lunes, enero 05, 2015

en la hora incierta



Little Gidding (1)

I

La primavera en pleno invierno es una estación en sí
sempiterna aunque insípida hacia el ocaso,
suspendida en el tiempo, entre el polo y el trópico.
cuando el día corto brilla más en escarcha  y fuego,
el sol temporario enciende el hielo de estanques y  zanjas,
del frío sin viento, que es el calor del corazón,
reflejado en un espejo de agua
un resplandor que es ceguera al comenzar la tarde.
Y un brillo más intenso que una llamarada de ramas o braseros,
agita el espíritu torpe: no viento, sino fuego pentecostés
en la hora oscura del año. Entre el deshielo y el congelamiento
se estremece la savia del alma. No hay olor a tierra
ni olor a vida. Este es el tiempo de primavera
pero no según la convención del tiempo. El seto ahora
es blanco por una hora con el florecer transitorio
de la nieve, un florecer más repentino
que el del verano, sin brotar ni marchitarse,
no en el esquema de la reproducción.
¿Dónde está el verano, el inimaginable verano absoluto?

Si vinieras por acá,
tomando la ruta que probablemente tomarías
desde el lugar de donde probablemente vendrías,
si vinieras por acá en mayo, encontrarías los setos
blancos otra vez, en mayo, con dulzura hedonista.
Sería igual al final del viaje,
si vinieras de noche como un rey derrotado,
si vinieras de día sin saber a por qué has venido,
sería igual cuando abandonaras el camino duro
y dieras la vuelta desde el chiquero hacia la fachada anodina
y la lápida. Y aquello por lo que creíste que venías
es solo una concha, una cáscara de sentido
cuyo propósito se rompe solo cuando se cumple
si se cumple. O no tenías propósito
o el propósito está por debajo del fin que imaginabas
y cambia al cumplirse. Hay otros lugares
que son también el fin de mundo, algunos en las fauces del mar,
o sobre un lago oscuro, en un desierto o una ciudad˗ 
pero este es el más cercano, en tiempo y lugar,
ahora y en Inglaterra.

Si vinieras por acá,
tomando cualquier ruta, empezando de cualquier lugar,
en cualquier tiempo o en cualquier estación,
siempre sería igual: tendrías que aplazar
sentido y noción. No estás aquí para verificar,
instruirte o satisfacer tu curiosidad
o presentar informes. Estás acá para arrodillarte
allí donde la oración ha sido válida. Y la oración es más
que un orden de palabras, la ocupación consciente
de la mente que ora, o el sonido de la voz orando.
Y lo que los muertos no pudieron decir, cuando vivos,
ellos pueden contarte, estando muertos: la comunicación
de los muertos es dicha con fuego detrás del lenguaje de los vivos.
Acá, la intersección del momento atemporal
es Inglaterra y ningún lugar. Nunca y siempre.

La ceniza en la manga del viejo
es la ceniza que dejan las rosas secas.
El polvo en el aire suspendido
señala el lugar donde la historia terminó.
El polvo que respiras era una casa-
las paredes, el friso y el ratón,
la muerte de la esperanza y la desesperación,
esta es la muerte del aire.

Hay inundación y sequía
en los ojos y en la boca,
agua muerta y muerta arena
luchando por el control.
El suelo reseco y acabado
boquea ante la vanidad del esfuerzo,
se ríe sin alegría.
Esta es la muerte de la tierra.

Agua y fuego alcanzan
la ciudad, la pastura y la maleza.
Agua y fuego se burlan
del sacrificio que denegamos.
Agua y fuego pudrirán
los cimientos dañados que olvidamos,
del santuario y el coro.
Esta es la muerte del agua y el fuego.

