lunes, mayo 27, 2013

hay tiempo para decisiones y revisiones



La canción de amor de J. Alfred Prufrock
S’io credesi che mi risposta fosse
a persona che mai tornasse al mondo
questa fiamma staria senza piú scosse.
Ma per ció che giammai di questo fondo
non tornó vivo alcun, s’i’odo il vero,
senza tema d’infamia ti rispondo. 

Vayamos, entonces, tú y yo,
Cuando la tarde se extiende sobre el cielo
Como un paciente anestesiado sobre una mesa;
Vayamos por algunas calles medio desiertas,
Los refugios susurrantes
De noches agitadas en baratos albergues transitorios
Y restaurantes con piso de aserrín y conchas de ostras:
Las calles que se alargan como una discusión tediosa
De insidiosa intención
Para dar lugar a una pregunta abrumadora...
Oh, no preguntes, “¿Qué pasa?”

Vayamos y hagamos nuestra visita.
En la sala las mujeres van y vienen
Hablando de Miguel Ángel.

La niebla amarilla que frota su lomo contra los vidrios de las ventanas,
El humo amarillento que frota su hocico contra los vidrios de las ventanas,
Lamió con su lengua las esquinas de la noche,
Se detuvo en los charcos que bajan de los desagües,
Deje caer en su lomo el hollín que viene de las chimeneas,
Subió a la terraza, dio un salto repentino,
Y al ver que era una templada noche de octubre,
Se acurrucó contra la casa, y se durmió.

Y de hecho ya habrá tiempo
Para el humo amarillo que se desliza por la calle,
Frotando su lomo contra los vidrios de las ventanas;
Ya habrá tiempo, habrá tiempo
De inventar una cara para enfrentar las caras con que te encuentras;
Ya habrá tiempo para matar y crear,
Y tiempo para todos los trabajos y los días de manos
Que levantan y arrojan una pregunta en tu plato;
Tiempo para ti y tiempo para mí,
Y  tiempo aún para cien indecisiones,
Y para cien visiones y revisiones,
Antes de tomar  té con tostadas.

En la sala de las mujeres van y vienen
Hablando de Miguel Ángel.

Y de hecho habrá tiempo
Para preguntarse, “¿Me atreveré?” y, “¿Me atreveré?”
Tiempo para dar la media vuelta y bajar por la escalera,
Con una calva en medio de mi pelo—
(Dirán: ‘¡Cómo le está raleando el pelo!’)
Mi chaqué, mi cuello subiendo  inalterable a la barbilla,
Mi corbata exquisita y modesta, sujeta por un simple alfiler—
(Ellos dirán: “¡Pero qué flacos son sus brazos y sus piernas!”)
¿Me atreveré
 A perturbar el universo?
En un minuto hay tiempo
Para decisiones y revisiones que un minuto cambiará.

Porque ya las conozco todas, las he conocido a todas:
He conocido las noches, mañanas, tardes,
He medido mi vida con cucharas de café;
Conozco las voces que mueren con una caída agonizante
Bajo la música de una habitación lejana.
Entonces, ¿cómo podía yo jactarme?

Y ya conozco los ojos, los he conocido a todos—
Los ojos que te encasillan en una frase hecha,
Y cuando esté encasillado, colgado de un alfiler,
Cuando esté clavado y retorciéndome en la pared,
Entonces, ¿cómo empezaré
A escupir todas las colillas de mis días y mis modos?
¿Y cómo podía yo jactarme?

Y ya conozco los brazos, los he conocido a todos—
Brazos con brazaletes y blancos y desnudos
(¡Pero bajo la luz de la lámpara, cubiertos de vello castaño!)
¿Es el perfume de un vestido
Lo que me hace divagar?
Brazos que descansan sobre la mesa, o envueltos en un chal.
¿Cómo podía yo jactarme entonces?
¿Y cómo podría empezar?

* * *
¿Debería decir que anduve al atardecer por calles estrechas
Y que he visto el humo que sube por las tuberías
De hombres solitarios en mangas de camisa, asomándose por la ventana? ...

Debería haber sido un par de pinzas gastadas
Escurriéndose en los fondos de silenciosos mares.

