domingo, marzo 01, 2009

yo hablaría, inventaría palabras-sollozos...

renedaumal
el gran día de los muertos

La noche, el terror,
a cien pasos bajo tierra,
las bóvedas sin esperanza,
el miedo en la médula y lo negro en el ojo
—el llamado de la estrella muere en el brocal del pozo—
y esas manos, tu blanca desesperación
en la bruma glacial del fondo de la vida toda
en la blanca desesperación de esas manos que un día
serán las mías, tanto las habré amado.
No te escapes, me dice la luz,
la aquí estalla por todas partes, pero leve
sobre el espesor ciego que ella encierra
y vana; claridad inútil pero que perfora la piel
y me dice: no saldrás,
pero marcha solo lacerado por mi látigo fantasma,
he ahí la profundidad del terror,
he ahí el palacio sin puertas,
sótano bajo sótano, he ahí el país sin noche.
El aire se encuentra poblado de notas falsas
que hacen chirriar los huesos, he aquí el país sin silencio,
y de nuevo sótano bajo sótano en el país sin reposo,
no es un país, soy yo mismo
encerrado en mi bolsa
con el miedo, con la hidra y con el dragón;
y tú, demonio, aquí está tu cabeza de verruga
que me arranco del pecho
oh monstruo, el mentidor,
el devorador de almas.

Tú me hacías creer que tu nombre maldito
era el mío, el nombre impronunciable,
que tu cara era mi cara, mi prisión
que mi piel detestada recibía vida de tu vida,
pero te llegué a ver: eres distinto,
aunque me atormentes para siempre,
aunque me aplastes en osarios
bajo los cadáveres de todas las razas desaparecidas,
aunque me frías en la grasa de los dioses muertos,
sé que no eres yo mismo
nada puedes contra ese fuego más ardiente que el tuyo,
el fuego, el grito de mi negativa
de ser nada.

¡No, no, no! pues veo signos
todavía débiles en una masa de bruma lenta
pero ciertos, pues los sonidos que ellos esbozan
son los hermanos de los gritos que yo ahogo,
pues los increíbles caminos que trazan
son los hermanos de mis pasos de plomo;
veo los signos de mi fuerza ilimitada, la asesina
de mi vida y de otras vidas hermanas.
Del fondo iluminado, techo bajo techo, de los sótanos,
Veo —lo recuerdo— los había trazado al comienzo
los signos crueles que hurgan en cada repliegue
del pensamiento-molusco de mil brazos.
Ellos me enseñan la terrible paciencia,
me muestran el camino abierto
pero que cierra mejor que cualquier muralla
la ley de fuego dictada por la punta de la espada
y regulando cada paso con el ritmo de la orquesta fatal:
nada se pierde.

He aquí que arranqué el manto de carne sangrante
y de cólera para marchar desnudo
— ¡todavía no! pero veo a lo lejos
y tengo que guiarme y reemplazar mi corazón
allá muy lejos, esas manos, esas manos de ciega,
la ciega muerta más vidente que vuestros ojos de bestias,
vosotros, pesados vivientes opacos, allá muy lejos de la ciega
y sus pupilas, círculos de todo conocimiento,
que encierran el agua límpida y negra de los lagos subterráneos—
diría cuán bellas son esas manos,
cuán bella es ella, no, cómo habla de la belleza,
la muerta ciega, pero que ve toda mi noche,
yo hablaría, inventaría palabras-sollozos
—a sus pies habría de llorar—
yo sollozaría su belleza,
si fuera capaz de llorar,
si ya no estuviera muerto por no haber sabido llorar.

René Daumal, Boulzicourt, 16 de marzo de 1908 - París, 21 de mayo de 1944.
Traducción Aldo Pellegrini.
Fuente: Antología de la poesía surrealista, Aldo Pellegrini, Editorial Argonauta, Buenos Aires, 2006.

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