvió indulgentes, vemos a Miss Mason
guiñando sus ojos verdes y solitaria
ante las chicas que se casan—
recatadas, dóciles, sin que hagan falta lecciones
que las vanidosas zorras encaprichadas evidencien en noches de boda,
malditas como gatas salvajes.

1956

Sylvia Plath, Boston, Massachusetts, 1932, Londres, 1963
Version © Silvia Camerotto
Imagen de Scott G Brooks©, Natural Beauty, en Uno de los nuestros 

Ella Mason and her eleven cats

Old Ella Mason keeps cats, eleven at last count,
In her ramshackle house off Somerset Terrace;
People make queries
On seeing our neighbor's cat-haunt,
Saying: ‘Something's addled in a woman who accommodates
That many cats.’

Rum and red-faced as a water-melon, her voice
Long gone to wheeze and seed, Ella Mason
For no good reason
Plays hostess to Tabby, Tom and increase,
With cream and chicken-gut feasting the palates
Of  finical cats.

Village stories go that in olden days
Ella flounced about, minx-thin and haughty,
A fashionable beauty,
Slaying the dandies with her emerald eyes;
Now, run to fat, she's a spinster whose door shuts
On all but cats.

Once we children sneaked over to spy Miss Mason
Napping in her kitchen paved with saucers.
On antimacassars
Table-top, cupboard shelf, cats lounged brazen,
One gruff-timbred purr rolling from furred throats:
Such stentorian cats!

With poke and giggle, ready to skedaddle,
We peered agog through the cobwebbed door
Straight into yellow glare
Of guardian cats crouched round their idol,
While Ella drowsed whiskered with sleek face, sly wits:
Sphinx-queen of cats.

‘Look! there she goes, Cat-Lady Mason!’
We snickered as she shambled down Somerset Terrace
To market for her dearies,
More mammoth and blowsy with every season;
‘Miss Ella's got loony from keeping in cahoots
With eleven cats.’

But now turned kinder with time, we mark Miss Mason
Blinking green-eyed and solitary
At girls who marry—
Demure ones, lithe ones, needing no lesson
That vain jades sulk single down bridal nights,
Accurst as wild-cats.

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