lunes, septiembre 12, 2011

un día sin respiraderos


13

Por lo bajo te fue revelado un incidente de disparos
en una pizzería. No usaban grandes pistolas, tal vez revólveres.
Las balas, sin precisión, horadaron la pared, reventaron un vidrio,
dieron en un cuerpo. Momentos antes apuraban la pizza,
se atragantaban de recelos, mascullaban; bebían rápido
vino blanco, dulzón, y coca cola: el gas se había aplacado
en los vasos. Al voltear una mesa, tal vez volaron papeles
aceitosos, las botellas, un paquete de cigarrillos arrugado.
Deben de haber ululado sirenas en una tarde cuya densidad
no pudo ser perforada. Sin detalles accidentales, sol o vetas
en alguna rama de plátano. Un día sin respiraderos, sin salida,
sin escaleras, sin muchedumbre, con el solo paso tarde de gente
vestida con ropas percudidas, obreros, muchachos de oficina;
sin trampa, sin perspectiva, sin horizonte, gris o apenas brillosa,
con el brillo escaso y aplastante de lo funcional, electrodoméstico.

18

(Apocalipsis)

Aún crees que será como una pintura del siglo XIX, no como
el diablo trepidando mientras parte la calle con un
martillo neumático; no como los ojos desiertos de nuestro
Señor; no como astillas de edificios purulentas.
Crees, aún, que será el albor del ángel sobre las aguas.
Y la luna y el sol rojos flotando sobre acantilados
en los que los hombres elevan preces; no como
las paredes vivas y cubiertas de mugre activa.
Finalmente, han reabierto la panadería, y es un lugar agradable,
duro en cierto modo, fragante a medialunas y café:
duro, pues es material, fregado, ligeramente ahumado.
No, no llegará la sangre al río, no lo esperes así no más,
dice el cajero, limpio, de generosa faz.
Y no medialuna: dice croissant.
Lo pronuncia de manera aceptable.
Sírvete, esta es mi sangre.

Jorge Aulicino, Buenos Aires, 1949
de Libro del engaño y del desengaño, Ediciones en Danza, Buenos Aires, 2011
Imagen obtenida de Fumar puede matar

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