«Sentir que viajo, que me están trasladando a alguna parte y en la primera parada una vez que los atienden el bar levanten la vista ya está, es la vida extraña en movimiento, los ojos claros las manos grandes las mulatas que abanicaron bajo el enorme sombrero de paja en Hong Kong. Con tres horas de ómnibus puede extrañarse la música de atrás; me traslado viendo el gran estanque con todos que bracean y el agua desborda y es inútil, si alguna vez quise yo también olvido mientras me alejo y el Obispo casi al mismo tiempo dice 'Ñuñoa' como si acabara de ver Ñuñoa por la ventanilla pero lo más probable es que estemos cagados por la misma llanura, la música de atrás, por el mismo poncho que Ernesto ahora respira en la trastienda ya que se cambió de asiento para tenerla cerca, la respira y chupo por el pico cuando el de al lado me pasa la botella que sostengo entre dos manos más grandes y el de al lado es el Obispo que hasta esas dos y pico de la madrugada ocultó a la chilena joven preguntándole en la nebulosa de Mapocho, en el ómnibus a oscuras a la edad de ponerse en marcha: ¿por qué no te quedás en Ñuñoa?
Lo que no puede negarse es que con haber sido inmortal y sobrio la cosa no daba para mucho...».
néstor sánchez
de siberia blues,buenos aires, paradiso, 2006, página 110