En la hora incierta antes de la mañana
cerca del fin de la interminable noche
en el recurrente final de lo infinito
después de que la paloma oscura de lengua vacilante
ha pasado debajo de su horizonte migratorio
mientras que las hojas muertas aun crujen como latas
sobre el asfalto donde no había otro sonido
entre los tres distritos desde donde el humo salía
encontré a alguien caminando, sin rumbo y apurado
como si hubiera volado hacia mí como las hojas de metal
sin resistirse ante el viento urbano del amanecer.
Y mientras me detenía en el rostro abatido
con esa mirada increpante con que desafiamos
al extraño que conocimos en el anochecer que se acaba
descubrí la mirada súbita de algún maestro muerto
que conocí, olvidé, recordé
a uno y a muchos; en las facciones bronceadas
los ojos de un fantasma familiar y complejo
íntimo e inidentificable.
Asumí entonces un doble papel, y lloré
y oí el llanto de otra voz: "¡Cómo! ¿Estás aquí?"
Aunque no estábamos. Era todavía el mismo,
conociéndome pese a ser otro-
y él un rostro aun formándose; pero las palabras alcanzaron
para forzar el reconocimiento que antecedieron.
Y así, obedientes al viento habitual,
demasiado extraños uno al otro para no comprendernos,
en concordancia en esta intersección del tiempo
de encontrarnos en ningún lugar, ni antes ni después,
anduvimos el pavimento en ronda de muerte.
Dije: "El asombro que siento es simple,
aunque simple es la causa de asombro. Entonces, habla:
puedo no comprender, puedo no recordar".
Y él: "No estoy ansioso de ensayar
mis pensamientos y mi teoría que has olvidado.
Estas cosas han servido su propósito: déjalas ser.
Haz lo propio, y ruega que sean perdonadas
por otros, como te ruego perdones
lo malo y lo bueno. Se ha comido la fruta de la última estación
y la bestia llena pateará el cubo vacío.
Porque las palabras del año pasado pertenecen al lenguaje del año pasado
y las palabras del año próximo esperan otra voz.
Pero como el paso no presenta obstáculos
para el espíritu inquieto y peregrino
entre dos mundos que se han vuelto parecidos,
así encuentro palabras que jamás pensé diría
en calles a las que jamás pensé volvería
cuando dejé mi cuerpo en una playa lejana.
Ya que nuestra preocupación era la lengua, y la lengua nos obligaba
a purificar el dialecto de la tribu
e instaba a la mente a revisar  y presagiar,
Déjame revelar los dones reservados a la vejez
para coronar el esfuerzo de tu vida entera.
Primero, la helada fricción del sentido que expira
sin magia, que no promete
sino el amargo sinsabor del fruto sombrío
cuando cuerpo y alma comienzan a separarse.
Segundo, la impotencia consciente de la rabia
ante la estupidez humana, y la laceración
de la risa ante lo que ya no nos divierte.
Y por último, el desgarrador dolor de re-crear
todo lo que has hecho, y sido; la vergüenza
de las cosas mal hechas y hechas para dañar a otros
que una vez creíste ejercicio de la virtud.
Porque la aprobación de los necios pica y el honor mancha.
De mal en mal el espíritu exasperado
anda, a menos que sea restaurado por ese fuego purificador
donde debes moverte con cuidado, como un bailarín".
El día estaba empezando. En la calle desfigurada
me dejó, con una especie de discurso de despedida,
y desapareció al sonar la trompeta.

T. S. Eliot, St. Louis, 1888- Kensington, 1965
De The Four Quartets,  Faber and Faber, Londres, 1944
Versión © Silvia Camerotto
Imagen s/d



II

Little Gidding
I
Midwinter spring is its own season
Sempiternal though sodden towards sundown,
Suspended in time, between pole and tropic.
When the short day is brightest, with frost and fire,
The brief sun flames the ice, on pond and ditches,
In windless cold that is the heart's heat,
Reflecting in a watery mirror
A glare that is blindness in the early afternoon.
And glow more intense than blaze of branch, or brazier,
Stirs the dumb spirit: no wind, but pentecostal fire
In the dark time of the year. Between melting and freezing
The soul's sap quivers. There is no earth smell
Or smell of living thing. This is the spring time
But not in time's covenant. Now the hedgerow
Is blanched for an hour with transitory blossom
Of snow, a bloom more sudden
Than that of summer, neither budding nor fading,
Not in the scheme of generation.
Where is the summer, the unimaginable Zero summer?
If you came this way,
Taking the route you would be likely to take
From the place you would be likely to come from,
If you came this way in may time, you would find the hedges
White again, in May, with voluptuary sweetness.
It would be the same at the end of the journey,
If you came at night like a broken king,
If you came by day not knowing what you came for,
It would be the same, when you leave the rough road
And turn behind the pig-sty to the dull facade
And the tombstone. And what you thought you came for
Is only a shell, a husk of meaning
From which the purpose breaks only when it is fulfilled
If at all. Either you had no purpose
Or the purpose is beyond the end you figured
And is altered in fulfilment. There are other places
Which also are the world's end, some at the sea jaws,
Or over a dark lake, in a desert or a city˗
But this is the nearest, in place and time,
Now and in England.
If you came this way,
Taking any route, starting from anywhere,
At any time or at any season,
It would always be the same: you would have to put off
Sense and notion. You are not here to verify,
Instruct yourself, or inform curiosity
Or carry report. You are here to kneel
Where prayer has been valid. And prayer is more
Than an order of words, the conscious occupation
Of the praying mind, or the sound of the voice praying.
And what the dead had no speech for, when living,
They can tell you, being dead: the communication
Of the dead is tongued with fire beyond the language of the living.
Here, the intersection of the timeless moment
Is England and nowhere. Never and always.

