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algunas mujeres permanecen



Otra mujer que amé

Esto fue amargo—la lluvia cayendo sobre nosotros,
dos madrugadores, haciendo fila afuera
de la National Portrait Gallery. Como
inundados; como en una película (¿Por qué querrías vivir allí?
preguntó mi hermano. Llueve siempre) y
como en las películas, yo tenía paraguas
y ella no, ella era linda, y yo no,
ella quería practicar su inglés que era perfecto,
comprendía su cuerpo con exactitud, y yo no.
Hice un gesto, extendí el paraguas hacia ella
y ella me tomó del brazo, esperamos juntos,
sin hablar del tiempo o de que ambos
éramos extranjeros,  sino de los olores familiares de nuestro
hogar que extrañábamos y que finalmente encontramos
aquí, o del té amargo al que no lográbamos acostumbrarnos.
Tal vez reímos y sentí su cuerpo aun más
cerca del mío. He contado esta historia
tantas veces; algunas mujeres permanecen en un hombre;
su belleza, por supuesto, era increíble
y yo no merecía ni estar cerca—su
seguridad—aunque estaba empapada.
Fue su inesperada presencia, mi brazo
era una puerta a la que se aferró y que abrió,
su mano,  la llave que encajaba perfecto ahí;
ahí era un pequeño espacio seco y la charla
que compartimos: no se alejó una vez que
estuvimos adentro sino que me esperó en un banco,
y yo no corrí a través del hall lleno de gente, digamos,
temblando con su perfume impregnado en mi camisa,
el recuerdo de su antebrazo rozando mi cadera,
bamboleándose; pero yo solo había ido allí
a mirar pinturas y escribirle a otra mujer.
Había dejado de quererme y no me
di cuenta. He postergado esto por años, pero ahora me doy
cuenta de que encontré un indicio, o me fue dado esa mañana
y tarde en el centro de Londres. Pasé
otro día con ella, escuché su voz en el teléfono
dos veces y después se fue. Hace veinte años
bebí mi té y me preocupé por ella del otro lado
de la mesa, sosteniendo mi mano y no sabíamos
que estábamos muriendo: nunca volvimos a encontrarnos aunque
planeamos pasar un fin de semana juntos—
pude haber tenido una hija o un hijo que hablara
una lengua que no comprendo, un nieto sonriente,
recién nacido y tierno, que oliera  a leche y a tibieza
en París o Dubrovnik. Algún año que otro pienso
en ella, me pregunto cómo podría encontrarla, si aun
canta o si está viva, y una vez intenté escribirle.
Es todo lo que hice. Jamás compartimos una habitación en Ljubljana,
ni nos encontramos en Venecia, ni nadamos desnudos en el Adriático.
Volví a pensar en ella esta mañana.
Todavía siento el brazo de esa mujer entre mi codo
y mi pecho. Aun confundo a ambos. Esta es otra
mujer que amé, no son tantas, pero
es solo eso, un pequeño dolor, y la idea
de cómo maduró, me endulza. Debe ser el chico que
camina conmigo por ahí y que quiere estar en otro
lado, con alguien que me desee. Le di
la mitad de mí a esa mujer porque estaba en desuso.
Me rompí en dos para evitar caer de un precipicio.
Compré esto con esos ahorros: la pera de Anjou,
una taza de café, esta mesa roja. Felicidad. La seguí
ansioso, feliz. Me gané esta memoria, aunque
pude no haber tenido lo suficiente. Debe parecer tonto.
Su hermoso rostro. Su mano apretada contra la mía.
Treinta y tres gotas de lluvia en su cabello.

Curtis Bauer, Lubbock, Texas, 1970
versión © Silvia Camerotto
imagen en ygblog4, s/d



Another Woman I Loved


   This was bitter—the rain pouring down on us,
the too early risers, waiting in line outside
the National Portrait Gallery. Flood-
like; movie-like (Why would you want to live there?
my brother asked.It's always raining) and
just like the movies, I had an umbrella
and she didn't, she had looks, and I didn't,
wanted to practice her already perfect English,
understood her body exactly, and I didn't.
I gestured, held the umbrella out to her
and she took my arm, we waited together,
not talking about the weather or both being
foreign, but the familiar smells we missed
from home and when we last caught them
here, or the bitter tea we couldn't get used to.
Maybe we laughed and I felt even more
of her body next to mine. I have told this story
so many times; some women stay with a man;
her beauty, of course, was stunning
and I didn't deserve to be near it—her
confidence—though she was sopping wet.
It was her unexpected presence, my arm
was a door she took hold of and opened,
her hand the key that fit perfectly in it;
it was the little dry space and conversation
we shared: she didn't walk away once
inside but waited for me on a bench,
and I didn't rush down a crowded hall, say,
shivering with her perfume still on my shirt,
the memory of her forearm touching my hip,
reeling; but only that I had gone there to look
at paintings and write to another woman.
She had fallen out of love with me and I didn't
see it. I've put this off for years, but now I see
I found a clue, or was given one that morning
and afternoon in central London. I would spend
another day with her, hear her voice on the phone
twice and then she left. Twenty years ago
I drank my tea and worried across the table
from her, holding my hand and we didn't know
we were dying; we never met again although
we'd planned to spend a weekend together—
I could have a daughter or son who speak
a language I don't understand, a giggling grandchild,
newborn and soft, smelling like milk and warmth
in Paris or Dubrovnik. Every other year I think
about her, wonder how I could find her, if she is still
singing or still alive, and I tried writing her once.
I did only that. We never shared a room in Ljubljana,
or met in Venice, or swam naked in the Adriatic.
I started thinking of her again this morning.
I still feel that woman's arm between my elbow
and chest. I still confuse the two. This is another
woman I loved, there aren't so many, but
it isn't only that, there's a little pain, and the thought
of her grows, sweetens. It must be the boy in
my walking around and wanting to be somewhere
else, with someone feeling desire for me. I gave
that woman half of me because it wasn't being used.
I broke myself in half to keep from falling off a cliff.
I bought this with that savings: the Anjou pear,
a cup of coffee, this red table. Happiness. I followed
her, eager, joyous. I earned this memory, though
I could have not had enough. It must sound silly.
Her beautiful face. Her hand pressed into mine.
Twenty three rain drops on her hair.

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