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nevada, óyeme


Balada blanca

En un otoño blanco
Dios se deshoja.
Caen los ángeles muertos,
borran mi sombra.

Copo a copo, un olvido
destiñe el bosque.
Me iré por esta nieve
no sé hasta dónde...

Qué jazmín, el camino,
qué beso, el cielo...
Cisne de mi nostalgia:
pareces sueño.

El bosque ya es pañuelo
con despedida,
y mi pecho, paloma
que huyendo gira.

Me voy por unos mundos
de algodón lento.
Me voy como un perfume.
Ni nombre tengo.

Qué blanca es esta sombra
que me derrumba.
No me quedan ni huellas
de las figuras.

¿Dónde andarán mis ojos?
Nevada, óyeme:
Si mañana estoy viva
me pondré un nombre.

La ventana

Procura vivir de suerte
que al final de la partida,
saquen de la muerte vida.
 (Anónimo)

Una ventana y nada más quisiera,
un fervoroso prólogo de vuelo,
que me instara a subir, con el modelo
de lo que se remonta en primavera.

Me bastaría sólo esa ligera
interrupción de muro y desconsuelo
para desvanecerme por el cielo
clara, sonora, libre, verdadera.

De tanto que la sueño, una mañana
encontraré en mi cuarto a la ventana
llamándome con luminoso grito.

Desde que se abra, viviré de suerte
que me sorprenda el plomo de la muerte
volando en mi retazo infinito.

Versión de 1996

Amelia Biagioni, Gálvez, 1916- Buenos Aires, 2000
Fuente: Amelia Biagioni, Poesía completa, Editorial Adriana Hidalgo, Buenos Aires, 2009
imagen: Andrew Wyeth

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