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en la desventaja de mis maduraciones




Una reza

Reza oir la reza de las apariciones ronca por la ronca de
las enterraciones y vuelve los ojos al paisaje metido
dentro de la carne y del fuego del movimiento
humano más real el de pasitos de hombres en el
espacio humillado por sus elegantes desnutriciones,
oh país límpido, intercambiado con tartamudos y
despanzurrados y afeitados por el llano y
asesinadores engendrados en las negras copulaciones
entre ramos y entre santos de ojeras casi naturales,
yo exclamo que duermo sobre la arena caída en la
desventaja de mis maduraciones que sollozan todo
el poder del fuego.
Yo, que tengo el alimento más moderno, estoy rastreando
el invierno y las pudriciones de estos llanos.

El canto impopular

Yo, el rastreador, que ha dormido en los atrasos de la
luna en los atajos peninsulares, y ahora siento el
canto del desahogo, a través del orgulloso coraje,
oh mis pequeños seres del desamparao, canto mi canto
con un lenguaje impopular, pero cercano a
vuestros vestidos miserables.
El vestido las telas livianas de las mejillas despintadas el
olor de los motines talados de la miseria siempre
en la flor del fuego del pensamiento destruido sin
nacimiento en las coloridas y espléndidas
organizaciones de las albas lujosas de todos los días
de todos los montones de días ligeros y azucarados
por las cañas dulces solares irredentas ininterrumpidas
feroces vivientes de la irrectitud siempre anárquica
del espacio siempre moderno y siempre solidario
con los cantos de las invisibles deidades y de los
otros personajes reales asombrados de la miseria de
los sucios paisanos que encienden el clavel del
esperma nocturno sifilizado y demente y excitado
por los cerdos.
Oh, en mi escenario, de rodillas. Cocinas conteniendo el
aliento del dormido rencor en la palidez del alba.
Oh, gente sin viajes, que no puede fumar en el
fuego del universo su tabaco de miel arrollada por
el invierno, su comida de humo bañando el
ligerísimo mosquitero de rabia del color el color que
no trajina por las camas y que sólo saluda a la
sombra con sombrero del Ave Marías en el altar de
los santos ensordecidos por los fétidos besos.
Oh, mí, el rastreador, que ha dormido tirado entre los
yuyos, entre la ferocidad joyal de las palmeras en
el borde del agua, y de una cocina sucia llena de
lechos sucios y de tarros con jazmines calentados
del ex-alba.

Francisco Madariaga, Corrientes, 1927- Buenos Aires, 2000.

de Francisco Madariaga, Tembladerales de oro, Colección Poesía, El búho encantado, Rosario, Plaqueta 25, Octubre de 1985.
imagen: S/D

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