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esas cosas esperan mi retorno



VI. Antiguo paseo en la tormenta 

a Haydée Lange


Juntos y confundidos han de dormir nuestros corazones alguna vez, tierra perdida,
-mi pecho por tus arenas, mi sangre bajo tus tristes cantos-.
Y dulce será entonces recordar cómo nos conocimos al pie de la barranca,
cuando el río, la solitaria resaca
sacaba su podrida cabeza de pescado
chapaleando un detritus de cangrejos, un fondo muerto
hasta el cual se inclinaban los bananos.
Y la sorda corriente
lamía los despojos de la costa,
la luz de las linternas,
el crujir de pasos fugaces por la azotada playa.

Aquel era el país.
Allí viví a la par del escorpión  y la rata silvestre
como su oscura extensión ha vivido.
Mis venas absorbieron cantos de viento,
murmullos levantados desde bocas de polvo,
enigmas bajo piedras;
y en su terroso cuenco comí sus negros frutos, bebí su vino
y la miel de la avispa,
y el aliento salvaje con que tú me nutriste.

Más allá de tu imperio, tierra mía,
donde nada se pierde,
esas cosas esperan mi retorno
en la eterna memoria de la muerte.

Yo volveré, llevado por la hierba,
-tal un soplo que entreabre unas horas exangües-
y alzarán nuevamente sus semblantes
alrededor de mi alma,
con una mansa música, como el tranquilo crepitar de unas ramas
en la grandeza del verano.

Y otra vez, en el pardo nivel de la colina,
resonará el crepúsculo y el arreo de un viaje
como el retumbo de los años en el camino,
-esa pálida rienda de greda pegajosa
con que tú manejabas la distancia-.
¡Oh! pero seré yo mismo
trote de caballos fangosos,
niebla de los pantanos,
musitación de aguas escurriéndose por la capota,
y el volver de las cosas a su sueño
como regresa el pobre a su morada:
a la espalda la noche y el rocío.
Y veré deslizarse al compás de los cascos
aquellas grises casas, encendiendo sus lámparas,
apretujándose bajo unos árboles,
reunidas sus arañas, sus amos y sus muertos en una sola ojeada,
tras el cristal opaco,
conjurados a un soplo de ternura delante de la leña
humo y fatiga,
diálogos suspendidos como telas,
mujeres con antiguos delantales
años y años allí sentadas, en esa misma hora.

Niño que en el silencio fosforece
como el abrojo seco  y la magnolia.
Madre que junto a él veré pasar de nuevo
en el fondo del coche,
entre el interminable chirriar de la volanta
errando por aquella provincia amortajada.
¡Tierra de la llovizna!
Siempre irá por tus páramos el pequeño testigo de la tormenta nocturna,
cada instante más lejos:
rostro asomado por la portezuela,
voz sumida en las grietas,
se hace árboles que huyen,
farol en una aureola amarillenta,
respiración nostálgica del viento de las chacras,
caballos azuzados, poblaciones...
Solo, ante el epitafio brillante de las aguas,
en un trémulo aroma de cuero y ropas húmedas
que ha de volver, tú sabes, con un país resucitado y borrascoso
en los meandros de un sueño.

Enrique Molina, 
de "Una estancia entre los arenales" (Bella Vista, Corrientes), Pasiones terrestres, 1946
en Enrique Molina, Obra poética, Obras Completas, Tomo II, Corregidor, Buenos Aires,1987 
imagen s/d

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