sábado, octubre 20, 2012

verónica zondek. es destrucción sempiterna


*** 

Es destrucción sempiterna por destino 
porfiada como el mundo en perpetuo movimiento
irrepetible quién sabe 
nido 
con una hoja filosa clavada en el costado mismo de su razón 
amurallá 
arrasá 
des 
aparecía. 

Van y vienen. 
Arden 
flotan 
emergen las gentes boca abajo 
se trizan boca arriba aplastadas 
por humano exceso de obra soberbia 
por naturaleza a secas 
porque sangran la fuerza de las especies 
y mueren/gritan dolor 
porque heridos los sobrevivientes 
porque herida también tú 
la condenada al claroscuro 
tú 
la profanada santa 
sobrevives hundida por gracia de 
por tanto morir tu resistencia 
un poco más acá del saber que por cierto guardas 
de la preñez que hará reventar tu semilla 
misma la memoria en polvos suspendidos en el viento 
un poco más o un poco menos que cualquier cosa 
en el anónimo y nombrado desastre de las inversiones 
que arrasa y corroe y mata el corazón del humedal 
y erige poder tan anónimo frente al horizonte 
que envenena las arterias/ las venas/ los capilares 
y agota los cauces/ los pozos/ las norias 
el cuerpo 

 y muere el ganado. 

 Silencio. 

Silencio porque a ciencia cierta 
no hay hongo que valga un saber 
en el acontecer mismo del pasmo. 

Ni profeta ni pitonisa: 
flor por fuerzas del no olvido 
entre escombros y trinos encendidos porque sí 
y canelos y mañíos duros de roer 
y gentes 
que por doquier cosen sus males en sordina amarga 
y tabla con tabla más tesón con tesón 
construyen una casa 
oportunos la arman 
pues es menester huir de calofríos salvajes y sombras. 

¿Ciudad? 

Cuidad nuestra y araña 
de finísimo encaje y boca devastadora. 
Es tu cuerpo el que veo pender de una hebra. 
Es tu cuerpo el que viene de temblor en prodigio 
y va de prodigio en temblor 
porque hilandera 
tejes que tejes para tu niño el tul de un hogar 
entre mates mañaneros y cocidos 
y un pan caliente untado con miel. 


Verónica Zondek, Santiago 1953 
Selección de La ciudad que habito, CCM Conarte 2012, Ediciones Kultrún, Valdivia, 2012 
imagen de Adam Caldwell© – Fresh, en Uno de los nuestros

viernes, octubre 19, 2012

robert lowell. luego de las sorprendentes conversiones



Luego de las sorprendentes conversiones

Veintidós de septiembre, Señor: hoy
contesto. Hacia fin de mayo,
durante la Ascensión de Nuestro Señor, comenzó
a ser más sensible. Un caballero 
de inteligencia más que común, estricto
en la moral, piadoso en la conducta, resistióse
en contra de nuestro aguijón. Un hombre de cierta fama,
una persona de provecho, honrada en la ciudad,
provenía de padres melancólicos; propensos
a secretos arrobamientos, durante años vivieron apartados;
su tío, creo, murió de eso:
buena gente, pero de demasiada o de poca agudeza.
Un domingo prediqué sobre un texto de los Reyes;
y él demostró preocupación por su alma. Algunas cosas
de su experiencia daban esperanzas. Se sentaba
a observar el viento golpeando un árbol,
y alababa este campo que nuestro Señor ha hecho.
Una vez, cuando murió la ternera de un pobre hombre,
él dejó un chelín en el umbral; aunque la sed
de amar lo sacudía como una serpiente, no se atrevió
a abrigar demasiadas esperanzas sobre su lugar
en el cielo. Una vez lo vimos sentado hasta tarde
detrás de la ventana de su desván a la luz de una vela
que goteaba sobre su Biblia; durante esa noche
meditó el terror, y pareció estar
más allá de consejos o razones, porque soñaba
que había sido llamado para hacer sonar la trompeta del Día del Juicio
en Concord. Hacia fin de mayo
se degolló. Y aunque el juez
lo declaró loco, pronto una malsana excitación 
paralizó nuestra aldea. A la señal de Jehová
Satán pareció haberse desatado más entre nosotros: Dios 
nos abandonó a Satán, y él nos acosó duramente
hasta que pensamos que no podríamos tener tregua
si no terminábamos con la vida. La tranquilidad había desaparecido.
Todo el buen trabajo quedó anulado. Estábamos deshechos.
El hálito de Dios, con un planeado
y sensato designio, se había retirado de esta tierra;
la multitud, una vez indiferente a las dudas,
una vez ni insensible ni curiosa ni devota,
brincaba en pleno mediodía, como si cualquier buhonero
gimiese con su dejo familiar: "Amigo,
degüéllate. Degüéllate. ¡Ahora! ¡Ahora!".
Veintidos de septiembre, Señor, la rama
cruje por las manzanas no recogidas, y al amanecer
la perca de la boca pequeña salta en el agua, atiborrada de huevas.

