miércoles, octubre 07, 2015

goncalo m. taveres. los grupos




Los Grupos

Pero esto es extraño, y recelo de lo que la vida va
Haciendo de mí sin mi autorización.
Con 18 años adoraba las mesas grandes, me divertía,
Veía en el grupo movimientos y excitaciones a las que
No llegaba solo. Como si la alegría entre
Veinte personas fuese una lengua que un ser vivo
Aislado no consiguiese formular.
No moriré ignorando esa lengua, pero ahora
Huyo de ella: cinco personas en una mesa me asustan
Como un asalto: ¡dame!, siento que me dicen,
Y la expectativa de los otros en relación a mi frase,
A mi silencio o a mi inmovilidad,
Lleva su frío a mi camisa,
Como el puñal discreto de un buen asaltante.
No me gustan los grupos, de aglomeraciones intermedias
Entre la amistad y el ejército. La amistad se hace de uno
Para uno, a veces de dos para uno: en materia de sinceridad
El número cuatro me asusta.

Gonçalo M. Tavares, Luanda, Angola, 1970
Traducción Félix Romero
imagen de Fabián Pérez, Man in Black Suit, 

Os Grupos

Mas é estranho isto, e receio o que a vida vai
Fazendo de mim sem a minha autorização.
Com 18 anos adorava mesas grandes, divertia-me,
Via no grupo movimentos e excitações a que
Não chegava sozinho. Como se a alegria entre 
Vinte pessoas fosse uma língua que um ser vivo
Isolado não conseguisse formular.
Não morrerei ignorando essa língua, mas agora
Fujo dela: cinco pessoas numa mesa assustam-me
Como um assalto: dá-me!, sinto que me dizem,
E a expectativa dos outros em relação à minha frase, 
Ao meu silêncio ou à minha imobilidade,
Encosta o seu frio à minha camisa, 
Como o punhal discreto de um bom assaltante. 
Não gosto de grupos, de aglomerações intermédias
Entre a amizade e o exército. A amizade faz-se de um
Para um, por vezes de dois para um; em matéria de sinceridade
O número quatro assusta-me.


domingo, octubre 04, 2015

john ashbery. el manual de instrucciones



El manual de instrucciones             

 Mientras estoy sentado mirando por la ventana del edificio
quisiera no tener que redactar el manual de instrucciones para el uso de un nuevo metal.
Miro hacia la calle y veo la gente, cada uno caminando con su paz interior,
y los envidio-¡están tan lejos de mí!
Ninguno debe preocuparse por terminar este manual a tiempo.
Y, como de costumbre, comienzo a soñar, apoyo los codos en mi escritorio y
¡me asomo un poco a la ventana,
de la sombría Guadalajara! ¡Cuidad de flores rosadas!
¡Ciudad que tanto deseaba ver y la que en México menos he visto
pero que imagino estar viendo, bajo la presión de tener que redactar  un manual de instrucciones,
tu plaza, ciudad, con tu pequeña y elaborada glorieta!
La banda está tocando Scherezade de Rimsky-Korsakov.
Alrededor de la glorieta, las floristas ofrecen flores rosadas y amarillas,
Todas atractivas con sus vestidos a rayas rosados y azules (¡oh! qué tonos de azul y rosa),
y allí cerca hay un pequeño stand blanco con mujeres de verde que sirven fruta verde y amarilla.
Las parejas desfilan; todos están con humor de fiesta.
Delante, encabezando el desfile, está un tipo elegante
vestido de azul oscuro. Lleva puesto un sombrero blanco
y usa mostacho, que acaba de recortar para la ocasión.
Su amada, su esposa, es joven y linda; su chal es rosa, encarnado y blanco.
Sus ballerinas son de charol, a la moda americana,
y tiene un abanico, porque es recatada y no quiere que la multitud vea mucho su cara.
Pero están todos tan ocupados con su esposa o su amada
que dudo que se fijen en la esposa del de mostacho.
¡Acá vienen los chicos! Están esquivando y arrojando pequeñas cosas en la vereda
hecha de baldosas grises. Uno de ellos, algo mayor, tiene un palillo entre sus dientes.
Es más callado que el resto, y simula no ver las lindas chicas de blanco.
Pero sus amigos las ven, y les dicen cosas a las chicas que se ríen.
Esto terminará en breve, con el paso de los años,
y el amor llevará a cada uno  al desfile por otros motivos.
Pero he perdido de vista al chico con el palillo.
Un momento –ahí está– del otro lado de la glorieta,
parado lejos de sus amigos, conversando animado con una chica
de catorce o quince. Trato de oír lo que dicen
pero parece como que murmuran algo –tímidas palabras de amor, probablemente.
Ella es un poco más alta, y discreta, lo mira a los ojos sinceros.
Está vestida de blanco. La brisa  ondula su fino cabello negro contra su mejilla aceitunada.
Sin duda está enamorada. El chico, el jovencito con el palillo, también está enamorado;
se nota en sus ojos.  Me alejo de esta pareja,
y me doy cuenta de que hay un intervalo en el concierto.
Los paseantes descansan  y beben con sorbetes
(una dama vestida de azul sirve las bebidas de una gran jarra de vidrio),
y los músicos se mezclan entre ellos con sus uniformes color crema y hablan
del tiempo, o de cómo le va a sus hijos en la escuela.

