viernes, septiembre 12, 2008

descenso hasta el conocimiento


Robo de tumba con Rilke

Querés escribir sobre la vida
pero regresás al cuerpo, una y otra vez; de vuelta
a ese cementerio descuidado, lleno de maleza,
donde el pequeño mausoleo familiar
ha sido violentado y los huesos
de la tumba de tus padres
pasan de un mundo a otro continuamente. Aunque
no creas en dios,
sí creés que tus muertos deberían permanecer
eternamente intactos, y sin embargo tus padres
no dejarán de negociar sus posesiones terrenales:
has visto robarlas, atenazadas en las mandíbulas
del tejón y del zorro, llevadas
por las garras negras del cuervo
hacia un destino que incluso vos llamarías
cielo; y una vez, descubriste el lado oscuro de unos niños,
escurridizos como piedras en la lluvia, esperando, mientras el único chico
dispuesto a tocar por todos ellos a los muertos,
se metía en la tumba y volvía
con parte de tus padres entre sus manos.
Todo descenso hacia el conocimiento se logra
por desobediencia a los dioses,
y mientras lo veías irse — un pequeño héroe,
los bolsillos llenos de baratijas que te pertenecían,
pensaste en Rilke, quien decía que su dios
era un dios oscuro ― un entretejido, decía,
hecho de cientos de raíces que absorben en silencio,
una metáfora, sí, pero toda metáfora revela
el espíritu del mundo literal y qué actos
sacrílegos habrá cometido
para decir eso. Él tenía su carga, y ni una vez
pensaste en pedirle a aquel chico que regresara.
Estás ahora parada bajo la luz del sol, en medio del umbral
astillado de la tumba de tus padres, mirando hacia el interior:
y así, te decías, así es como era en un tiempo para ellos,
cuando se paraban en silencio, tomados de la mano,
en aquel corredor bien iluminado justo frente
a la puerta de mi cuarto, observando
las gradas de mis pequeñas costillas subiendo y bajando
.

jude nutter
versión ©Silvia Camerotto

grave robbing with rilke
You want to write about life
But you keep coming back to the body; back
to this untended, overgrown graveyard
where your small, family mausoleum
has been broken open and the bone
ware of your parents’ tomb keeps passing
out of one world and into another. Even if god
is something in which you will not believe,
you believe your dead should remain
in one piece forever, and yet your parents
will not stop trading their earthly possessions:
you’ve seen them taken—clamped in the jaws
of the badger and the fox; carried
by the raven’s mussel-black devices
toward a purpose even you would name
heaven; and once, you found a darkness of children,
slick as stones in the rain, waiting, as the one boy willing
to touch the dead for them all stepped forward
into the tomb and came back
carrying pieces of your parents in the basket
of his fingers. Any fall toward knowledge is won
through disobedience to the gods,
and as you watched him go—a tiny hero,
his pockets full of trinkets belonging to you,
you thought about Rilke, who claimed his god
was a dark god—a webbing, he said,
made of a hundred roots that drink in silence:
a metaphor, yes, but every metaphor reveals
the ghost of a literal world and what acts
of desecration he must have committed
in order to claim it. He had his burden, and not once
did you think of calling that young boy back.
You stand, now, in sunlight, on the splintered
threshold of your parents’ grave, looking in:
and this, you tell yourself, is how it was once
for them, as they stood in silence, hand
in hand, in that brightly lit hallway just outside
the doorway to my room, watching
the rungs of my small ribs rising and falling
.

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