***
¡Y la tarde, la noche, duerme tan plácidamente!
Sosegada por largos dedos,
Dormida... cansada... o haciéndose la enferma,
Tendida en el suelo, aquí junto a ti y a mí.
¿Debería, después del té y tortas y helados,
Tener el coraje de forzar el momento hasta su crisis?
Pero aunque he llorado y ayunado, llorado y rezado,
Aunque he visto mi cabeza (un poco más calva) en una bandeja,
No soy profeta —y esto no es gran cosa;
He visto flaquear el instante de mi grandeza,
Y he visto al eterno Lacayo sostener mi abrigo, y reír disimuladamente,
Y en resumen, tenía miedo.

Y ¿hubiera valido la pena, después de todo,
Después de las tazas, la mermelada, el té,
Entre la porcelana, entre algunos comentarios sobre ti y sobre mí,
Hubiera valido la pena,
Haber arrancar el asunto con una sonrisa,
Haber comprimido el universo en una bola
Para hacerla rodar hacia alguna pregunta abrumadora,
Decir: “Yo soy Lázaro, venido de entre los muertos,
Vuelto para contarles todo, voy a contar todo”—
Si uno, acomodando la cabeza en una almohada
Dijera: “Eso no es lo que quiero decir, en absoluto.
No es así, en absoluto”.

Y ¿hubiera valido la pena, después de todo,
Hubiera valido la pena,
Después de las puestas de sol y los patios y las calles mojadas,
Después de las novelas, después de las tazas de té, después de las faldas que se arrastran por el suelo—
Y esto, y mucho más? —
¡Es imposible decir lo que quiero decir!
Pero como si una linterna mágica proyectara mis nervios en patrones sobre una pantalla:
¿Hubiera valido la pena
Si uno, acomodando una almohada o poniéndose un chal,
Y volviéndose hacia la ventana, dijera:
"Eso no es así en absoluto,
Eso no es lo que quise decir, en absoluto”.

****
¡No! No soy el príncipe Hamlet, ni estaba destinado a serlo;
Soy un noble invitado, uno que servirá
Para engrosar una comitiva, empezar una escena o dos,
Asesorar al príncipe; sin duda, una herramienta cómoda,
Respetuoso, contento de ser útil,
Político, cauto y meticuloso;
Lleno de sentencias elevadas, pero un poco obtuso;
A veces, por cierto, casi ridículo—
A veces, casi, el Bufón.

Envejezco... Envejezco...
Usaré las botamangas de mis pantalones enrolladas.

¿Debería peinarme con raya al medio? ¿Me atreveré a comer un durazno?
Me pondré pantalones blancos de franela, y caminaré por la playa.
He oído a las sirenas cantar entre ellas.

No creo que ellas canten para mí.

Las he visto cabalgar mar adentro sobre las olas
Peinando el pelo blanco de las olas arrastrado
Por el viento cuando sopla el agua blanca y negra.
Nos hemos demorado en las cámaras del mar
Junto a sirenas coronadas de algas rojas y marrones
Hasta que las voces humanas nos despiertan y nos ahogamos.

T. S. Eliot, St. Louis, 1888 - Londres, 1965
en T. S. Eliot,  Prufrock and Other Observations, The Egoist Limited, London, 1917
Versión ©Silvia Camerotto
imagen de © Wikipedia

The Love Song of J. Alfred Prufrock

S’io credesi che mi risposta fosse
a persona che mai tornasse al mondo
questa fiamma staria senza piú scosse.
Ma per ció che giammai di questo fondo
non tornó vivo alcun, s’i’odo il vero,
senza tema d’infamia ti rispondo. 

Let  us go then, you and I,
When the evening is spread out against the sky
Like a patient etherized upon a table;
Let us go, through certain half-deserted streets,
The muttering retreats
Of restless nights in one-night cheap hotels
And sawdust restaurants with oyster-shells:
Streets that follow like a tedious argument
Of insidious intent
To lead you to an overwhelming question...
Oh, do not ask, "What is it?"

Let us go and make our visit.
In the room the women come and go
Talking of Michelangelo.

The yellow fog that rubs its back upon the window-panes,
The yellow smoke that rubs its muzzle on the window-panes,
Licked its tongue into the corners of the evening,
Lingered upon the pools that stand in drains,
Let fall upon its back the soot that falls from chimneys,
Slipped by the terrace, made a sudden leap,
And seeing that it was a soft October night,
Curled once about the house, and fell asleep.

