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oh tristes muertos

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elegía a la ciudad de esteco



Nadie te llora, Esteco, ni tus ruinas mueven los pájaros;


nadie se acuerda de tus palacios ni de tus dulces mujeres. Tampoco vosotros,


¡oh tristes muertos!, os acordáis de nadie y vuestros huesos silban


en el atardecer, sobre los días, para la noche y los largos siglos.



Job XXVII, 15 Qui reliqui fuerint ex eo sepelientur in interar.



Nadie vuelve la memoria a tu pueblo; a tus desatados sepulcros,


que no quiere cubrir el polvo; a tu corazón.


Ninguno, por tus hijos, consume su cuerpo solitario


con mezclados lutos. Ninguno, Esteco, se asienta,


a la sombra de tus abiertos árboles, ni limpia sus cansados ojos para mirarte.


Nadie busca tus escondidas desdichas, ni el pie que huye llega hasta ti;


nadie te ve debajo del cielo; solo nuestras orejas oyen vuestra arrogante fama:




«¡No sigas ese camino,


no seas orgullos y terco,


no te vayas a perder


como la ciudad de Esteco!».




El tigre-uturrunco no cruza sus malezas ―ni los perros―; únicamente el crispín,


y las serpientes te señorean sobre la sabandija,


¿Qué fue de ti, vana en la derrota? Qué hará tu luna por el verano, hambrienta y sorda,


entre los chañares, las breas y los algarrobos,


sólo tus muertos andan por las praderas, ceñidos de sucias tinieblas con sus incansables


yanaconas, que corren detrás de los rebaños,


del viento, con flechas mojadas en peligrosas hierbas,


y tirar otras almas al aborrecible infierno.



Nadie quiere ver tus infortunios, ¡nadie!, ni mover tus joyas, ni abrir tus abandonadas cenizas;


Sólo el aire, la lluvia y el sol, vuelven para aventar tus amargas ruinas sobre las ciudades.



¡Qué olvido tan grande de Dios habréis tenido!


Decid, ahora, hombres terribles de más lejos,


si vuestras caballerías herradas en plata y oro, os despiertan;


decid si oís cantar los gallos, el zorzal silbador, los ríos,


y si vuestros ojos ven volar los pájaros por el amanecer.


No. ¡Qué pena pesada bajó de aquel día hasta vuestras perdidas cabezas!



El viento colorado no sabía por dónde arrancar esa mañana;


las chataras, dando gritos, se caían de su vuelo con los ojos hacia adentro,


y el Pasaje sacó sus aguas del apretado seno, y las volcó sobre la tierra, y los peces,


brillantes, saltaban como los niños al atardecer; y buscaron los árboles para guarecerse;


el río de Las Piedras lo seguía, con sus sábalos, con sus bogas, sus bagres y dorados, a igual que las hojas


que arrastra el otoño.



¡Ay, infeliz ciudad: tus ángeles no te vieron,


y nadie guardó vuestra triste suerte!


¡Quién cantará tus desdichas! ¡Quién se acuerda hoy de nada!



«Cuando salí de mi casa


todos lloraban por mí;


las piedras lloraban sangre


y el sol no pudo salir».



¡Esteco! ¡Esteco!



Fuente: Ricardo E. Molinari, Argentinos en letras, Ediciones Culturales Argentinas, Buenos Aires, 1961

Comentarios

Anónimo dijo…
Es bueno el trabajo que ha hecho con las letras y los años.

catzahuac
mx.
Anónimo dijo…
me gustó mucho lo ke leí, muii lindo.

barbii

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