II
Ash on an old man's sleeve
Is all the ash the burnt roses leave.
Dust in the air suspended
Marks the place where a story ended.
Dust inbreathed was a house-
The walls, the wainscot and the mouse,
The death of hope and despair,
This is the death of air.
There are flood and drouth
Over the eyes and in the mouth,
Dead water and dead sand
Contending for the upper hand.
The parched eviscerate soil
Gapes at the vanity of toil,
Laughs without mirth.
This is the death of earth.

Water and fire succeed
The town, the pasture and the weed.
Water and fire deride
The sacrifice that we denied.
Water and fire shall rot
The marred foundations we forgot,
Of sanctuary and choir.
This is the death of water and fire.

In the uncertain hour before the morning
Near the ending of interminable night
At the recurrent end of the unending
After the dark dove with the flickering tongue
Had passed below the horizon of his homing
While the dead leaves still rattled on like tin
Over the asphalt where no other sound was
Between three districts whence the smoke arose
I met one walking, loitering and hurried
As if blown towards me like the metal leaves
Before the urban dawn wind unresisting.

And as I fixed upon the down-turned face
That pointed scrutiny with which we challenge
The first-met stranger in the waning dusk
I caught the sudden look of some dead master
Whom I had known, forgotten, half recalled
Both one and many; in the brown baked features
The eyes of a familiar compound ghost
Both intimate and unidentifiable.
So I assumed a double part, and cried
And heard another's voice cry: "What! are you here?"

Although we were not. I was still the same,
Knowing myself yet being someone other-
And he a face still forming; yet the words sufficed
To compel the recognition they preceded.

And so, compliant to the common wind,
Too strange to each other for misunderstanding,
In concord at this intersection time
Of meeting nowhere, no before and after,
We trod the pavement in a dead patrol.
 I said: "The wonder that I feel is easy,
Yet ease is cause of wonder. Therefore speak:
I may not comprehend, may not remember."
And he: "I am not eager to rehearse
My thoughts and theory which you have forgotten.
These things have served their purpose: let them be.
So with your own, and pray they be forgiven
By others, as I pray you to forgive
Both bad and good. Last season's fruit is eaten
And the fullfed beast shall kick the empty pail.
For last year's words belong to last year's language
And next year's words await another voice.
But, as the passage now presents no hindrance
To the spirit unappeased and peregrine
Between two worlds become much like each other,
So I find words I never thought to speak
In streets I never thought I should revisit

When I left my body on a distant shore.
Since our concern was speech, and speech impelled us
To purify the dialect of the tribe
And urge the mind to aftersight and foresight,

Let me disclose the gifts reserved for age
To set a crown upon your lifetime's effort.

First, the cold fricton of expiring sense
Without enchantment, offering no promise

But bitter tastelessness of shadow fruit
As body and sould begin to fall asunder.
Second, the conscious impotence of rage
At human folly, and the laceration
Of laughter at what ceases to amuse.

And last, the rending pain of re-enactment
Of all that you have done, and been; the shame
Of things ill done and done to others' harm
Which once you took for exercise of virtue.
Then fools' approval stings, and honour stains.
From wrong to wrong the exasperated spirit
Proceeds, unless restored by that refining fire
Where you must move in measure, like a dancer."
The day was breaking. In the disfigured street
He left me, with a kind of valediction,
And faded on the blowing of the horn.



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