sábado, octubre 20, 2012
verónica zondek. es destrucción sempiterna
***
Es destrucción sempiterna por destino
porfiada como el mundo en perpetuo movimiento
irrepetible quién sabe
nido
con una hoja filosa clavada en el costado mismo de su razón
amurallá
arrasá
des
aparecía.
Van y vienen.
Arden
flotan
emergen las gentes boca abajo
se trizan boca arriba aplastadas
por humano exceso de obra soberbia
por naturaleza a secas
porque sangran la fuerza de las especies
y mueren/gritan dolor
porque heridos los sobrevivientes
porque herida también tú
la condenada al claroscuro
tú
la profanada santa
sobrevives hundida por gracia de
por tanto morir tu resistencia
un poco más acá del saber que por cierto guardas
de la preñez que hará reventar tu semilla
misma la memoria en polvos suspendidos en el viento
un poco más o un poco menos que cualquier cosa
en el anónimo y nombrado desastre de las inversiones
que arrasa y corroe y mata el corazón del humedal
y erige poder tan anónimo frente al horizonte
que envenena las arterias/ las venas/ los capilares
y agota los cauces/ los pozos/ las norias
el cuerpo
y muere el ganado.
Silencio.
Silencio porque a ciencia cierta
no hay hongo que valga un saber
en el acontecer mismo del pasmo.
Ni profeta ni pitonisa:
flor por fuerzas del no olvido
entre escombros y trinos encendidos porque sí
y canelos y mañíos duros de roer
y gentes
que por doquier cosen sus males en sordina amarga
y tabla con tabla más tesón con tesón
construyen una casa
oportunos la arman
pues es menester huir de calofríos salvajes y sombras.
¿Ciudad?
Cuidad nuestra y araña
de finísimo encaje y boca devastadora.
Es tu cuerpo el que veo pender de una hebra.
Es tu cuerpo el que viene de temblor en prodigio
y va de prodigio en temblor
porque hilandera
tejes que tejes para tu niño el tul de un hogar
entre mates mañaneros y cocidos
y un pan caliente untado con miel.
Verónica Zondek, Santiago 1953
Selección de La ciudad que habito, CCM Conarte 2012, Ediciones Kultrún, Valdivia, 2012
imagen de Adam Caldwell© – Fresh, en Uno de los nuestros
viernes, octubre 19, 2012
robert lowell. luego de las sorprendentes conversiones
Luego de las sorprendentes conversiones
Veintidós de septiembre, Señor: hoy
contesto. Hacia fin de mayo,
durante la Ascensión de Nuestro Señor, comenzó
a ser más sensible. Un caballero
de inteligencia más que común, estricto
en la moral, piadoso en la conducta, resistióse
en contra de nuestro aguijón. Un hombre de cierta fama,
una persona de provecho, honrada en la ciudad,
provenía de padres melancólicos; propensos
a secretos arrobamientos, durante años vivieron apartados;
su tío, creo, murió de eso:
buena gente, pero de demasiada o de poca agudeza.
Un domingo prediqué sobre un texto de los Reyes;
y él demostró preocupación por su alma. Algunas cosas
de su experiencia daban esperanzas. Se sentaba
a observar el viento golpeando un árbol,
y alababa este campo que nuestro Señor ha hecho.
Una vez, cuando murió la ternera de un pobre hombre,
él dejó un chelín en el umbral; aunque la sed
de amar lo sacudía como una serpiente, no se atrevió
a abrigar demasiadas esperanzas sobre su lugar
en el cielo. Una vez lo vimos sentado hasta tarde
detrás de la ventana de su desván a la luz de una vela
que goteaba sobre su Biblia; durante esa noche
meditó el terror, y pareció estar
más allá de consejos o razones, porque soñaba
que había sido llamado para hacer sonar la trompeta del Día del Juicio
en Concord. Hacia fin de mayo
se degolló. Y aunque el juez
lo declaró loco, pronto una malsana excitación
paralizó nuestra aldea. A la señal de Jehová
Satán pareció haberse desatado más entre nosotros: Dios
nos abandonó a Satán, y él nos acosó duramente
hasta que pensamos que no podríamos tener tregua
si no terminábamos con la vida. La tranquilidad había desaparecido.
Todo el buen trabajo quedó anulado. Estábamos deshechos.
El hálito de Dios, con un planeado
y sensato designio, se había retirado de esta tierra;
la multitud, una vez indiferente a las dudas,
una vez ni insensible ni curiosa ni devota,
brincaba en pleno mediodía, como si cualquier buhonero
gimiese con su dejo familiar: "Amigo,
degüéllate. Degüéllate. ¡Ahora! ¡Ahora!".
