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sin salir del taburete



Los hombres son mejores que los pianistas

a Diego Vila, maestro de piano

Los hombres son mejores que los pianistas
porque los hombres ven en la madera
un animal de hoja con astillas
una cumbrera nacida en las verduras.
Los pianistas ven en la madera el arquetipo de un piano
una construcción que para el dios sería de piedra
y para ellos de finitos martillos y misterio.

Los hombres se enamoran de las mujeres y los 
pianistas de la música o de los bellos calderones
que dejan escapar sus pechos del escote.
La mínima razón de una mujer es lívida al
silencio de negra de frutas del amor descendido
a la líquida expresión del pentagrama.

Pero los pianistas han entrado sin saberlo en una 
tenue piedad echados a la suerte del caracol milenario
que lleva su imperio sobre una baba melódica.

Los hombres son mejores que los pianistas porque
echan sus cuerpos en bañeras comen ciervos limpian
con hilo dental el cálculo de sus probabilidades son
ternarios y beben con tal de olvidar que los pianistas
sin salir del taburete se llevan el amor de las manzanas
y de las rojas mujeres cultivadas.

Debemos cuidarnos de los pianistas mucho más que de
aquellos que escriben en la cabeza de los alfileres páginas
del Zohar. Son una amenaza para el gentío que ama las
carreras de caballos o toma sol bajo la lámpara de Schopenhauer.

Tener una hija que se casa con un pianista es perder una
costumbre del azúcar. Ellos arrebatan el almidón de las 
polleras con esos pedales de bronce
utilizan la uva de sus alientos para solfear
o hervir la luz en una partida del barroco.
Sin embargo hay enamoradas en el mundo que han entrado al
Paraíso de verlos ingresar en la alta noche escribiendo arreglos
para la gran costurera del universo.

Los hombre no quieren ser pianistas porque saben que los
pianos hunden los pisos de madera.

Los afinadores de pianos son hombres porque han renunciado
a ser pianistas y prefieren el torbellino de los cobres que leer
en el Timeo que la música es una operación del intelecto.

Los hombres poco saben de los apagadores del diagrama del
piano Cristofori. No sufren al simular un marfil con una
composición de galactita. No han perdido las uñas en
el tema variado en fa menor de Haydn.

Los pianistas no saben levantar una casa ni saben
cuál es el retroceso carnal del aguacero. Son simples
como el dedo gordo de los magos
no comen pulpo y el acordeón les da miedo.

Son también parecidos a los hombres pero no son mejores
porque cuando ellos tocan sus desvencijados pianos los
hombres inventan concursos para que desaparezcan.

Alberto Muñoz, Buenos Aires 1951
imagen de Matthew Kennedy en Matthew Kennedy

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