sábado, septiembre 14, 2013

sin ella



Notas de campo: observando a la tripulación del Atlantis restaurando el telescopio Hubble

Lo que más me consuela es imaginar la regular, serena inhalación
y exhalación de su respiración, y que ellos estén flotando ,
por un rato, exilados

y sobreviviendo, ya que, después de semanas a la deriva, atados
a una máquina del tamaño de un carrito de té que trajo
aire de la habitación, lo comprimió
y eliminó su nitrógeno con una silenciosa e incesante
succión y expulsión, mi madre había llegado
a esa patria que nadie está preparado a atravesar. Firmemente

atados, y cargados con herramientas
y equipo, los astronautas entierran sus brazos,
hasta el codo, en el dorado torso
del telescopio . Debajo de ellos, atravesando la tierra,
la curva exacta de la noche se acerca sin nada
alrededor de ellos sino la constante
limpieza de su propia respiración. Lo que recuerdo mejor

del último aliento de mi madre era la forma en que sus ojos
se entreabrían —delgados ojales
en la tela del cuerpo— y mi padre levantándose
de su silla y inclinándose sobre
el respaldo cromado de la cama, acercarcándose
a ella todo lo posible, para descansar su frente contra la de ella
y susurrar hola, Eileen , y me puse a pensar

en ese poni blanco y semisalvaje
en el campo vecino; el recorrido, cada mañana,
era una sólida, frágil paciencia detrás de una única
hilera del alambrado mientras esperaba que mi padre
llegara atravesando  la capa de césped mojado
con su pequeña ofrenda:  y el modo en que agachaba
su cabeza para luego apretarla contra él, con tal
moderación, el largo y pesado tesoro de su cráneo.
La anchura de la  frente. Cada mullida fosa
de la nariz. Pero ya había terminado

y la máquina seguía respirando
sin ella hasta que sacudí el pequeño interruptor rojo
para apagarlo. Allí estaba la curva fija
de la columna de mi  padre.  Allí estaba el peso inmóvil
de su cabeza contra la de ella. Nuestra primera noche en la tierra
sin ella. Viento en el espino.
La gran ruleta de la vida de las estrellas. Los astronautas

reparan sus giroscopios; están arreglando el espectrógrafo
y las lentes de gran alcance que nos permitirán contemplar
directo hasta la frontera cósmica. Y el sepulturero abrió el oscuro

contenido de su bolsa para transportar cadáveres. Más tarde, el burbujeo
de las primeras aves y las luces de la flota  amarrada
a tres de profundidad en el muelle meciéndose
en un amanecer que llegó como humo de madera y ,
por un rato, mi padre y yo no sabemos cómo
estar uno con el otro. Con sus amables

y deliberados gestos los dos astronautas
parecen casi tiernos, como amantes.
Los visores de sus cascos son blisters
dorados de luz que se refleja. Es imposible medir
la ferocidad del pensamiento en su interior.

Jude Nutter, nacida en North Yorkshire, Inglaterra, residente en los Estados Unidos desde 1980

versión © Silvia Camerotto
Poema Ganador del Premio Internacional de Poesía Strokestown 2013
imagen de Jonathan Morales en Johnathan's Illustrations


Field Notes : Watching the Crew of Atlantis Renovating the Hubble Telescope

What comforts me most is imagining the regular, calm draw
and blow of their breathing, and that they are floating,
for a while, in exile
and surviving, because, after weeks of drifting, tethered
to a machine the size of tea trolley that pulled in
the room’s ambient air, compressed it
and vented off its nitrogen with such a quiet, relentless
suck and surge, my mother had crossed
into the homeland no one is equipped to travel through. Tethered
securely, and laden with tools
and equipment, the astronauts bury their arms,
elbow-deep, into the golden torso
of the telescope. Beneath them, across the earth,
night’s precise curve approaching and nothing
around them but the constant
wash of their own breathing. What I remember most
about my mother’s last breath was the way her eyes
opened slightly—slim buttonholes
in the body’s fabric—and my father rising
out of his chair and leaning over
the bed’s chrome railing to get as close
to her as he could, to rest his forehead against hers
and whisper hello, Eileen, and I found myself thinking
about that white and half-wild pony
in the pasture next door; the way, each morning,
it was a solid, pale patience behind a single
strand of fence wire as it waited for my father
to trail through the damp nap of the lawn
with his small offering; the way it would lower
its head, then, to press against him, with such
restraint, the long, heavy treasure of its skull.
The thick plate of the forehead. Each nostril’s
soft cuff. But it was over
already and that machine went on breathing
without her until I rocked its small, red switch
into silence. There was the fixed curve
of my father’s spine. There was the still weight
of his head against hers. Our first night on earth
without her. Wind in the hawthorn.
The great carnival wheel of stars. The astronauts
are repairing the gyros; they are fitting the spectrograph
and the wide-field cameras that will allow us to gaze
right onto to the cosmic frontier.
And the undertaker unzipped the dark
bloom of his body bag. Later, the froth
of the first birds and the lights of the fleet roped
three deep along the quay fraying
in a dawn that arrived like wood smoke and,
for a while, my father and I not knowing how
to be with each other. With their gentle
and deliberate gestures the two astronauts
appear almost tender, like lovers.
The visors of their helmets are golden
blisters of reflected light. It is impossible to gauge
the ferocity of thought inside them.

Winner of the 2013 Strokestown International Poetry Award



3 comentarios:

Pedro Donangelo dijo...

Decir Maravilloso o cualquier adjetivo superlativo sería insolente. Dejo que el poema me recuerde lo que dice en esta órbita alrededor de agonía: "la curva exacta de la noche se acerca sin nada"

Pedro Donangelo dijo...

Digo "de la agonía". Cuándo me animaré a transcribirlo en mi cuaderno como si yo lo estuviera creando...

Miriam Tessore dijo...

excelente Silvia, muchísimas gracias por la traducción!

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