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Poema

Finalmente supimos que la paz era una metáfora de la ausencia.
Que las palabras no dejarían de cruzarse sobre los cuerpos
cuando el amor estableciera sus colonias. Los libros,
portadas de la inmensa noche,
traducción del magro río de la vida en su cauce solitario,
acompañando las mismas palabras: dejar dicho
"Trabajo, trabajo", mi pequeño arte reducido a mutilaciones,
trozos del tiempo arrebatados a la idea de eternidad,
no la eternidad, las marcas de la antigua pintura en la oscura tela
sobre estas nuevas e incesantes creaciones.
¿Qué otra pacífica vida sino el fuego? ¿Qué otra vida?
Tras los vidrios hay quienes luchan por óperas descifrabels,
otra dicta la forma y el contenido, otro,
uno mismo en la misma noche, repite incesantemente
la lujuriosa victoria de estar vivo y proseguir.
¿Por qué temer a demasiadas palabras?
¿Temer el arte de la vida?
¿Por qué temer enfrentarse a un ser imperfecto
y a su lucha contra los topos uranos de la mente
a pie descalzo bajo todos los soles invisibles
si está ahí y sus blasfemias
son su vida, y no el final de un libro de vanas ciencias?
Siempre la forma bajo su arte de reliquias piadosas
siempre la tarea de ir abriendo las ramas
hasta la savia central que canta ¿y qué
si nadie nadie? ¿y cuánto bajo qué leyes del monte de piedad más absurdo?
Cisnes y blancas formaciones,
emblemas de fascinación: perros callejeros de disfraz sublime
atados a lo que aparece y desaparece
antes que el ojo pueda fijar su sentencia.
Porque si esta vida se acaba, si se rompen los vasos delirantes del inextinguible sabor
ninguna ley reverá sus causas, ninguna cadena se romperá hace mucho tiempo
y solo y perdido seré el errante que por eternidades se lamenta
y golpearé vanamente las puertas de los crueles cerrojos
y cruel como la impotencia
contaré mi paso, mis pasos,
los únicos testigos de la vida que permanece y es eterna
pero que ya no tendrá ninguna importancia.

víctor redondo

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