Aprovechemos este momento para espiar una de las calles laterales.
Aquí uno ve una de esas casas blancas con el pasto cortado
tan populares acá. ¡Mira! –¡te lo dije!
está fresco y oscuro adentro, pero en el patio hay sol.
Una mujer mayor, canosa, está sentada allí, se abanica con un abanico de hojas de palmera.
Nos da la bienvenida a su patio y nos ofrece un trago para refrescarnos.
“Mi hijo está en México”, dice. “También los recibiría
si estuviera aquí. Pero trabaja allí en un banco.
Miren, esta es una fotografía de él”.
Y un muchacho de piel morena nos sonríe con sus dientes como perlas desde un marco de cuero gastado.
Le agradecemos su hospitalidad, pero se está haciendo tarde
y tenemos que ver la ciudad antes de irnos, desde un sitio alto.
La torre de la iglesia estará bien –la rosada descolorida, allí contra el azul salvaje del cielo.
Entramos despacio.
El cuidador, un hombre viejo vestido de marrón y gris, nos pregunta cuando hace que estamos en la ciudad, y si nos gusta.
Su hija está refregando los escalones –nos saluda cuando entramos a la torre.
Llegamos rápido a la punta, y todo el entramado de la ciudad se extiende ante nosotros.
Allí está el barrio rico, con sus casas rosadas y blancas, y sus derruidas terrazas con hojas.
Allí está el barrio pobre, con sus casas azul profundo.
Allí está el mercado, donde los hombres venden sombreros y espantan moscas
y allí está la biblioteca pública, pintada en tonos de verde pálido y beige.
¡Mira! Allí está la plaza de donde venimos, con sus paseantes.
Hay menos gente ahora que el calor del día es más intenso,
pero el chico y la chica todavía merodean bajo las sombras de la glorieta.
Y allí está la casa de la pequeña anciana–
todavía está sentada en el patio, abanicándose.
¡Qué limitada, pero aun así qué completa has sido nuestra experiencia de Guadalajara!
Hemos visto el amor de los jóvenes, el amor de los esposos, y el amor de la anciana por su hijo.
Hemos oído la música, saboreado los tragos, y contemplado las casas coloridas.
¿Qué más se puede hacer sino quedarse? Y no podemos.
Y mientras la última brisa refresca la punta de la vieja y desgastada torre, vuelvo la mirada
al manual de instrucciones que me hizo soñar con Guadalajara.