Veintidos de septiembre, Señor, la rama
cruje por las manzanas no recogidas, y al amanecer
la perca de la boca pequeña salta en el agua, atiborrada de huevas.
Robert Lowell, Boston, 1917- New York, 1977
en Poemas de Robert Lowell, versión prólogo y notas por Alberto Girri, Sudamericana, Buenos Aires, 1969
imagen de Tommy Ingberg© – Rage, en Uno de los nuestros
After the surprising conversions
September twenty-second, Sir: today
I answer. In the latter part of May,
Hard on our Lord’s Ascension, it began
To be more sensible. A gentleman
Of more than common understanding, strict
In morals, pious in behavior, kicked
Against our goad. A man of some renown,
An useful, honored person in the town,
He came of melancholy parents; prone
To secret spells, for years they kept alone—
His uncle, I believe, was killed of it:
Good people, but of too much or little wit.
I preached one Sabbath on a text from Kings;
He showed concernment for his soul. Some things
In his experience were hopeful. He
Would sit and watch the wind knocking a tree
And praise this countryside our Lord has made.
Once when a poor man’s heifer died, he laid
A shilling on the doorsill; though a thirst
For loving shook him like a snake, he durst
Not entertain much hope of his estate
In heaven. Once we saw him sitting late
Behind his attic window by a light
That guttered on his Bible; through that night
He meditated terror, and he seemed
Beyond advice or reason, for he dreamed
That he was called to trumpet Judgment Day
To Concord. In the latter part of May
He cut his throat. And though the coroner
Judged him delirious, soon a noisome stir
Palsied our village. At Jehovah’s nod
Satan seemed more let loose amongst us: God
Abandoned us to Satan, and he pressed
Us hard, until we thought we could not rest
Till we had done with life. Content was gone.
All the good work was quashed. We were undone.
The breath of God had carried out a planned
And sensible withdrawal from this land;
The multitude, once unconcerned with doubt,
Once neither callous, curious nor devout,
Jumped at broad noon, as though some peddler groaned
At it in its familiar twang: “My friend,
Cut your own throat. Cut your own throat. Now! Now!”
September twenty-second, Sir, the bough
Cracks with the unpicked apples, and at dawn
The small-mouth bass breaks water, gorged with spawn.
I answer. In the latter part of May,
Hard on our Lord’s Ascension, it began
To be more sensible. A gentleman
Of more than common understanding, strict
In morals, pious in behavior, kicked
Against our goad. A man of some renown,
An useful, honored person in the town,
He came of melancholy parents; prone
To secret spells, for years they kept alone—
His uncle, I believe, was killed of it:
Good people, but of too much or little wit.
I preached one Sabbath on a text from Kings;
He showed concernment for his soul. Some things
In his experience were hopeful. He
Would sit and watch the wind knocking a tree
And praise this countryside our Lord has made.
Once when a poor man’s heifer died, he laid
A shilling on the doorsill; though a thirst
For loving shook him like a snake, he durst
Not entertain much hope of his estate
In heaven. Once we saw him sitting late
Behind his attic window by a light
That guttered on his Bible; through that night
He meditated terror, and he seemed
Beyond advice or reason, for he dreamed
That he was called to trumpet Judgment Day
To Concord. In the latter part of May
He cut his throat. And though the coroner
Judged him delirious, soon a noisome stir
Palsied our village. At Jehovah’s nod
Satan seemed more let loose amongst us: God
Abandoned us to Satan, and he pressed
Us hard, until we thought we could not rest
Till we had done with life. Content was gone.
All the good work was quashed. We were undone.
The breath of God had carried out a planned
And sensible withdrawal from this land;
The multitude, once unconcerned with doubt,
Once neither callous, curious nor devout,
Jumped at broad noon, as though some peddler groaned
At it in its familiar twang: “My friend,
Cut your own throat. Cut your own throat. Now! Now!”
September twenty-second, Sir, the bough
Cracks with the unpicked apples, and at dawn
The small-mouth bass breaks water, gorged with spawn.
jueves, octubre 18, 2012
gustavo adolfo bécquer. rima III y otras
***
3
En la clave del arco ruinoso,
cuyas piedras el tiempo enrojeció,
obra de un cincel rudo, campeaba
el gótico blasón.