Robert Lowell,  Boston, 1917- New York, 1977
en Poemas de Robert Lowell, versión prólogo y notas por Alberto Girri, Sudamericana, Buenos Aires, 1969
imagen de Tommy Ingberg© – Rage, en Uno de los nuestros



After the surprising conversions

September twenty-second, Sir: today 
I answer. In the latter part of May, 
Hard on our Lord’s Ascension, it began 
To be more sensible. A gentleman 
Of more than common understanding, strict 
In morals, pious in behavior, kicked 
Against our goad. A man of some renown, 
An useful, honored person in the town, 
He came of melancholy parents; prone 
To secret spells, for years they kept alone— 
His uncle, I believe, was killed of it: 
Good people, but of too much or little wit. 
I preached one Sabbath on a text from Kings; 
He showed concernment for his soul. Some things 
In his experience were hopeful. He 
Would sit and watch the wind knocking a tree 
And praise this countryside our Lord has made. 
Once when a poor man’s heifer died, he laid 
A shilling on the doorsill; though a thirst 
For loving shook him like a snake, he durst 
Not entertain much hope of his estate 
In heaven. Once we saw him sitting late 
Behind his attic window by a light 
That guttered on his Bible; through that night 
He meditated terror, and he seemed 
Beyond advice or reason, for he dreamed 
That he was called to trumpet Judgment Day 
To Concord. In the latter part of May 
He cut his throat. And though the coroner 
Judged him delirious, soon a noisome stir 
Palsied our village. At Jehovah’s nod 
Satan seemed more let loose amongst us: God 
Abandoned us to Satan, and he pressed 
Us hard, until we thought we could not rest 
Till we had done with life. Content was gone. 
All the good work was quashed. We were undone. 
The breath of God had carried out a planned 
And sensible withdrawal from this land; 
The multitude, once unconcerned with doubt, 
Once neither callous, curious nor devout, 
Jumped at broad noon, as though some peddler groaned 
At it in its familiar twang: “My friend, 
Cut your own throat. Cut your own throat. Now! Now!” 
September twenty-second, Sir, the bough 
Cracks with the unpicked apples, and at dawn 
The small-mouth bass breaks water, gorged with spawn. 

jueves, octubre 18, 2012

gustavo adolfo bécquer. rima III y otras


***
3

En la clave del arco ruinoso,
cuyas piedras el tiempo enrojeció,
obra de un cincel rudo, campeaba
el gótico blasón.

Penacho de su yelmo de granito,
la hiedra que colgaba en derredor
daba sombra al escudo en que una mano
tenía un corazón.

A contemplarle en la desierta plaza
nos paramos los dos:
y "Ése -me dijo- es el cabal emblema 
de mi constante amor".

¡Ay! y es verdad lo que me dijo entonces:
verdad que el corazón
lo llevará en la mano..., en cualquier parte...
pero en el pecho, no.

