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lunes, julio 21, 2025

Jorge Aulicino. El Maeström


El Maeström

Ah cuando después de años  ella 

encontró la suavidad del cuerpo de él

envejecido, en el implacable remolino

que nos lleva hacia abajo,

en vueltas concéntricas que nos arrebatan

pedazos, unas caras, unas palabras,

el verano y el dulce invierno,

siempre hacia abajo,

y nos devuelve pedazos de madera,

de diarios, envases amarillos de plástico,

platos en la pileta, cáscaras, nada.


Pero el cuerpo tan profundo

en su instantaneidad,

tan hondo en vida pasada,

ese calor, le parecieron a ella

una revelación del contenido del amor,

de su abismal humanidad, de los sentidos

que nos permiten llegar a un latido olvidado,

como a casas y brasas, un rosal, una higuera.


Jorge Aulicino, Buenos Aires, agosto 1949- julio 2025

De El hombre del codo en la ventana, Barnacle editora, Buenos Aires, 2025



lunes, mayo 05, 2025

Jorge Aulicino. Meditación de los gatos



"Todo gato es personal, romántico, lírico,

y cada cosa que ocurre es personal;

así pues ¿quién me puso acá esta cobija

que ayer estaba sobre la cama?;

¿a qué me traen esa bolsa del mercado?

¿por qué se me puso a llover?"

Las preguntas se estiran desde sus bigotes,

y ahora la gata delicada como una señorita

y el gato blanco y negro como el tao

se miran uno al otro, espejos enfrentados,

van a la ventana, extienden sus miradas

sobre un techo, se rascan, miran fijo,

los absorbe algo que se mueve en la cornisa,

pasan a otra cosa, porque al fin

"ni yo me importo propiamente como yo".

Y el "me" se diluye, "de modo

que soy el centro del mundo: nadie:

el vacío

o el todo".


Jorge Aulicino, Buenos Aires, 1949

de El hombre del codo en la ventana, Barnacle, Buenos Aires, 2025

lunes, junio 10, 2019

jorge aulicino. ni el capitalismo ni el liberalismo

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...

Ni el capitalismo ni el liberalismo nos cambiaron
la vida, la apertura a las importaciones no incluyó
la guillotina, la Casa de las Indias envejeció junto con
nosotros y hemos sido monárquicos hasta cansarnos.
Rezamos, como corresponde, al gauchito, y toda
epifanía habida sobre el río la enterramos,
dada su anunciada peligrosidad. Somos una raza
de analfabetos que camina predicando que esa
tecnología que se oxida en la costa y al lado de las
carreteras nos va a hacer indiferentes y de plásitco,
cómodos, parturientos, egoístas como los ingleses,
y de este modo la pasamos bomba mientras agonizan
todos los viejos propósitos, los diarios vuelan de nuestras
manos, la calidad del crepúsculo aumenta. La calidad
de los asadores. La calidad de nuestra clase media,
la calidad de nuestras confesiones, el amor a los
pájaros, los espacios, la incontaminación del suelo.

Jorge Aulicino, Buenos Aires, 1949
de El río y otros poemas, Barnacle, Buenos Aires, mayo 2019

miércoles, diciembre 05, 2018

jorge aulicino. un revolucionario ruso...

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Un revolucionario ruso exiliado en Estambul medita
sobre el inminente futuro
A Pedro Ignacio Vicuña

De ningún modo creo que de los Escila caeremos en un Caribdis, mas,
si no el caos, ¿qué otra cosa puede reemplazar esta
repetición de cosas? Mitos que nos forjan, cíclopes que se alzan
en forma de tiranos, revoluciones reducidas a cenizas...
Ah, pero lo que presiento acaso nos libere...
El preciso francotirador de Stalingrado, ciudad demolida a cañonazos,
cuyo nombre detesto, pero en la que se erige lo nuevo, el
fusil de la resistencia en alto.
En cuanto a mí... Acaso los sueños resuelvan
nuestro problema y nuestra angustia.
Nos liberaremos de las formas.
Y otro arte entreveo, de figuras superpuestas en un orden
aparente, enormes frisos sobre templos aztecas,
una creación, esto es, un caos de nacimiento,
como los confusos movimientos de una criatura recién parida.
Y desde allí, y desde allí... ¡nacerán de nuevo formas, universos!
¡Malditas, repetidas, incansables formas!

Jorge Aulicino, Buenos Aires, 1949
 de Un poeta griego huye de Londres

Inédito
Imagen de Richard Bowen, Order and Chaos

martes, octubre 23, 2018

jorge aulicino. el conde vlad medita entre las ruinas de un bombardeo

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El conde Vlad medita entre las ruinas de un bombardeo

Un joven inglés, Harker, lanzó sobre mí
la infamia de que caminaba sobre las paredes
como una lagartija y era el amo de las ratas.
No tuve que ver con ratas y sólo moví lobos y tormentas
pero no contra el decrépito Imperio que agoniza,
severamente erguido entre sus ruinas.
Antes de que Londres se llenara de afganos y de indios
taladré esa madriguera con hambre de otra cosa.
Terminé confundido con los zombis grotescos
     que devoran cerebros.
Pues soy el que viví un solo amor
y construí en la eternidad la casa de mi verano.
He sido, lo saben, un exiliado
     de sótanos Industriales
y de vuestros bastones con mango de hueso.
Me odiaron porque amé el rojo crepúsculo
que circulaba por la venas de un cuerpo irrepetible.
Ustedes, que hicieron correr sangre como agua servida
desde el Báltico al Mediterráneo
en la peor guerra que la humanidad haya visto.
Que jamás amaron el líquido rubí, sus palpitaciones,
el pulso de un cuello suave,
el horizonte inflamado de cruces y de lanzas.
¿Cómo habrían de amar la miel de Cristo?
El bramido debajo de la capa.
La tormenta que llegará y limará las rocas,
     las casitas que delimitan
las playas grises de Whitby
y el alto cementerio sin héroes ni bandidos.

Jorge Aulicino, Buenos Aires, 1949
Inédito (de Un poeta griego huye a Londres?)

domingo, junio 10, 2018

juan josé saer. jorge aulicino



[ Juan José Saer]

El día será oscuro hasta el último día,
y los montes y los jardines y la roca y las escolleras
serán siempre falsas, siempre serán coartadas.
El tiempo será oscuro hasta el último día,
y para conocerlo basta un día,
la gata sentada al modo de los gatos, sobre sus cuatro patas,
entre papeles y tazas de café
acecha una inteligencia lejana,
como si la esperara. Pero el viento entre las plantas
atrae su vista hacia la ventana.
El día es una máquina cuyo óxido no lava el aceite
y la máquina escribirá,
hará trajes, destilará petróleo,
extraerá estaño y sílice:
todo, debajo de la virtualidad,
es máquina, los apuntes son sobre la máquina
cuyos fallos están previstos;
la máquina tal vez incluso mueve la sangre
de bosques y montañas.
Y si no es así, de nada vale cantar los bosques
porque no tienen ni promueven ni desean
ni los acercan palabras
ni trazos de pintura sobre la tela,
ni la máquina de una partitura.
No tienen intermediarios
y muchas veces no sabemos si traen el éxtasis o la imbecilidad
y caen, de todos modos, bajo la máquina.
No podés creer en la costa de California
ni en las cabañas ni en la Selva Negra
ni en la verdad de una ruta en la meseta patagónica:
todo es obra, querido, de la máquina.
Y la máquina también morirá porque el día será oscuro hasta el final.

Jorge Aulicino, Buenos Aires, 1949
en Mar de ChukotkaEdiciones op.cit, Buenos Aires, nov. 2017