martes, noviembre 27, 2012

al séptimo día




Lluvia—


Empezó como siempre,
igual que tantas dietas. Nos sentamos adentro,
como niños, e hicimos cosas tranquilas. Los cauces

de los ríos explotaron e inundaron los pliegues de medio
país; arrastrando a la gente en botes a pedales,
e impulsándolos a través de las catedrales para salvar gatos. Un muchacho

que limpiaba el desagüe de su abuelo fue sorprendido inmóvil
mientras las aguas llegaban al récord establecido en 1692.
Imagínate. Equipos móviles vistieron sus impermeables más sombríos.

La casa tenía más pisos de lo que imaginábamos. En veinte años
jamás habíamos pasado tanto tiempo en una habitación. Yo no tenía ni idea de
tu miedo morboso a las semillas de naranja, o de que los novelistas franceses

te resultaban agobiantes. En el séptimo día, completamente roncos,
nos dedicamos a dibujar en las paredes y a montar escenas.
En nuestro delirio todas las acciones parecen juegos de roles —

proteicos capítulos contra el lodo, los animales que éramos  —
y la lluvia, una emisión constante en cada longitud de onda,
nos enseñó todo lo que sabemos sobre el tango. Solo

cuando nos quedábamos demasiado escasos de metáforas era lluvia, nada más lluvia.
Pensamos en el niño ahogado, viendo
al agua taparlo y sellarlo, con toda su contemporaneidad prometedora.

¿Era un lunes por la mañana cuando el jardín se volvió
generoso  con babosas, asombrado de sí mismo? Nuestras manos unidas
fueron los últimos sapos en el arca. Caminamos, necesitábamos noticias.


Tiffany Atkinson, Berlin, 1972
De Catula et Al, Bloodaxe Books, Northumberland, 2011
imagen de Andreea Anghel© – Missing, en Uno de los nuestros


Rain—

It started unremarkably,
like many regimes. We sat like children
making quiet things indoors. The rivers

burst their staves and soaked the folds mid-
country; they were schlepping people out in pedalos,
and punting through cathedrals saving cats. One lad

clearing out his granddad’s drain was still caught
when the waters lapped the record set in 1692.
Imagine. News-teams donned their somberer cagoules.

The house had more floors than we knew. In twenty years
we’d never spent so much time in one room. I’d no idea
you had a morbid fear of orange pips, or found French novelists

oppressive. On the seventh day, completely hoarse,
we took to drawing on the walls and staging tableaux.
In delirium all actions feel like role-play –

protein-strands against the ooze, the animals we made –
and rain, a steady broadcast on all wavelengths,
taught us everything we know about the tango. Only

when we grew too thin for metaphors was rain just rain.
We thought about the drowned boy, how he watched
the lid of water seal him in, for all his bright modernity.

Was it a Monday morning when the garden was returned,
tender with slugs, astonished at itself? Our joined hands
were the last toads in the ark.
We walked, we needed news.

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