Penacho de su yelmo de granito,
la hiedra que colgaba en derredor
daba sombra al escudo en que una mano
tenía un corazón.
A contemplarle en la desierta plaza
nos paramos los dos:
y "Ése -me dijo- es el cabal emblema
de mi constante amor".
¡Ay! y es verdad lo que me dijo entonces:
verdad que el corazón
lo llevará en la mano..., en cualquier parte...
pero en el pecho, no.
***
48
Fingiendo realidades
con sombra vana,
delante del Deseo
va la Esperanza.
Y sus mentiras
como el Fénix renacen
de sus cenizas.
Gustavo Adolfo Bécquer, Sevilla, 1836- Madrid, 1870.
de Rimas, Editorial Kapeluz, Buenos Aires, 1971
imagen de MichaelO© – Carve Your Own Destiny, en Uno de los nuestros
miércoles, octubre 17, 2012
josé maría pallaoro. el sano juicio
El sano juicio
Hemos crecido bajo el concepto de la
devoración del héroe. Las enciclopedias en ese momento y lugar pasaron de moda
y belleza. Comimos del carbón su quebradizo despojo, sembrados en pozos
construidos por nuestros padres. No vimos, ni participamos del inicio del
fuego. Las cenizas que quedaron, primigenias sustancias minerales, no se
detuvieron jamás y permitieron reconstruir la historia a nuestra manera, a
nuestro sano juicio.
08.08.11
Nueva
Roma
Estruja el papel y lo arroja al río. A la
deriva, flota.
Bosteza en el día y se estira y se hace
barquito.
Cruza el camino trazado por la natural
corriente esencial de cualquier vivir.
Llega al mar. Deja la ciudad de los eternos
vagabundeos de viejos y pálidos estilos para ingresar de una buena vez en los
ojos del otro, de los otros (que aún no se animan a viajar a Roma).
20.09.11
La herida de París
La verdad es que no sé qué estaba haciendo en
París. Lo único que recuerdo es que caminaba herido, y caminaba, caminaba… Un
tren y catorce horas ya me alejaban de Roma. Y ahora en París, ¿puede haber
algo más desagradable que la torre de Montparnasse?; y allí estoy, sangrando,
en un piso cualquiera y sin una cámara en la mano. Y sin tus ojos que siempre
miran por mí.
22.09.11
69
El deseo también es la realidad
Llueve. El patio de la morocha golpea las
chapas del galpón que guarda extraños papeles. Pocos saben de las palabras que
acompañan las hojas de tamaños y colores di-versos, difíciles. Ahí está la
clave, dice Gerry Mulligan, soplando un sonido ligero como galgo.
Llueve, mucho, torrencial de vos, y el sol
sigue, distraído, como la morocha que mira el patio y las flores y un mar que
brilla lejos.
07.10.11
José María Pallaoro, La Plata, 1959
En 33
papelitos y una mora horizontal, Libros de la Talita Dorada, City Bell,
2012
imagen de Tommy Ingberg© – Still Standning, en Uno de los nuestros
martes, octubre 16, 2012
jonio gonzález. virago
**
Virago
I
los niños caminan delante
de algún lugar llega
la voz del que iba a ser mi esposo
sus alas se cierran como la noche
y sólo permanece el brillo de la perla
en mi cuello
hay un animal extraviado
en cada hombre
en cada mujer
una roca tallada por el agua
II
la próxima palabra
será incomprensible
ah corazón deja de hablar
no me aturdas una y otra vez
con tu mirada decente
con tu camisa limpia
se sienta a la mesa
bruñido por el sol de mis batallas
III
era su consuelo
su predilección
el aliento de su vida
una eternidad
mira al cielo
cada estrella zigzaguea
en busca de su lugar
y ahora cierra la casa
vete
Jonio González, Buenos Aires, 1954
en Últimos poemas de Eunice Cohen, Plaza Janés, Barcelona, 1999
imagen de Alberto Pancorbo© – Laberintos del alma III, en Uno de los nuestros
lunes, octubre 15, 2012
jonio gonzález. selección
**
Tigresa
una mirada
dos miradas
su respiración apenas si se agita
este mesías
yace mudo a mi lado
inválido en su inteligencia
***
Pentimento
junto a los poemas de Eliot
la foto de Annie
-imposible no recordar
el Retrato de una dama
especialmente ahora
que "el último polaco! suena en la radio
y he quitado las flores marchitas
del jarrón-
hay una evanescencia
diríase que voluntaria
en el aire
todo lo que ha desaparecido
se concentra en una idea
que desaparece
-también ella-
antes de que logre tomar forma
en la reluciente superficie
del espejo
me aliso el vestido
su rostro asoma por detrás de mi hombro
viene en busca de mí
como de la muerte
***
Fotos
la primera vez la última
de pie sentada
sangre y huesos
la piel flexible
¿de qué reíamos?