John Ashbery, Rochester, 1927
De The Instruction Manual, Some Trees, 1956
Versión © Silvia Camerotto
imagen: Instalación de John Ashbery


The Instruction Manual

As I sit looking out of a window of the building
I wish I did not have to write the instruction manual on the uses of a new metal.
I look down into the street and see people, each walking with an inner peace,   
And envy them—they are so far away from me!
Not one of them has to worry about getting out this manual on schedule.   
And, as my way is, I begin to dream, resting my elbows on the desk and leaning out of the window a little,
Of dim Guadalajara! City of rose-colored flowers!
City I wanted most to see, and most did not see, in Mexico!
But I fancy I see, under the press of having to write the instruction manual,   
Your public square, city, with its elaborate little bandstand!
The band is playing Scheherazade by Rimsky-Korsakov.
Around stand the flower girls, handing out rose- and lemon-colored flowers,   
Each attractive in her rose-and-blue striped dress (Oh! such shades of rose and blue),
And nearby is the little white booth where women in green serve you green and yellow fruit.
The couples are parading; everyone is in a holiday mood.
First, leading the parade, is a dapper fellow
Clothed in deep blue. On his head sits a white hat
And he wears a mustache, which has been trimmed for the occasion.
His dear one, his wife, is young and pretty; her shawl is rose, pink, and white.   
Her slippers are patent leather, in the American fashion,
And she carries a fan, for she is modest, and does not want the crowd to see her face too often.
But everybody is so busy with his wife or loved one
I doubt they would notice the mustachioed man’s wife.
Here come the boys! They are skipping and throwing little things on the sidewalk
Which is made of gray tile. One of them, a little older, has a toothpick in his teeth.
He is silenter than the rest, and affects not to notice the pretty young girls in white.
But his friends notice them, and shout their jeers at the laughing girls.   
Yet soon all this will cease, with the deepening of their years,
And love bring each to the parade grounds for another reason.
But I have lost sight of the young fellow with the toothpick.
Wait—there he is—on the other side of the bandstand,
Secluded from his friends, in earnest talk with a young girl
Of fourteen or fifteen. I try to hear what they are saying
But it seems they are just mumbling something—shy words of love, probably.
She is slightly taller than he, and looks quietly down into his sincere eyes.   
She is wearing white. The breeze ruffles her long fine black hair against her olive cheek.
Obviously she is in love. The boy, the young boy with the toothpick, he is in love too;
His eyes show it. Turning from this couple,
I see there is an intermission in the concert.
The paraders are resting and sipping drinks through straws
(The drinks are dispensed from a large glass crock by a lady in dark blue),   
And the musicians mingle among them, in their creamy white uniforms, and talk
About the weather, perhaps, or how their kids are doing at school.

Let us take this opportunity to tiptoe into one of the side streets.   
Here you may see one of those white houses with green trim   
That are so popular here. Look—I told you!
It is cool and dim inside, but the patio is sunny.
An old woman in gray sits there, fanning herself with a palm leaf fan.   
She welcomes us to her patio, and offers us a cooling drink.   
“My son is in Mexico City,” she says. “He would welcome you too   
If he were here. But his job is with a bank there.
Look, here is a photograph of him.”
And a dark-skinned lad with pearly teeth grins out at us from the worn leather frame.
We thank her for her hospitality, for it is getting late
And we must catch a view of the city, before we leave, from a good high place.
That church tower will do—the faded pink one, there against the fierce blue of the sky. Slowly we enter.
The caretaker, an old man dressed in brown and gray, asks us how long we have been in the city, and how we like it here.
His daughter is scrubbing the steps—she nods to us as we pass into the tower.
Soon we have reached the top, and the whole network of the city extends before us.
There is the rich quarter, with its houses of pink and white, and its crumbling, leafy terraces.
There is the poorer quarter, its homes a deep blue.
There is the market, where men are selling hats and swatting flies
And there is the public library, painted several shades of pale green and beige.
Look! There is the square we just came from, with the promenaders.   
There are fewer of them, now that the heat of the day has increased,   
But the young boy and girl still lurk in the shadows of the bandstand.   
And there is the home of the little old lady—
She is still sitting in the patio, fanning herself.
How limited, but how complete withal, has been our experience of Guadalajara!
We have seen young love, married love, and the love of an aged mother for her son.
We have heard the music, tasted the drinks, and looked at colored houses.   
What more is there to do, except stay? And that we cannot do.
And as a last breeze freshens the top of the weathered old tower, I turn my
gaze
Back to the instruction manual which has made me dream of Guadalajara.

