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sábado, julio 03, 2010

acepto



Un atardecer de abril después de una separación

Ya no tengo a quién esperar
De modo que para qué preocuparse
Por cambiar las sábanas
o barrer el patio.

Se hace lo imprescindible
regar las plantas
dar de comer a los gatos
¿qué culpa tienen?
Al crepúsculo salgo a la calle
en busca de cerveza.
Mi vecino homosexual me invita
a cenar este sábado en su casa.
Acepto.
Donde no hay sexo no hay problemas.

Estos encuentros
han llegado a ser mi único sentimiento.

Los huesos de mi padre

Hace más de veinte años que murió
y no renovamos el derecho de sus huesos
a permanecer en el nicho.

De mi parte fue intencional.
A mi padre no le gustaba estar encerrado.

Ojalá un sepulturero los haya vendido
y haya comido algo especial con su mujer y sus hijos
o se haya tomado unos vinos
en rueda de amigos.

Y con esos huesos un joven estudie medicina
-esos huesos largos y bien formados-
sin pensar en la muerte.

La forastera

Durante muchas noches de insomnio
he vagado
aterida
por la Ciudad del Pasado.

No llevaba planos
no llevaba guía
no llevaba lámpara.

Como sonámbula
esquivaba los peligros.
Como a forastera
ellos me asaltaban.

Bellos rostros que se abrían como flores
cuerpos del amor…
No pude encontrar mi casa.

Esa Ciudad por la que vagué
fue moldeada
con grandes emociones
con grandes deseos.

Así también
de grande
es su cementerio.


Estela Figueroa, Santa Fe, 1946
imagen: Betsy Rosewald, Decomposition

lunes, abril 12, 2010

el último subsidio


Pequeño reloj de pulsera negro

Fue cuando el médico dijo:
"está muriéndose"
que me compré un pequeño reloj
para medir el tiempo de su agonía.

Todavía lo uso.
Ahora para medir
mi tiempo sin padre.

Transeúnte que me detienes en la calle
y apresuradamente me preguntas la hora,
¡no puedes saber para qué cosas
sirve este reloj!

de A capella, 1991
en Una antología de la poesía argentina (1970-2008), Selección, prólogo y notas: Jorge Fondebrider, Editoria Lom, Santiago de Chile, 2008

El invierno llegó

El invierno llegó
como llegan todas las estaciones.
Con el invierno
el último subsidio.

Mis vecinos esperan
aparecer en las listas.

Los que ya aparecieron
compran muebles
minicomponentes
celulares
y zapatillas que brillan como diamantes.

¿Yo?
Observo. Observo.
fijo mi mirada en las plantas:
después de la inundación
-confundidas-
algunas intentan florecer.

¿Y yo?
Hago una urdimbre secreta
de las pérdidas y las ganancias.
El dinero no figura
ni en un caso ni en otro.

en Poetas argentinas, (1940-1960),Selección y prólogo de Irene Gruss, Ediciones del Dock, Buenos Aires, 2006

Estela Figueroa, Santa Fe, 1946
imagen: Faustino Franco Ramos, El dolor de la inundación