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viernes, marzo 20, 2015

ingeborg bachmann. en la penumbra




***
En la penumbra

De nuevo metemos los dos las manos en el fuego,
tú, para el vino de la noche largamente embodegada,
yo, para la fuente de la mañana, que desconoce los lagares.
Aguarda el fuelle del maestro, en quien confiamos.

Al sentir el calor de la preocupación, el soplador se acerca.
Se va antes de que amanezca, viene antes de que llames, es viejo
como la penumbra en nuestras tenues cejas.

De nuevo, él prepara el plomo en caldera de lágrimas,
a ti, para un vaso -se trata de celebrar lo desaprovechado-,
a mí, para el pedazo lleno de humo -este se vacía sobre el fuego.
Así avanzo hasta ti y hago sonar las sombras.

Descubierto está quien ahora vacile,
descubierto, quien haya olvidado el dicho.
¡Tú no puedes ni quieres saberlo,
tú bebes del borde, donde está fresco,
y como antaño, bebes y permaneces sobrio,
a ti aún te crecen cejas, a ti aún te contemplan!

Pero yo ya aguardo el momento
en amor, a mí se me cae el pedazo
en el fuego, a mí se me convierte en el plomo
que era. Y detrás de la bala
estoy yo, tuerta, segura del blanco, delgada,
enviándola al encuentro de la mañana.


De El tiempo postergado
Traducción de Arturo Parada

***
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Pero adónde vamos
no te preocupes no te preocupes 
cuando oscurece y cuando viene el frío
no te preocupes pero
con música 
qué debemos hacer
alegre y con música 
y pensar
alegre cara a un final
con música 
y adónde llevamos
mejor nuestras preguntas y el escalofrío de todos los años
a la lavandería de sueños no te preocupes no te preocupes 
pero qué ocurre
mejor 
cuando sobreviene

un silencio de muerte.

De Invocación a la Osa Mayor
Traducción de Cecilia Dreymüller y Concha García

Ingeborg Bachmann, Klagenfurt, 1926- Roma, 1973
imagen de Ingeborg Bachmann en Lemo Bestand

sábado, febrero 23, 2013

ingeborg bachmann. el tiempo postergado




El tiempo postergado

Vienen días más duros. 
El tiempo postergado hasta nuevo aviso 
asoma por el horizonte. 
Pronto tendrás que atarte los zapatos 
y correr los perros de vuelta a las granjas marismeñas. 
Pues las vísceras de los peces 
se han enfriado al viento. 
Arde pobre la luz de los altramuces. 
Tu mirada rastrea la niebla: 
el tiempo postergado hasta nuevo aviso 
asoma por el horizonte. 

Allí se te hunde la amada en la arena, 
sube por su cabello ondeante, 
le quita la palabra, 
le ordena callarse, 
le parece mortal 
y dispuesta a la despedida 
tras cada abrazo. 

No mires hacia atrás. 
Átate los zapatos. 
Corre los perros de vuelta. 
Tira los peces al mar. 
¡Apaga los altramuces! 

Vienen días más duros.

***

Todos los días

Ya no se declara la guerra, 
se prosigue. Lo inconcebible 
se ha hecho cotidiano. El héroe 
permanece alejado de los combatientes. El débil 
ha avanzado hasta las zonas de fuego. 
El uniforme de diario es la paciencia, 
la condecoración, la mísera estrella 
de la esperanza sobre el corazón. 

Se concede
cuando ya no pasa nada,
cuando el fuego nutrido ha enmudecido,
cuando el enemigo se ha hecho invisible,
y la sombra del armamento eterno
oscurece el cielo.

Se concede 
por abandonar las banderas, 
por el valor ante el amigo, 
por revelar secretos indignos 
y desacatar 
toda orden. 

Ingeborg Bachmann, Klagenfurt, 1926- Roma, 1973
De El tiempo postergado, Ediciones Cátedra S. A., 1991
Versión de Arturo Parada
imagen de Fredrik Ödman© – Oslo Proyect Serie, en Uno de los nuestros

viernes, marzo 09, 2007

tiembla como antaño mi corazón

images.jpg


cuando retumban los cascos de la noche




cuando retumban frente a mi portal los cascos de la noche,
caballo negro,

tiembla, como antaño, mi corazón, y me ofrece en el vuelo

la montura,
roja como el cabestro que Diomedes me prestó.

dominante me precede el viento en la calle oscura

partiendo la negra melena de árboles dormidos

y los frutos, húmedos de luz de luna,

saltan asustados sobre hombro y espada,

entonces arrojo

el látigo sobre una estrella apagada.

una sola vez detengo la carrera, para besar tus labios

infieles;
ya se enreda tu cabello en las riendas,

y tu zapato deja surcos en el polvo.



y aún escucho tu aliento
y la palabra con que me golpeaste.