jueves, octubre 01, 2015

emily dickinson. nunca me sentí en casa



413

Nunca me sentí en casa –aquí abajo –.
Y en los cielos radiantes
no me sentiré en casa –lo sé–
no me gusta el Paraíso–

Porque es domingo –todo el tiempo–
y el receso –nunca llega–
y en el Edén serán tan solitarias
las radiantes tardes de miércoles–

Si Dios pudiera visitarnos–
o hacer alguna vez la siesta–
para no vernos–pero dicen
que él mismo– es un telescopio

que nos observa perenne–
yo misma huiría
de él–y Santo Cielo–y de todo
¡pero está el Juicio Final!

Emily Dickinson, Amherst, 1830- 1886
versión © Silvia Camerotto
imagen s/d

413

I never felt at Home—Below—-
And in the Handsome Skies
I shall not feel at Home—I know—
I don't like Paradise—

Because it's Sunday—all the time—
And Recess—never comes—
And Eden'll be so lonesome
Bright Wednesday Afternoons—

If God could make a visit—
Or ever took a Nap—
So not to see us—but they say
Himself—a Telescope

Perennial beholds us—
Myself would run away
From Him—and Holy Ghost—and All—
But there's the "Judgement Day"!

martes, septiembre 29, 2015

anne sexton. canción de cuna



Canción de cuna

Es una tarde de verano.
Los meses amarillos se encorvan
contra los mosquiteros cerrados
y las descoloridas cortinas
chupan los marcos de las ventanas
y desde otro edificio
una cabra canta en sus sueños.
Esta es la sala de televisión
en la mejor ala de Bedlam.
La enfermera de la noche está
repartiendo las pastillas de la tarde.
Camina sobre dos borradores
rellenos por nosotros uno por uno.
Mi pastilla de dormir es blanca.
Es una espléndida perla,
me hace flotar fuera de mí,
mi piel picada como extranjera
como un rollo de la tela desplegado.
Ignoraré la cama.
Soy lino sobre una tabla.
Dejá que los otros giman en secreto,
dejá que cada mariposa perdida
vuelva a casa. Vieja cabeza de lana,
llevame como a un mes amarillo
mientras la cabra canta arrorró. 

Anne Sexton, Newton, 1928- Weston, 1974
en To Bedlam and Part Way Back (1960),  The complete poems, Houghton Mifflin Company Boston
versión de Flor Codagnone
imagen de Anne Sexton en My Poetic Side




Lullaby

It is a summer evening.
The yellow moths sag
against the locked screens
and the faded curtains
suck over the window sills
and from another building
a goat calls in his dreams.
This is the TV parlor
in the best ward at Bedlam.
The night nurse is passing
out the evening pills.
She walks on two erasers,
padding by us one by one.
My sleeping pill is white.
It is a splendid pearl;
it floats me out of myself,
my stung skin as alien
as a loose bolt of cloth.
I will ignore the bed.
I am linen on a shelf.
Let the others moan in secret;
let each lost butterfly
go home. Old woolen head,
take me like a yellow moth
while the goat calls husha-
bye.

lunes, septiembre 28, 2015

john ashbery. inmóvil en aguas extrañas



Inmóvil en aguas extrañas

En presencia de ambos, cada uno confundió
la sinceridad del otro por un complot elaborado.
Y tal vez así fue ¿quién sabe?
Hubo cierta hostilidad, hostilidad
en la manera en que hablaban entre sí
mientras las gotas de licor tibio caían.