¿por qué esa mirada absorta?
¿en qué?
aquel vestido
la brisa despeinándonos
en una calle
un brazo alrededor de mi cintura
ven y mira
aquel verano
la vida era
esas risas
ese vestido
esa corrupción detenida
Jonio González, Buenos Aires, 1954
en Últimos poemas de Eunice Cohen, Plaza Janés, Barcelona, 1999
imagen de Jack Vettriano© – Original Sin, en Uno de los nuestros
domingo, octubre 14, 2012
julio cortázar. after such pleasures
After such pleasures
Esta noche, buscando tu boca en
otra boca,
casi creyéndolo, porque así de
ciego es este río
que me tira en mujer y me
sumerge entre sus párpados,
qué tristeza nadar al fin hacia la
orilla del sopor
sabiendo que el placer es ese
esclavo innoble
que acepta las monedas falsas,
las circula sonriendo.
Olvidada pureza, cómo quisiera
rescatar
ese dolor de Buenos Aires, esa
espera sin pausas ni esperanza.
Solo en mi casa abierta sobre el
puerto
otra vez empezar a quererte,
otra vez encontrarme en el café de
la mañana
sin que tanta cosa irrenunciable
hubiera sucedido.
Y no tener que acordarme de este
olvido que sube
para nada, para borrar del
pizarrón tus muñequitos
y no dejarme más que una
ventana sin estrellas.
Julio Cortázar, Bruselas, 1914- París, 1984
de Salvo el crespúsculo, recopilación 1984-2009
imagen de Olga Noes© – Breakable Girl, en Uno de los nuestros
lunes, octubre 08, 2012
juan l. ortiz. este río, estas islas
Este río, estas islas
Para "comprender" este paisaje habría que estar muerto...
un poeta español
Mirábamos el río, las islas, este río, estas islas.
Dos o tres notas, sólo, que jugaban apaciblemente
hasta el infinito, sin elevarse mucho,
en el brillo matinal como de rocío persistente.
Una gracia quieta, quieta, de melodía algo aérea,
que se veía morir, sin embargo.
¿Fue eso, amigo, lo que te trajo el pensamiento de la muerte?
¿O esa paz que parecía, aunque suavemente ensimismada,
querer alzar quién sabe qué vuelo en el celeste húmedo
hacia sutiles "ídolos de sol"?
Venías del centro de la gran inquietud y de la lucha.
Venías del dolor y de la angustia por la suerte de los hermanos.
Venías de la vida noblemente quemada por la pureza de la mañana.
Caías también con cada ráfaga que abatía a los héroes como espigas.
¿Había pues, este río y estas islas;
había, pues, este amor lejano, azulado, del cielo y de las islas?
¿Había, pues, este olvido que temblaba en su fragilidad hialina?
¿Estaba, pues, este andante de Mozart
cuando el amor, el nuevo amor, nos llama desde por ahí con el pecho atravesado?
¿Muerto para este amor había que estar
para sentir profundamente ahora el de este cielo y de estas islas?
¿No era la verdadera vida, la mejor vida, ésa
de caminar alegres, a pesar de todo, a través de la noche,
atender en la noche los gritos y los llantos
y las manos que se tienden entre los hierros pálidos,
y preparar el alba y las "mañanas que canten" para todos
sin que nadie deba estar muerto para nada
si de repente el canto, de tan puro, lo pusiera frente al ángel?
¿O es que de veras sólo desde no sabemos qué formas, siempre
más allá de las que llamamos ahora vivas,
podríamos dar en el secreto de estas horas,
que parecen venir de una desconocida gracia
con un sentido que se dijera no es de este mundo,
tal es su transparente inocencia, tal su sueño
espacial de allá lejos en que hay alas tenuísimas
que brillan y se apagan con una melancolía ya celeste?
-Ah, si esta melancolía fuera la de su soledad
y pudiera nuestro sentimiento
hacerles una íntima, una real compañía mientras aquí se posan...
Pero esta lucecita destacada ya no existiría,
y no es ella la que, con todo, única,
más allá de sí misma, es cierto, muy humilde y perdida
en la sombra o en la luz de estas alas que pasan,
puede tocar a veces el temblor de su vuelo o de su efímero reposo?
