viernes, noviembre 20, 2015

john ashbery. mi filosofía de vida



Mi filosofía de vida

Justo cuando pensaba que no había ya lugar
en mi cabeza para otro pensamiento, se me ocurrió esta gran idea-
llámenlo una filosofía de vida, si les parece. Resumiendo,
consistía en vivir como viven los filósofos,
de acuerdo con una serie de principios. Bien, pero ¿cuáles?

Esta era la parte más difícil, lo admito, pero tenía una
especie de oscura precognición de cómo sería.
Todo, desde comer sandía o ir al baño
o simplemente estar parado en el andén del subte, absorto en el pensamiento
por unos minutos, o preocupado porque las selvas tropicales
fueran afectadas, o más precisamente, influenciadas
por mi nueva actitud. No sería moralista
ni me preocuparía por niños y viejos, excepto
por las generalidades recetadas por nuestro reloj universal.
En cambio, dejaría que las cosas sean lo que son
al tiempo que las inyectaba con el suero del nuevo clima moral
con el que  creí haber tropezado, como cuando un extraño
empuja un panel y la biblioteca se mueve,
descubriendo una escalera caracol con una luz verdosa
que llega desde abajo, y automáticamente se mete
y la biblioteca se cierra, como suele ocurrir en esas ocasiones.
De inmediato una fragancia lo arrolla –ni azafrán, ni lavanda,
sino algo entre ambos. Él piensa en almohadones, como donde  
el bull terrier Boston de su tío solía echarse y observarlo
socarronamente, con la punta de sus orejas dobladas. Y después la gran urgencia
comienza. Ni una idea sale de allí. Es suficiente
para que fastidie  pensar. Pero de pronto recuerdas algo que William James
escribió en uno de sus libros que jamás leíste –estaba bien, tenía la calidad,
el polvo de la vida cubriéndolo, por casualidad, claro está, pero aun buscando
la evidencia de huellas digitales. Alguien lo había manipulado
incluso antes de que lo formulara, aunque el pensamiento fuera suyo y solo suyo.

En verano, es bueno ir a la costa.
Hay muchas excursiones breves para hacer,
un monte de jóvenes álamos le da la bienvenida al viajero. Cerca de allí
están los baños públicos donde los aburridos peregrinos han tallado
sus nombres y direcciones, y quizás mensajes también,
mensajes para el mundo, mientras se sentaban
y pensaban en lo que harían después de usar el baño,
y de lavar sus manos en la pileta, antes de salir
al aire libre nuevamente. ¿Habrán sido persuadidos por los principios
y eran sus palabras filosofía, sin importar cuán crudas fueran?
Confieso que no puedo avanzar más en este tren de pensamiento-
algo lo está bloqueando. Algo que no
tengo la grandeza suficiente para ver. O tal vez estoy en verdad aterrado.
¿Qué tiene de malo cómo actuaba antes?
Pero tal vez pueda llegar a un acuerdo –dejaré que
las cosas sean lo que son, casi. En el otoño juntaré mermeladas
y conservas, contra el frío y la futilidad del invierno,
y eso será algo humano, e inteligente también.
No me avergonzaré de los comentarios tontos de mis amigos,
ni de los míos, aunque debo admitir que esto es lo más difícil,
como cuando estás en un teatro lleno y algo que dices
irrita al espectador que tienes adelante tuyo, al que ni siquiera le gusta la idea
de dos personas cerca suyo hablando entre ellas. Bueno, hay
que desalojarlo para que los cazadores lo castiguen-
esto funciona en ambas direcciones, ya sabes. No puedes preocuparte
siempre por los demás, y concentrarte en ti
al mismo tiempo. Eso sería abusivo, y tan divertido
como ir a la boda de dos personas que no conoces.
Aun así, hay mucho para divertirse en los blancos entre ideas.
¡Para eso fueron hechos! Ahora quiero que salgas
y te diviertas, y sí, disfruta de su filosofía de vida, también.
No aparecen todos los días. ¡Mira! Allí hay una grande…

 John Ashbery, Rochester, 1927
versión © Silvia Camerotto
 imagen: Collage de John Ashbery


My Philosophy of Life

Just when I thought there wasn't room enough
for another thought in my head, I had this great idea-
call it a philosophy of life, if you will. Briefly,
it involved living the way philosophers live,
according to a set of principles. OK, but which ones?


That was the hardest part, I admit, but I had a
kind of dark foreknowledge of what it would be like.
Everything, from eating watermelon or going to the bathroom
or just standing on a subway platform, lost in thought
for a few minutes, or worrying about rain forests,
would be affected, or more precisely, inflected
by my new attitude. I wouldn't be preachy,
or worry about children and old people, except
in the general way prescribed by our clockwork universe.
Instead I'd sort of let things be what they are
while injecting them with the serum of the new moral climate
I thought I'd stumbled into, as a stranger
accidentally presses against a panel and a bookcase slides back,

revealing a winding staircase with greenish light
somewhere down below, and he automatically steps inside
and the bookcase slides shut, as is customary on such occasions.

At once a fragrance overwhelms him -not saffron, not lavender,
but something in between. He thinks of cushions, like the one
his uncle's Boston bull terrier used to lie on watching him
quizzically, pointed ear-tips folded over. And then the great rush
is on. Not a single idea emerges from it. It's enough
to disgust you with thought. But then you remember something William James
wrote in some book of his you never read -it was fine, it had the fineness,
the powder of life dusted over it, by chance, of course, yet still looking
for evidence of fingerprints. Someone had handled it
even before he formulated it, though the thought was his and his alone.



It's fine, in summer, to visit the seashore.
There are lots of little trips to be made.
A grove of fledgling aspens welcomes the traveler. Nearby
are the public toilets where weary pilgrims have carved
their names and addresses, and perhaps messages as well,
messages to the world,  as they sat
and thought about what they'd do after using the toilet
and washing their hands at the sink, prior to stepping out
into the open again. Had they been coaxed in by principles,
and were their words philosophy, of however crude a sort?
I confess I can move no farther along this train of thought-
something's blocking it. Something I'm
not big enough to see over. Or maybe I'm frankly scared.
What was the matter with how I acted before?
But maybe I can come up with a compromiso -I'll let
things be what they are, sort of. In the autumn I'll put up jellies
and preserves, against the winter cold and futility,
and that will be a human thing, and intelligent as well.
I won't be embarrassed by my friends' dumb remarks,
or even my own, though admittedly that's the hardest part,
as when you are in a crowded theater and something you say
riles the spectator in front of you, who doesn't even like the idea
of two people near him talking together. Well he's
got to be flushed out so the hunters can have a crack at him-
this thing works both ways, you know. You can't always
be worrying about others and keeping track of yourself
at the same time. That would be abusive, and about as much fun
as attending the wedding of two people you don't know.
Still, there's a lot of fun to be had in the gaps between ideas.
That's what they're made for! Now I want you to go out there
and enjoy yourself, and yes, enjoy your philosophy of life, too.
They don't come along every day. Look out! There's a big one... 






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