En el llanto sensual del cielo, la loca bondad
de las estatuas, los fragmentos de hojas todavía volando alrededor
vanidosas después de que el invierno se ha puesto en marcha;
el saludo cerrado, el firme apretón de manos,
era tema suficiente para uno o más sueños,
incluso malos, que sin duda algunos se oscurecían
en sus contornos. Nos reíamos de estos,

creyendo que eran tema de la grandilocuente fábula
para un niño sobre lo que ocurre en la mañana,
después de que todos menos el gato se han ido. ¿Puedes
verlo de otro modo? Oh  eufórico
receptor de lo que hay para ser recibido,
cómo te hicimos parir, cuánto mejor
es esperar y preparar nuestra espera
para la gran arremetida, la masa de detalles
aun comprimida en el entusiasmo que queda por delante,
como una flor japonesa de papel.

John Ashbery, Rochester, 1927
de April Galleons, 1987
en Notes from the Air, Selected Later Poems, Harper Collins Publishers, New York, 2007
versión © Silvia Camerotto
 imagen: Collage de John Ashbery publicado en Paris Review en 2009, publicado por Scott Edelman

Becalmed on Strange Waters

In the presence of both, each mistook
the other’s  sincerity for an elaborate plot.
And perhaps something like that did occur-who knows?
There was some hostility, hostility
in the way they talked together
as the drops of warm liquor went down.

In the sky’s sensual pout, the crazy kindness
of statues, the scraps of leaves still blowing around
self-importantly after Winter was well under way;
in the closed greeting, the firm handclasp,
was matter enough for one or more dreams,
even bad ones, but certainly some getting grim
around the edges. We smile at these,

thinking them matter for a  child0s euphuistic
tale of what goes on in the morning,
after everyone but the cat has left. But can you
see otherwise? O ecstatic
receiver of what’s there to be received,
how we belabor thee, how much better
to wait and to prepare our waiting
for the grand rush, the mass of detail
still compacted in the excitement that lies ahead,

like a Japanese paper flower. 

domingo, septiembre 27, 2015

sylvia plath. conversación entre las ruinas


Conversación entre las ruinas

A través del porche de mi casa elegante tu acechas,
con tus furias salvajes, perturbando las guirnaldas de frutas
y los laúdes fabulosos y los pavos reales, desgarrando el tejido
de cualquier decoro que detenga el torbellino.
Ahora, la lujosa estructura de las paredes se desmorona; los grajos graznan
en la aterradora ruina; bajo la luz sombría
de tu ojo tempestuoso, la magia huye
como una bruja cobarde, que abandona el castillo cuando la realidad amanece.

Los pilares fracturados enmarcando proyectos de roca;
mientras te paras heroico con saco y corbata, yo me siento
con túnica griega y rodete a lo Psique,
arraigada a tu mirada oscura, convierten la obra en tragedia.
Con semejante desgracia cayendo sobre nuestra casa en bancarrota
¿qué rito de palabras puede arreglar la destrucción?



Sylvia Plath, Boston, Massachusetts, 1932, Londres, 1963
en Sylvia Plath, Collected Poems, Ted Hughes, Harper, 1981
Versión © Silvia Camerotto
imagen de Giorgio de Chirico, Conversation Among the Ruins, 1927

Conversation Among The Ruins
Through portico of my elegant house you stalk
With your wild furies, disturbing garlands of fruit
And the fabulous lutes and peacocks, rending the net
Of all decorum which holds the whirlwind back.
Now, rich order of walls is fallen; rooks croak
Above the appalling ruin; in bleak light
Of your stormy eye, magic takes flight
Like a daunted witch, quitting castle when real days break.

Fractured pillars frame prospects of rock;
While you stand heroic in coat and tie, I sit
Composed in Grecian tunic and psyche-knot,
Rooted to your black look, the play turned tragic:
Which such blight wrought on our bankrupt estate,

What ceremony of words can patch the havoc?


viernes, septiembre 25, 2015

claudia masin. hans



Hans

Vas a tomar de las palabras lo que pueda servirte para decir 
de las formas impronunciables que adopta la tristeza. 
¿Qué es lo que quisieras decir?  Tal vez que por las noches 
salías a ver cómo se formaba la tormenta, 
y la electricidad del aire te capturaba como un halo
dentro del cual te convertías también en pura radiación,
en pura espera decidida, tensa. O que la primera
vez que te quedaste a solas con el aguacero pensaste
“no se cae la noche por ser tan hermosa”, 
pero sin embargo temblaste, capturada 
por esa forma insólita de la pasión que es el miedo.