***
48

Fingiendo realidades
con sombra vana,
delante del Deseo
va la Esperanza.
Y sus mentiras
como el Fénix renacen
de sus cenizas.


Gustavo Adolfo Bécquer, Sevilla, 1836- Madrid, 1870.
de Rimas, Editorial Kapeluz, Buenos Aires, 1971
imagen de MichaelO© – Carve Your Own Destiny,  en Uno de los nuestros

miércoles, octubre 17, 2012

josé maría pallaoro. el sano juicio




El sano juicio

Hemos crecido bajo el concepto de la devoración del héroe. Las enciclopedias en ese momento y lugar pasaron de moda y belleza. Comimos del carbón su quebradizo despojo, sembrados en pozos construidos por nuestros padres. No vimos, ni participamos del inicio del fuego. Las cenizas que quedaron, primigenias sustancias minerales, no se detuvieron jamás y permitieron reconstruir la historia a nuestra manera, a nuestro sano juicio.
08.08.11

Nueva Roma

Estruja el papel y lo arroja al río. A la deriva, flota.
Bosteza en el día y se estira y se hace barquito.
Cruza el camino trazado por la natural corriente esencial de cualquier vivir.
Llega al mar. Deja la ciudad de los eternos vagabundeos de viejos y pálidos estilos para ingresar de una buena vez en los ojos del otro, de los otros (que aún no se animan a viajar a Roma).
20.09.11

La herida de París

La verdad es que no sé qué estaba haciendo en París. Lo único que recuerdo es que caminaba herido, y caminaba, caminaba… Un tren y catorce horas ya me alejaban de Roma. Y ahora en París, ¿puede haber algo más desagradable que la torre de Montparnasse?; y allí estoy, sangrando, en un piso cualquiera y sin una cámara en la mano. Y sin tus ojos que siempre miran por mí.
22.09.11

69

El deseo también es la realidad
Llueve. El patio de la morocha golpea las chapas del galpón que guarda extraños papeles. Pocos saben de las palabras que acompañan las hojas de tamaños y colores di-versos, difíciles. Ahí está la clave, dice Gerry Mulligan, soplando un sonido ligero como galgo.
Llueve, mucho, torrencial de vos, y el sol sigue, distraído, como la morocha que mira el patio y las flores y un mar que brilla lejos.
07.10.11

José María Pallaoro, La Plata, 1959
En 33 papelitos y una mora horizontal, Libros de la Talita Dorada, City Bell, 2012
imagen de Tommy Ingberg© – Still Standning, en Uno de los nuestros

martes, octubre 16, 2012

jonio gonzález. virago



**
Virago

I
los niños caminan delante
de algún lugar llega
la voz del que iba a ser mi esposo

sus alas se cierran como la noche
y sólo permanece el brillo de la perla
en mi cuello

hay un animal extraviado
en cada hombre
en cada mujer
una roca tallada por el agua

II
la próxima palabra
será incomprensible

ah corazón deja de hablar
no me aturdas una y otra vez

con tu mirada decente
con tu camisa limpia

se sienta a la mesa
bruñido por el sol de mis batallas

III
era su consuelo
su predilección
el aliento de su vida

una eternidad

mira al cielo
cada estrella zigzaguea
en busca de su lugar

y ahora cierra la casa
vete

Jonio González, Buenos Aires, 1954
en Últimos poemas de Eunice Cohen, Plaza Janés, Barcelona, 1999
imagen de Alberto Pancorbo© – Laberintos del alma III, en Uno de los nuestros

lunes, octubre 15, 2012

jonio gonzález. selección


**
Tigresa

una mirada
dos miradas
su respiración apenas si se agita

este mesías
yace mudo a mi lado

inválido en su inteligencia


***
Pentimento

junto a los poemas de Eliot
la foto de Annie
-imposible no recordar
el Retrato de una dama
especialmente ahora
que "el último polaco! suena en la radio
y he quitado las flores marchitas
del jarrón-

