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la prefiguración de lo invencible

aldo-oliva3



caza mayor


La verdad nunca tuve entera fe en los pájaros.

Quedé niño de honda en tensión testimoniando

festivales y duras conjeturas,

asedios, pedradas e iluminaciones

en el berretín de la tiniebla.


Las palabras trocadas, fuego del juego,

su constelación bajo las constelaciones,

voces altivas que confundí con el amor.


No tuve fe en los pájaros.


Antes que la estrategia azul me desolara

gemí muy hondo esquinado en la furia de mis nervios,

bajé al río a beber,

maldije la decencia,

sangré tristes criaturas de alcohol irrestañable,

construí un mundo, era de ceniza, contra el poniente lo aventé.


Cada mañana salgo de la tumba y reinicio este canto.


De De fascinatione


pies desnudos

La algazara del bar se avalancha
sobre la vereda; lleva a la salida,

los sagrados pesitos para la timba:


Voy a correr 5000 metros. El otro, un atleta,

firme, alto, flaco, como la prefiguración

de lo invencible; es, además, cauto y generoso:

me dice, «te doy 100 de ventaja». Sí, dije, y me descalcé.


Partimos; la distancia, como ascendida

de una gracia coterránea, me distiende

en una plácida corriente de dicha;

debo, pues, respirarla. Y me dije: nadie sabe

dónde está el último aliento.


Fue así. Pero a los 800 metros percibí,

casi como un leve aullido, un aliento en la nuca,

que me acosaba la tenacidad de las piernas;

pero no aún la expansión solidaria que,

como garras,

abrían la furiosa pasión ofertiva en el pecho.


Llegábamos al final (¿era un final?): no creí caer,

sentí levantarme, cuando crucé la meta,

bajos mis pies desnudos, en un sueño de leve tenuidad,

donde el otro era un hermano.



De Ese General Belgrano y otros poemas



mar de fondo

Eleva ya, mano ulterior, la visión

de un canto, que solo en el rasgar de la

áspera tiniebla, a tientas consumé.

Déjame todo el dolor, pero

también la altura primigenia

de alguna albura en mi noche:

la titilante obsesión de esa dulzura

constelada en la honda

invención de la trémula raigambre

de mi pecho;

yo, que nací mortal

tan sólo para negar mi muerte

y amarte, oh vos, oleaje que ahora

se desata en la cuenca irreductible

a la caducidad en este sueño,

altivo como el fervor que agita,

secreto, el fondo de las aguas.



De Poemas 1998/2000


pared


Las manos frías contra esa pared amarilla.

Pronto van a gemir; algunos morirán.

¿Soportará hasta cuándo

la pared amarilla que da

sobre el pozo? Sólo un hombre

armado se apresta junto al cordón

de la vereda y escupe sobre las

hojas caídas del plátano.

¿Estará dispuesto a matar o

se dislocará en el sueño?

Porque es un sueño. ¿Un sueño o un recuerdo

delirante que elabora una derrota?

Necesariamente algo tiene que

trastocarse: a) manos que pulsan

hacia su mutilación, hórridas

de muerte; b) ávida pulsión onírica

para la consumación de un crimen.

Fases que se integran en lo indiscernible.

Danza caótica en la profusión de lo distinto.


De Satura


Fuente: Aldo Oliva, Poesía completa, Editorial Municipal de Rosario, Rosario, 2003.

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