¿O acaso por estar justamente separada
sólo ella sentiría la unidad de estos momentos como un halo?
Sin embargo, oh mi amigo, cuando dijiste eso,
también imaginé lo que podría ser
ya apagada la débil luz nostálgica.
¿Del aire o de los árboles, de esos árboles de las islas seríamos?
¿O del pasto recorrido de repente por un misterioso escalofrío de flores?
¿Del aire, qué cosa del aire, al fin, seríamos?
¿Un estremecimiento amanecido, como con un oro interior,
entre las ramas todavía dormidas?
¿O una diáfana presencia ubicua de estas islas
palpitando igual que una dicha apenas visible sobre los bañados
y entre los pajonales y los juncos que algún espíritu roza
o mirando celestemente a través de los follajes
la humilde danza que empieza en los caminitos y en las hierbas?
¿Y en la tarde allí, seríamos esa limpidez absorta, algo triste, ¿por qué?
que se afina con un inexplicable desasosiego íntimo
o se ahonda con la queja grave de la paloma?
¿Y por qué fuego, luego, de vagos abanicos, radiados, pasaríamos
a la brisa que muere, ya estelar, sobre los tallos y los cálices
y la fuga imposible, triste, de los senderos?
¿Y en la alta noche ese hálito en que la sombra suspira de improviso
con un anhelo frágil que sólo el cachilito y las hojas entienden?
¿O esa ligera paz de una oscura unidad recuperada?...
Del aire y de los árboles, sí pero una mínima cosa seríamos, quizás.
Una mínima cosa ciega, como en el éxtasis del amor,
si a ese aire y a esos árboles en la llama o el polvo hubiéramos pasado,
o si llegase allí, ¿de dónde? una nada en no sabemos qué vibración.
¿Volverán algunos átomos a los lugares que fueron queridos?
¿Temblarán un minuto, un brevísimo minuto siquiera, sobre ellos o en ellos?
Ah, pero quizás como en el éxtasis del amor o de la música,
perdidos en la eterna corriente, una, que hace y deshace espumas,
estas espumas, ay, tan perfectas en su infinita gracia anónima
que desde aquí nos turba con un sentido que quisiera aparecer sobre su extraño sueño,
mientras por otro lado o de nuestra misma sangre dolorida, manos, manos nos llaman...
Juan L. Ortiz, Puerto Ruíz, 1896 - Paraná, 1978
de El aire conmovido, 1949
en Juan L. Ortiz, Obra completa, segunda edición, Universidad Nacional del Litoral, Santa Fe, 2005
imagen de Jerry Uelsmann©, Untitled, 1996, en Uno de los nuestros
sábado, octubre 06, 2012
gustavo adolfo bécquer. rima XXXIII
XXXIII
Es cuestión de
palabras, y no obstante
ni tú ni yo jamás,
después de lo pasado,
convendremos
en quién la culpa está.
¡Lástima que el Amor un
diccionario
no tenga donde hallar
cuándo el orgullo es
simplemente orgullo
y cuándo es dignidad!
en Gustavo Adolfo Bécquer, Rimas, Editorial Castalia, 1993
imagen de Jack Vettriano© – Motel Love II, en Uno de los nuestros
jueves, octubre 04, 2012
sylvia plath. ella mason y sus once gatos
Ella
Mason y sus once gatos
La vieja Ella
Mason tiene al menos once gatos,
en su destartalada
casa de Somerset Terrace;
al observar la guarida
de nuestra vecina,
la gente se
pregunta,
y dice: “Algo raro debe haber en una mujer
que cobija tantos gatos”.
que cobija tantos gatos”.
Borracha y de cara roja como una sandía, su voz
ahora jadeante y en declive,
sin razón aparente
Ella Mason es anfitriona de Tabby… Tom y el resto
sin razón aparente
Ella Mason es anfitriona de Tabby… Tom y el resto
con nata y
menudos de pollo complace los paladares
de gatos
melindrosos.
Los chismes del
pueblo cuentan que en los viejos tiempos
ella se
pavoneaba, arrogante y descarada,
una belleza muy chic,
que mataba a los dandis con sus ojos esmeralda;
hoy, es una solterona entrada en carnes, cuya puerta está cerrada
para todos, con
excepción de los gatos.
Cuando niños,
una vez espiamos a Miss Mason
cabeceando en su
cocina cubierta de platos.