hay una evanescencia
diríase que voluntaria
en el aire
todo lo que ha desaparecido
se concentra en una idea
que desaparece
-también ella-
antes de que logre tomar forma

en la reluciente superficie
del espejo
me aliso el vestido
su rostro asoma por detrás de mi hombro

viene en busca de mí
como de la muerte


***
Fotos

la primera vez la última
de pie sentada
sangre y huesos
la piel flexible
¿de qué reíamos?
¿por qué esa mirada absorta?
¿en qué?
aquel vestido
la brisa despeinándonos
en una calle
un brazo alrededor de mi cintura
ven y mira
aquel verano
la vida era
esas risas
ese vestido
esa corrupción detenida



Jonio González, Buenos Aires, 1954
en Últimos poemas de Eunice Cohen, Plaza Janés, Barcelona, 1999
imagen de Jack Vettriano© – Original Sin, en Uno de los nuestros

domingo, octubre 14, 2012

julio cortázar. after such pleasures




After such pleasures

Esta noche, buscando tu boca en
otra boca,
casi creyéndolo, porque así de
ciego es este río
que me tira en mujer y me
sumerge entre sus párpados,
qué tristeza nadar al fin hacia la
orilla del sopor
sabiendo que el placer es ese
esclavo innoble
que acepta las monedas falsas,
las circula sonriendo.
Olvidada pureza, cómo quisiera
rescatar
ese dolor de Buenos Aires, esa
espera sin pausas ni esperanza.
Solo en mi casa abierta sobre el
puerto
otra vez empezar a quererte,
otra vez encontrarme en el café de
la mañana
sin que tanta cosa irrenunciable
hubiera sucedido.
Y no tener que acordarme de este
olvido que sube
para nada, para borrar del
pizarrón tus muñequitos
y no dejarme más que una
ventana sin estrellas.

Julio Cortázar, Bruselas, 1914- París, 1984
de Salvo el crespúsculo, recopilación 1984-2009
imagen de Olga Noes© – Breakable Girl, en Uno de los nuestros

lunes, octubre 08, 2012

juan l. ortiz. este río, estas islas


Este río, estas islas

Para "comprender" este paisaje habría que estar muerto... 
un poeta español

Mirábamos el río, las islas, este río, estas islas.
Dos o tres notas, sólo, que jugaban apaciblemente
hasta el infinito, sin elevarse mucho,
en el brillo matinal como de rocío persistente.
Una gracia quieta, quieta, de melodía algo aérea,
que se veía morir, sin embargo. 

¿Fue eso, amigo, lo que te trajo el pensamiento de la muerte?
¿O esa paz que parecía, aunque suavemente ensimismada,
querer alzar quién sabe qué vuelo en el celeste húmedo
hacia sutiles "ídolos de sol"?

Venías del centro de la gran inquietud y de la lucha.
Venías del dolor y de la angustia por la suerte de los hermanos.
Venías de la vida noblemente quemada por la pureza de la mañana.
Caías también con cada ráfaga que abatía a los héroes como espigas.
¿Había pues, este río y estas islas;
había, pues, este amor lejano, azulado, del cielo y de las islas?
¿Había, pues, este olvido que temblaba en su fragilidad hialina?
¿Estaba, pues, este andante de Mozart
cuando el amor, el nuevo amor, nos llama desde por ahí con el pecho atravesado?

¿Muerto para este amor había que estar
para sentir profundamente ahora el de este cielo y de estas islas?
¿No era la verdadera vida, la mejor vida, ésa
de caminar alegres, a pesar de todo, a través de la noche,
atender en la noche los gritos y los llantos
y las manos que se tienden entre los hierros pálidos,
y preparar el alba y las "mañanas que canten" para todos
sin que nadie deba estar muerto para nada
si de repente el canto, de tan puro, lo pusiera frente al ángel?