And indeed there will be time
For the yellow smoke that slides along the street,
Rubbing its back upon the window-panes;
There will be time, there will be time
To prepare a face to meet the faces that you meet;
There will be time to murder and create,
And time for all the works and days of hands
That lift and drop a question on your plate;
Time for you and time for me,
And time yet for a hundred indecisions,
And for a hundred visions and revisions,
Before the taking of a toast and tea.

 In the room the women come and go
Talking of Michelangelo.

And indeed there will be time
To wonder, "Do I dare?" and, "Do I dare?"
Time to turn back and descend the stair,
With a bald spot in the middle of my hair--
(They will say: 'How his hair is growing thin!")
My morning coat, my collar mounting firmly to the chin,
My necktie rich and modest, but asserted by a simple pin--
(They will say: "But how his arms and legs are thin!")
Do I dare
Disturb the universe?
In a minute there is time
For decisions and revisions which a minute will reverse.

For I have known them all already, known them all:
Have known the evenings, mornings, afternoons,
I have measured out my life with coffee spoons;
I know the voices dying with a dying fall
Beneath the music from a farther room.
So how should I presume?

And I have known the eyes already, known them all--
The eyes that fix you in a formulated phrase,
And when I am formulated, sprawling on a pin,
When I am pinned and wriggling on the wall,
Then how should I begin
To spit out all the butt-ends of my days and ways?
And how should I presume?

And I have known the arms already, known them all--
Arms that are braceleted and white and bare
(But in the lamplight, downed with light brown hair!)
Is it perfume from a dress
That makes me so digress?
Arms that lie along a table, or wrap about a shawl.
And should I then presume?
And how should I begin?

Shall I say, I have gone at dusk through narrow streets
And watched the smoke that rises from the pipes
Of lonely men in shirt-sleeves, leaning out of windows? ...

I should have been a pair of ragged claws
Scuttling across the floors of silent seas.

And the afternoon, the evening, sleeps so peacefully!
Smoothed by long fingers,
Asleep ... tired ... or it malingers,
Stretched on the floor, here beside you and me.
Should I, after tea and cakes and ices,
Have the strength to force the moment to its crisis?
But though I have wept and fasted, wept and prayed,
Though I have seen my head (grown slightly bald) brought in upon a platter,
I am no prophet—and here's no great matter;
I have seen the moment of my greatness flicker,
And I have seen the eternal Footman hold my coat, and snicker,
And in short, I was afraid.

And would it have been worth it, after all,
After the cups, the marmalade, the tea,
Among the porcelain, among some talk of you and me,
Would it have been worthwhile,
To have bitten off the matter with a smile,
To have squeezed the universe into a ball
To roll it towards some overwhelming question,
To say: "I am Lazarus, come from the dead,
Come back to tell you all, I shall tell you all”—
If one, settling a pillow by her head
Should say: "That is not what I meant at all;
That is not it, at all."

And would it have been worth it, after all,
Would it have been worthwhile,
After the sunsets and the dooryards and the sprinkled streets,
After the novels, after the teacups, after the skirts that trail along the floor—
And this, and so much more?—
It is impossible to say just what I mean!
But as if a magic lantern threw the nerves in patterns on a screen:
Would it have been worth while
If one, settling a pillow or throwing off a shawl,
And turning toward the window, should say:
"That is not it at all,
That is not what I meant, at all."

****
No! I am not Prince Hamlet, nor was meant to be;
Am an attendant lord, one that will do
To swell a progress, start a scene or two,
Advise the prince; no doubt, an easy tool,
Deferential, glad to be of use,
Politic, cautious, and meticulous;
Full of high sentence, but a bit obtuse;
At times, indeed, almost ridiculous—
Almost, at times, the Fool.

I grow old ... I grow old...
I shall wear the bottoms of my trousers rolled.

Shall I part my hair behind? Do I dare to eat a peach?
I shall wear white flannel trousers, and walk upon the beach.
I have heard the mermaids singing, each to each.

I do not think that they will sing to me.

I have seen them riding seaward on the waves
Combing the white hair of the waves blown back
When the wind blows the water white and black.
We have lingered in the chambers of the sea
By sea-girls wreathed with seaweed red and brown
Till human voices wake us, and we drown.


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