martes, diciembre 14, 2010

ella encontró el objeto que buscaba


A ver

A ver, a ver, a ver, repetía antes de morirse
como si algo le tapara la visión del otro camino
ése que ella ya tenía delante de las narices
pero que la dirección de su cuerpo aún se negaba a tomar.
A ver, a ver, a ver, siguió insistiendo hasta el cansancio
mientras los que rodeábamos su cama queríamos ver también
si es que realmente algo visible,
un ángel o cualquier otra aparición,
metida de lleno en la asepsia de ese cuarto
podía darnos la clave médica de que algo estaba por pasar.
Después de que murió me sentí culpable
de haberla confrontado con sus fantasmas
a ver qué, mamá, a ver qué, a ver qué.
Y aunque nada había para ver, eso es seguro,
ella encontró, parece, el objeto que buscaba
porque de un minuto para otro se quedó muda
mientras yo con la pregunta en la boca
me fui rumiando las razones de todos los asuntos del mundo
que en la cadencia insoportable de su repetición
no tienen, no tienen y no tienen
ninguna respuesta.

Tamara Kamenszain, Buenos Aires, 1947
en El eco de mi madre, Bajo la luna, Buenos Aires, 2010
imagen:

1 comentario:

Anónimo dijo...

"me fui rumiando las razones de todos los asuntos del mundo
que en la cadencia insoportable de su repetición
no tienen, no tienen y no tienen
ninguna respuesta."

Es curioso: estos últimos versos, que por su contenido realmente te noquean, tienen además un componente rítmico inexorable. Después de leerlos en voz alta, no podía quitarme el soniquete de la cabeza y me han acompañado como un mantra toda la tarde.
Saludos.

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