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me retienes ahora en el temor



Tenebrae

Estaba tan cansado que apenas si podía escuchar una nota de las canciones: se sentía atrapado en una región fría donde su cerebro estaba entumecido y su espíritu aislado.

1
Recompensa a  este ángel cuya
cara sonrojada y sedienta
se inclina ante el sacrificio
de donde surgió.
Este es el señor Eros
del dolor que no compadece
a nadie; es
Lázaro con sus llagas.

2
Y tú, quien con tu suave pero penetrante voz
me sacaste del sueño donde me hallaba perdido,
quien me mantuvo cerca de su corazón para que descansara
confiado en la oscuridad que habías elegido:
poseído por ti, elegí no tener opción,
satisfecho en ti, no busqué otra misión.
Me retienes ahora en el temor que sofoca la confianza,
en la desolación en donde mis pecados se regocijan.
Soy apasionado, entonces tú transformas mi deseo
con dolor; pareces desapasionado
entonces retrocedo ante todo lo que ganaría,
lastimándome a mí mismo con el olvido,
éxtasis falsos, que tu sostienes en la verdad
así como sostienes cada elemento de tu cruz.

3
Ven Redentor, pero no en nuestro tiempo.
Cristo Resurgido, completamente fuera de este mundo.
Ave María, gritamos; los ecos regresan.
El amor carnal es nuestra morada.

4
Oh luz de luz, deleite supremo;
gracia en nuestros labios para nuestra desgracia.
El tiempo se posa en todas esas muñecas de oro;
nuestra mezquindad es nuestro lujo.
Nuestro amor es lo que ambicionamos tener;
nuestra fe está en nuestras celebraciones.

5
Imágenes desconcertantes del dolor en el sueño,
súcubas para el natural dolor de mi corazón,
aférrense a mí, entonces; tu que no abandonarás
tu amor ni lo perderás en algún vacío temporal. 
Vienes con el permiso de su nombre todo
a decirme que eres mía. Pero no lo eres
y tampoco ella. ¿Puede mi propio aliento ser herido
por sombras jadeantes que gimen en su juego?
Sí, puede. Las mejores sociedades del infierno
lo confirman, surgidas de lo que saben:
la ira consumada reconquistada allí en su totalidad
tal como la fidelidad lo exige, golpe a golpe,
y la rectitud que imita su propia caída
revolcándose en abstinencia sensual y aflicción.

6
Este es el depósito de cenizas de la fogata de azucenas,
este es el cuestionamiento de las grandes mesas,
este es el matrimonio verdadero del ser con el ser,
esta es la furiosa soledad del deseo,
este es el coro del consentimiento obsceno,
esta es una única voz de la más pura alabanza.

7
Él hiere con éxtasis. Todas
las heridas le pertenecen.
Lleva la corona del martirio.
Él es el señor de la Anarquía.
El es el amo de los Trepadores,
las facciones heterogéneas.
Regocijándose en augurios
es el Llorón de las separaciones.

8
La música sobrevive, componiendo su propia esfera,
Ángel de tonos, Medusa, Reina del aire,
y cuando nos acercamos a ella con gritos reales
plata sobre plata, tiembla hasta congelarse.

Geoffrey Hill, Bromsgrove, 1932
en New and Collected Poems, 1952-1992. Copyright © 1994 de Geoffrey Hill. Con autorización de Houghton Mifflin Company. Todos los derechos reservados.
Versión © Silvia Camerotto
imagen de Fredrik Ödman©, The Creation Serie, en Uno de los nuestros


Tenebrae

He was so tired that he was scarcely able to hear a note of the songs: he felt imprisoned in a cold region where his brain was numb and his spirit was isolated.

1
Requite this angel whose   
flushed and thirsting face   
stoops to the sacrifice   
out of which it arose.   
This is the lord Eros
of grief who pities
no one; it is
Lazarus with his sores.

2
And you, who with your soft but searching voice   
drew me out of the sleep where I was lost,   
who held me near your heart that I might rest   
confiding in the darkness of your choice:   
possessed by you I chose to have no choice,   
fulfilled in you I sought no further quest.   
You keep me, now, in dread that quenches trust,   
in desolation where my sins rejoice.   
As I am passionate so you with pain   
turn my desire; as you seem passionless   
so I recoil from all that I would gain,   
wounding myself upon forgetfulness,   
false ecstasies, which you in truth sustain   
as you sustain each item of your cross.

3
Veni Redemptor, but not in our time.   
Christus Resurgens, quite out of this world.   
‘Ave’ we cry; the echoes are returned.   
Amor Carnalis is our dwelling-place.


O light of light, supreme delight;   
grace on our lips to our disgrace.   
Time roosts on all such golden wrists;   
our leanness is our luxury.
Our love is what we love to have;   
our faith is in our festivals.

5
Stupefying images of grief-in-dream,   
succubae to my natural grief of heart,   
cling to me, then; you who will not desert   
your love nor lose him in some blank of time.   
You come with all the licence of her name   
to tell me you are mine. But you are not   
and she is not. Can my own breath be hurt
by breathless shadows groaning in their game?   
 It can. The best societies of hell
acknowledge this, aroused by what they know:   
consummate rage recaptured there in full   
as faithfulness demands it, blow for blow,   
and rectitude that mimics its own fall   
reeling with sensual abstinence and woe.

6
This is the ash-pit of the lily-fire,
this is the questioning at the long tables,   
this is true marriage of the self-in-self,   
this is a raging solitude of desire,   
this is the chorus of obscene consent,   
this is a single voice of purest praise.

7
He wounds with ecstasy. All
the wounds are his own.
He wears the martyr’s crown.
He is the Lord of Misrule.
He is the Master of the Leaping Figures,   
the motley factions.
Revelling in auguries
he is the Weeper of the Valedictions.


Music survives, composing her own sphere,   
Angel of Tones, Medusa, Queen of the Air,   
and when we would accost her with real cries   
silver on silver thrills itself to ice.

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