martes, abril 14, 2015

las pértigas tocan fondo



La gran nube

El hombre ha trabajado durante años para poner sus sueños en orden. Vean el resultado.
Una vez que una idea como la del momento preciso es dilucidada
debe desaparecer o expandirse. La descomposición, bajo el viejo árbol, es visible.
Es por eso que los tutoramos, tratando de ponerlos contra la pared,
aunque está decretado que lo amigable
que se amontona para estar con nosotros, en parte, para ser nosotros
debe continuar para que ellos y nosotros florezcamos:
las solícitas plumas una vez separadas,
el objeto de nuestra visión, la hierba, simplemente está ahí
como un florero vacío en un alféizar.

Y un nuevo sueño nos involucra aun más
en esa proximidad. Sí, sé que
había  praderas de tulipanes y hojas puntiagudas
para ocultarnos los unos de los otros, lo que todos pretendíamos,
y un anuncio en contra de la atmósfera imperturbable de la habitación
para todos los que pertenecían o no a ella.

Parece que finalmente se disgregaron.
No queda ni un espécimen a mano.
Y llaman a esto paz, vivir nuestras vidas, y etcétera.
¿Señalar como culpable -oh, sin duda-, a nadie?
Cada sistema se muestra a sí mismo en una serie de instancias.
Las pértigas tocan fondo,
descubriendo que el lodo del río es bueno para ellas, un sentimiento solidario,
encuentros que acontecen bajo arcadas grotescamente sobre dimensionadas,
las últimas palabras son dichas, y el primer amor
asciende a ese estado incomparable verdaderamente majestuoso.

Las cartas desparramadas por el piso,
cantando la gozosa canción de cómo nadie nunca iba a leerlas.
Árboles y glicinas rosadas y hundidas en la brisa,
y la risa danzando en los campos sombríos más allá de la escuela:
era la existencia otra vez con toda su tensión,
gastando la broma adolescente , sus imágenes
burlándose de nuestra idea de fragilidad con su monumental permanencia.
Pero la vida nunca volvió a ser la misma. Algo fallo,
algo se despareció.

John Ashbery, Rochester, 1927
en Notes from the Air, Selected Later Poems, HarperCollins Publishers, New York, 2007
versión ©Silvia Camerotto
imagen de Dave Cutler en The Return of Modern Philosopher

The Big Cloud

For ages man has labored to put his dreams in order. Look at the result.
Once an idea like the correct time is elucidated
It must fade or spread. Decay, under the old tree, is noted.
That’s why we frame them, try to keep them on the wall,
Though it is decreed that the companionable
Trooping down to be with us, to partly become us
Must continue for them and us to flourish:
The obliging feathers, once parted,
The object of our sight, grass, just sits there
Like an empty flowerpot on a windowsill.

And a new dream gets us involved further
In that closeness. Yes, I know there
Were sheets of tulips and pointed leaves
To screen us from each other, what we were all about,
And an announcement made against the lukewarm atmosphere of the room
To all that did or did not belong in it.

Finally, it seems, they have scattered.
Not one specimen was actually available.
And they call this peace, living our lives, and so on.
To point the finger of blame — ah, surely, at no one?
Each system trickles out into its set number of instances.
Poles strike bottom,
Finding the river sludge good to them, a companionable feeling.
Meetings occur under grossly overscaled arcades,
Last words are uttered, and first love,
Ascends to its truly majestic position unimpaired.

Letters were strewn across the floor,
Singing the joyful song of how no one was ever going to read them,
Trees and wisteria rose and sank in the breeze,
And laughter danced in the dim fields beyond the schoolhouse:
It was existence again in all its tautness,
Playing its adolescent joke, its pictures
Teasing our notion of fragility with their monumental permanence.
But life was never the same again.  Something faltered,
Something went away.


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