Mirabas las ramas torcerse bajo el peso invisible
del viento, la violencia del agua arrancando las hojas,
el jardín expuesto en su desnudez. Un paisaje 
hecho para el sol no resiste la visita de la noche. 
¿Cómo diferenciar desastre de belleza? 
Si es tan similar la devastación que ambos dejan detrás, 
el desconsuelo que provocan al irse, si alguna vez han estado 
cerca nuestro.  

Eras, en la oscuridad de la tormenta, como una exploradora
que ha extraviado la brújula y espera, en la completa
soledad, una señal de los astros, una complicidad azarosa
e improbable que la lleve de regreso a casa.


No es verdad que las exploradoras no temen 
ni que la infancia transcurre en una larga y luminosa mañana. 
El miedo otorga un nombre como una moneda falsa 
para comprar un espacio en el mundo, en el lenguaje. 
Una palabra sola y el territorio de pura luz queda vedado,
minada la gratuidad de la única alegría real,
que es la del cuerpo.   

Claudia Masin, Resistencia, Chaco, 1972

De  Geología, Nusud, Buenos Aires, 2001
imagen de Renato Rizzi, en Divisare

jueves, septiembre 24, 2015

joaquín giannuzzi. cuando el mundo es puesto en duda



Cuando el mundo es puesto en duda

Entre verso y verso se instala una pausa
 donde el mundo es puesto en duda: entonces
pongo mi amarga cabeza a circular por el jardín.
Busco un rumor terrenal
a un costado de la escritura consciente.
Palpo un higo maduro, una dalia inclinada
por el peso del agua
hacia este oscuro planeta. No residen aquí,
en estos suaves, acuerdos, las negaciones
de la existencia, su sonido negro. Al pie del muro
un susurro de violetas, la humedad feliz
de la vida individual. Del otro lado
los días de la muchedumbre que alza los puños
poseída por un conocimiento decisivo. Estas cosas
han optado por sí mismas. Toman la tierra
por asalto, la fecundan con un sentido
que me estoy debiendo. Ahora suena un disparo:
¿debo elegir? ¿Mentir en la oscuridad de mi
 habitación?
¿Cómo ser exacto? La época apresura su pánico
dentro de mi cabeza, allí
donde un aullido oscila oscuramente
de un extremo a otro de lo desconocido.

Joaquín Giannuzzi,  Buenos Aires, 1924-2004
En Violín obligado, Libros de Tierra Firme, Buenos Aires, 1984

Imagen de Jackson Pollock, en Smithsonian.com

miércoles, septiembre 23, 2015

juana bignozzi. tantas flores a la madrugada



Tantas flores a la madrugada tanto vino blanco con los amigos...

Tantas flores a la madrugada tanto vino blanco con los amigos
íntima perdida última
tanta vida para la literatura
tanta hermosa fantasía desplegada
corazoncitos en los vidrios empañados en vez de amor
tanto lúcido ascendente iluminista buen alumno
aquellos mis amiguitos con su pacífico partido de izquierda
tanta prueba de amor colgada de un clavito
tanta vida tirada a los perros y a los cobardes
el recuerdo de algunos que en lo mejor de mi vida
en fin cambiemos de tema
después de besar a los íntimos todos los días
como si fuera la despedida del alma
puedo asegurarles que no les crearé ningún problema
soy muy inofensiva
no me pasearé por el mundo con plumas doradas
ni gritaré a destiempo
sólo que tal va consiga un bote al exilio
o todo termine en un claustro con una labor de petit point

Juana Bignozzi, Buenos Aires, 1937-2015
De Regreso a la patria, Libros de Tierra Firme, Buenos Aires, 1989
imagen de Jessica Doyle, en Art and Musings