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william carlos williams. los barcos



Los barcos

luchan en un mar que la tierra en parte encierra
protegiéndolos de los fuertes golpes
de un océano ingobernable, que cuando quiere

tortura los más grandes cascos, el mejor hombre sabe
contraatacar sus golpes, y los derrota sin piedad.
Como polilla entre niebla, centelleante en el insignificante

brillo de los días despejados, con amplias velas hinchadas
que vuelan al viento sacudiendo el agua costera
de sus proas afiladas, mientras la tripulación las trepa

como hormigas, preparándolas con diligencia, soltándolas,
apurándose mientras se dan vuelta, inclinándose y habiendo
atrapado otra vez al viento, hombro a hombro, se dirigen a la meta.

En un área protegida de aguas abiertas rodeada de
naves mayores y menores que, obsequiosas -torpes
y agitándose-  los siguen, parecen jóvenes, extraños

como la brillo de un ojo feliz, viven en gracia
con todo lo que para la mente es inútil, libre y
por naturaleza deseado. Ahora el mar que los sostiene

es caprichoso, bañando sus lustrosos lados, como si buscara
una mínima falla, pero fracasando por completo.
Hoy no hay carrera. El viento regresa. Los barcos

se mueven, disputando la largada, se da  la señal y
parten. Ahora las olas los golpean, pero son muy
fuertes, se escabullen, pero ajustan las lonas.

Brazos con manos apretadas intentado aferrarse a las proas.
Cuerpos arrojados con negligencia son segregados en el trayecto.
Es un mar de caras alrededor, en agonía, en desesperación

hasta que el horror de la carrera comienza aturdiendo la mente,
todo el mar se convierte en un enredo de cuerpos mojados
perdidos para el mundo cargando lo que no pueden sostener. Rotos,

golpeados, desolados, estirándose de entre los muertos para ser llamados,
gritan, ¡fallando, fallando! sus gritos crecen
entre las olas quietas mientras los diestros barcos los ignoran.


William Carlos Williams, Rutherford, 1883- 1963
en The Collected Poems: Volume I 1909-1939, New Directions, 1986
versión © Silvia Camerotto
J. W. W. Turner, The Slave Ships

The Yachts

contend in a sea which the land partly encloses
shielding them from the too-heavy blows
of an ungoverned ocean which when it chooses

tortures the biggest hulls, the best man knows
to pit against its beatings, and sinks them pitilessly.
Mothlike in mists, scintillant in the minute

brilliance of cloudless days, with broad bellying sails
they glide to the wind tossing green water
from their sharp prows while over them the crew crawls

ant-like, solicitously grooming them, releasing,
making fast as they turn, lean far over and having
caught the wind again, side by side, head for the mark.

In a well guarded arena of open water surrounded by
lesser and greater craft which, sycophant, lumbering
and flittering follow them, they appear youthful, rare

as the light of a happy eye, live with the grace
of all that in the mind is fleckless, free and
naturally to be desired. Now the sea which holds them

is moody, lapping their glossy sides, as if feeling
for some slightest flaw but fails completely.
Today no race. Then the wind comes again. The yachts

move, jockeying for a start, the signal is set and they
are off. Now the waves strike at them but they are too
well made, they slip through, though they take in canvas.

Arms with hands grasping seek to clutch at the prows.
Bodies thrown recklessly in the way are cut aside.
It is a sea of faces about them in agony, in despair

until the horror of the race dawns staggering the mind,
the whole sea become an entanglement of watery bodies
lost to the world bearing what they cannot hold. Broken,

beaten, desolate, reaching from the dead to be taken up
they cry out, failing, failing! their cries rising
in waves still as the skillful yachts pass over.



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