¿O es que de veras sólo desde no sabemos qué formas, siempre
más allá de las que llamamos ahora vivas,
podríamos dar en el secreto de estas horas,
que parecen venir de una desconocida gracia
con un sentido que se dijera no es de este mundo,
tal es su transparente inocencia, tal su sueño
espacial de allá lejos en que hay alas tenuísimas
que brillan y se apagan con una melancolía ya celeste?
-Ah, si esta melancolía fuera la de su soledad
y pudiera nuestro sentimiento
hacerles una íntima, una real compañía mientras aquí se posan...
Pero esta lucecita destacada ya no existiría,
y no es ella la que, con todo, única,
más allá de sí misma, es cierto, muy humilde y perdida
en la sombra o en la luz de estas alas que pasan,
puede tocar a veces el temblor de su vuelo o de su efímero reposo?
¿O acaso por estar justamente separada
sólo ella sentiría la unidad de estos momentos como un halo?
Sin embargo, oh mi amigo, cuando dijiste eso,
también imaginé lo que podría ser
ya apagada la débil luz nostálgica.
¿Del aire o de los árboles, de esos árboles de las islas seríamos?
¿O del pasto recorrido de repente por un misterioso escalofrío de flores?
¿Del aire, qué cosa del aire, al fin, seríamos?
¿Un estremecimiento amanecido, como con un oro interior,
entre las ramas todavía dormidas?
¿O una diáfana presencia ubicua de estas islas
palpitando igual que una dicha apenas visible sobre los bañados
y entre los pajonales y los juncos que algún espíritu roza
o mirando celestemente a través de los follajes
la humilde danza que empieza en los caminitos y en las hierbas?
¿Y en la tarde allí, seríamos esa limpidez absorta, algo triste, ¿por qué?
que se afina con un inexplicable desasosiego íntimo
o se ahonda con la queja grave de la paloma?
¿Y por qué fuego, luego, de vagos abanicos, radiados, pasaríamos
a la brisa que muere, ya estelar, sobre los tallos y los cálices
y la fuga imposible, triste, de los senderos?
¿Y en la alta noche ese hálito en que la sombra suspira de improviso
con un anhelo frágil que sólo el cachilito y las hojas entienden?
¿O esa ligera paz de una oscura unidad recuperada?...

Del aire y de los árboles, sí pero una mínima cosa seríamos, quizás.
Una mínima cosa ciega, como en el éxtasis del amor,
si a ese aire y a esos árboles en la llama o el polvo hubiéramos pasado,
o si llegase allí, ¿de dónde? una nada en no sabemos qué vibración.
¿Volverán algunos átomos a los lugares que fueron queridos?
¿Temblarán un minuto, un brevísimo minuto siquiera, sobre ellos o en ellos?
Ah, pero quizás como en el éxtasis del amor o de la música,
perdidos en la eterna corriente, una, que hace y deshace espumas,
estas espumas, ay, tan perfectas en su infinita gracia anónima
que desde aquí nos turba con un sentido que quisiera aparecer sobre su extraño sueño,
mientras por otro lado o de nuestra misma sangre dolorida, manos, manos nos llaman...


Juan L. Ortiz, Puerto Ruíz, 1896 - Paraná, 1978
de El aire conmovido, 1949
en Juan L. Ortiz, Obra completa, segunda edición, Universidad Nacional del Litoral, Santa Fe, 2005

imagen de Jerry Uelsmann©, Untitled, 1996, en Uno de los nuestros



sábado, octubre 06, 2012

gustavo adolfo bécquer. rima XXXIII



XXXIII

Es cuestión de palabras, y no obstante
ni tú ni yo jamás,
después de lo pasado, convendremos
en quién la culpa está.

¡Lástima que el Amor un diccionario
no tenga donde hallar
cuándo el orgullo es simplemente orgullo
y cuándo es dignidad!


Adolfo Bécquer, Sevilla, 1836 – Madrid, 1870
en Gustavo Adolfo Bécquer, Rimas, Editorial Castalia, 1993

imagen de Jack Vettriano© – Motel Love II, en Uno de los nuestros

jueves, octubre 04, 2012

sylvia plath. ella mason y sus once gatos






Ella Mason y sus once gatos

La vieja Ella Mason tiene al menos once gatos,
en su destartalada casa de Somerset Terrace;
al observar la guarida de nuestra vecina,
la gente se pregunta,
y dice: “Algo raro debe haber en una mujer 
que cobija tantos gatos”.

