lunes, marzo 16, 2015

de este banco me voy



***
El pan nuestro

Se bebe el desayuno... Húmeda tierra
de cementerio huele a sangre amada.
Ciudad de invierno... La mordaz cruzada
de una carreta que arrastrar parece
una emoción de ayuno encadenada.

Se quisiera tocar todas las puertas,
y preguntar por no sé quién; y luego
ver a los pobres, y, llorando quedos,
dar pedacitos de pan fresco a todos.
Y saquear a los ricos sus viñedos
con las dos manos santas
que a un golpe de luz
volaron desclavadas de la Cruz.

¡Pestaña matinal, no os levantéis!
¡El pan nuestro de cada día dánoslo,
Señor...!

Todos mis huesos son ajenos;
¡yo tal vez los robé!
Yo vine a darme lo que acaso estuvo
asignado para otro;
y pienso que, si no hubiera nacido,
otro pobre tomara este café.
Yo soy un mal ladrón... ¿A dónde iré?

Y en esta hora fría, en que la tierra
trasciende a polvo humano y es tan triste,
quisiera yo tocar todas las puertas,
y suplicar a no sé quién, perdón,
y hacerle pedacitos de pan fresco
aquí, en el horno de mi corazón...


de Los heraldos negros, 1919



***
En el rincón aquel

En el rincón aquel, donde dormimos juntos
tantas noches, ahora me he sentado
a caminar. La cuja de los novios difuntos
fue sacada, o tal vez que habrá pasado.

Has venido temprano a otros asuntos
y ya no estás. Es el rincón
donde a tu lado, leí una noche,
entre tus tiernos puntos
un cuento de Daudet. Es el rincón
amado. No lo equivoques.

Me he puesto a recordar los días
de verano idos, tu entrar y salir,
poca y harta y pálida por los cuartos.

En esta noche pluviosa,
ya lejos de ambos dos, salto de pronto...
Son dos puertas abriéndose cerrándose,
dos puertas que al viento van y vienen
sombra a sombra.

de Trilce, 1922

***
París, Octubre 1936

De todo esto yo soy el único que parte. 
De este banco me voy, de mis calzones, 
de mi gran situación, de mis acciones, 
de mi número hendido parte a parte, 
de todo esto yo soy el único que parte. 

De los Campos Elíseos o al dar vuelta 
la extraña callejuela de la Luna, 
mi defunción se va, parte mi cuna, 
y, rodeada de gente, sola, suelta, 
mi semejanza humana dase vuelta 
y despacha sus sombras una a una. 

Y me alejo de todo, porque todo 
se queda para hacer la coartada: 
mi zapato, su ojal, también su lodo 
y hasta el doblez del codo 
de mi propia camisa abotonada.


de Poemas Humanos, 1931-1937

César Vallejo, Santiago de Chuco, 1892 -París, 1938
imagen de César Vallejo



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