En tapetes
sobre la mesa,
en alacenas, gatos insolentes apoltronados,
un único ronco ronroneo surgiendo de sus gargantas peludas:
¡escandalosos gatos!
A codazos y
entre risas, listos para salir corriendo,
escudriñamos
curiosos a través de las telarañas de la puerta
directo a las
miradas amarillas
de los gatos
guardianes agazapados alrededor de su ídolo,
mientras Ella
dormitaba bigotuda, con cara reluciente, y astuta mente:
la esfinge,
reina de los gatos.
‘¡Mira! allá va
ella, ¡la señora-gato Mason!’
Riendo con
disimulo mientras arrastraba sus pies por Somerset Terrace
hacia el
mercado, a buscar la leche,
más gigantesca y
desaliñada cada vez;
‘Miss Ella se ha
vuelto loca por andar mezclándose
con once gatos’.
Pero ahora que
el tiempo nos volvió indulgentes, vemos a Miss Mason
guiñando sus
ojos verdes y solitaria
ante las chicas
que se casan—
recatadas,
dóciles, sin que hagan falta lecciones
que las
vanidosas zorras encaprichadas evidencien en noches de boda,
malditas como
gatas salvajes.
1956
Sylvia Plath, Boston, Massachusetts, 1932, Londres, 1963
Version © Silvia Camerotto
Ella
Mason and her eleven cats
Old Ella Mason keeps cats, eleven at last count,
In her ramshackle house off Somerset Terrace;
People make queries
On seeing our neighbor's cat-haunt,
Saying: ‘Something's addled in a woman who accommodates
That many cats.’
Rum and red-faced as a water-melon, her voice
Long gone to wheeze and seed, Ella Mason
For no good reason
Plays hostess to Tabby, Tom and increase,
With cream and chicken-gut feasting the palates
Of finical cats.
Village stories go that in olden days
Ella flounced about, minx-thin and haughty,
A fashionable beauty,
Slaying the dandies with her emerald eyes;
Now, run to fat, she's a spinster whose door shuts
On all but cats.
Once we children sneaked over to spy Miss Mason
Napping in her kitchen paved with saucers.
On antimacassars
Table-top, cupboard shelf, cats lounged brazen,
One gruff-timbred purr rolling from furred throats:
Such stentorian cats!
With poke and giggle, ready to skedaddle,
We peered agog through the cobwebbed door
Straight into yellow glare
Of guardian cats crouched round their idol,
While Ella drowsed whiskered with sleek face, sly wits:
Sphinx-queen of cats.
‘Look! there she goes, Cat-Lady Mason!’
We snickered as she shambled down Somerset Terrace
To market for her dearies,
More mammoth and blowsy with every season;
‘Miss Ella's got loony from keeping in cahoots
With eleven cats.’
But now turned kinder with time, we mark Miss Mason
Blinking green-eyed and solitary
At girls who marry—
Demure ones, lithe ones, needing no lesson
That vain jades sulk single down bridal nights,
Accurst as wild-cats.
In her ramshackle house off Somerset Terrace;
People make queries
On seeing our neighbor's cat-haunt,
Saying: ‘Something's addled in a woman who accommodates
That many cats.’
Rum and red-faced as a water-melon, her voice
Long gone to wheeze and seed, Ella Mason
For no good reason
Plays hostess to Tabby, Tom and increase,
With cream and chicken-gut feasting the palates
Of finical cats.
Village stories go that in olden days
Ella flounced about, minx-thin and haughty,
A fashionable beauty,
Slaying the dandies with her emerald eyes;
Now, run to fat, she's a spinster whose door shuts
On all but cats.
Once we children sneaked over to spy Miss Mason
Napping in her kitchen paved with saucers.
On antimacassars
Table-top, cupboard shelf, cats lounged brazen,
One gruff-timbred purr rolling from furred throats:
Such stentorian cats!
With poke and giggle, ready to skedaddle,
We peered agog through the cobwebbed door
Straight into yellow glare
Of guardian cats crouched round their idol,
While Ella drowsed whiskered with sleek face, sly wits:
Sphinx-queen of cats.
‘Look! there she goes, Cat-Lady Mason!’
We snickered as she shambled down Somerset Terrace
To market for her dearies,
More mammoth and blowsy with every season;
‘Miss Ella's got loony from keeping in cahoots
With eleven cats.’
But now turned kinder with time, we mark Miss Mason
Blinking green-eyed and solitary
At girls who marry—
Demure ones, lithe ones, needing no lesson
That vain jades sulk single down bridal nights,
Accurst as wild-cats.
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