Borracha y de cara roja como una sandía, su voz
ahora jadeante y en declive, 
sin razón aparente 
Ella Mason es anfitriona de Tabby… Tom y el resto
con nata y menudos de pollo complace los paladares
de gatos melindrosos.

Los chismes del pueblo cuentan que en los viejos tiempos
ella se pavoneaba, arrogante y descarada,
una belleza muy chic,
que mataba a los dandis con sus ojos esmeralda;
hoy, es una solterona entrada en carnes, cuya puerta está cerrada
para todos, con excepción de los gatos.

Cuando niños, una vez espiamos a Miss Mason
cabeceando en su cocina cubierta de platos.
En tapetes
sobre la mesa, en alacenas, gatos insolentes apoltronados,
un único ronco  ronroneo surgiendo de sus gargantas peludas:
¡escandalosos gatos!

A codazos y entre risas, listos para salir corriendo,
escudriñamos curiosos a través de las telarañas de la puerta
directo a las miradas amarillas
de los gatos guardianes agazapados alrededor de su ídolo,
mientras Ella dormitaba bigotuda, con cara reluciente, y astuta mente:
la esfinge, reina de los gatos.

‘¡Mira! allá va ella, ¡la señora-gato Mason!’
Riendo con disimulo mientras arrastraba sus pies por Somerset Terrace
hacia el mercado, a buscar la leche,
más gigantesca y desaliñada cada vez;
‘Miss Ella se ha vuelto loca por andar mezclándose
con once gatos’.


Pero ahora que el tiempo nos volvió indulgentes, vemos a Miss Mason
guiñando sus ojos verdes y solitaria
ante las chicas que se casan—
recatadas, dóciles, sin que hagan falta lecciones
que las vanidosas zorras encaprichadas evidencien en noches de boda,
malditas como gatas salvajes.

1956

Sylvia Plath, Boston, Massachusetts, 1932, Londres, 1963
Version © Silvia Camerotto
Imagen de Scott G Brooks©, Natural Beauty, en Uno de los nuestros 

Ella Mason and her eleven cats

Old Ella Mason keeps cats, eleven at last count,
In her ramshackle house off Somerset Terrace;
People make queries
On seeing our neighbor's cat-haunt,
Saying: ‘Something's addled in a woman who accommodates
That many cats.’

Rum and red-faced as a water-melon, her voice
Long gone to wheeze and seed, Ella Mason
For no good reason
Plays hostess to Tabby, Tom and increase,
With cream and chicken-gut feasting the palates
Of  finical cats.

Village stories go that in olden days
Ella flounced about, minx-thin and haughty,
A fashionable beauty,
Slaying the dandies with her emerald eyes;
Now, run to fat, she's a spinster whose door shuts
On all but cats.

Once we children sneaked over to spy Miss Mason
Napping in her kitchen paved with saucers.
On antimacassars
Table-top, cupboard shelf, cats lounged brazen,
One gruff-timbred purr rolling from furred throats:
Such stentorian cats!

With poke and giggle, ready to skedaddle,
We peered agog through the cobwebbed door
Straight into yellow glare
Of guardian cats crouched round their idol,
While Ella drowsed whiskered with sleek face, sly wits:
Sphinx-queen of cats.

‘Look! there she goes, Cat-Lady Mason!’
We snickered as she shambled down Somerset Terrace
To market for her dearies,
More mammoth and blowsy with every season;
‘Miss Ella's got loony from keeping in cahoots
With eleven cats.’

But now turned kinder with time, we mark Miss Mason
Blinking green-eyed and solitary
At girls who marry—
Demure ones, lithe ones, needing no lesson
That vain jades sulk single down bridal nights,
Accurst as wild-cats.