sábado, julio 31, 2010

por toda ciencia


El holandés volador

Inquebrantable y orgulloso del desafío
a la deriva, sin nadie a quien servir o a quien mandar,
al fin dueño de si mismo, y todo por la Ciencia,
busca la tierra perdida.

Solo, siguiendo la única luz de su único pensamiento,
timonea para encontrar la costa de donde vinimos, —
sin temor a que un torbellino lo atrape
en los mares sin nombre.

Navega hacia la noche; y después de la noche
llega el amanecer, aunque el sol no esté;
entonces, sin nada más a la vista que sí mismo,
sin objetivo, navega.

Al final se despeja la nube
entre la inundación que tiene delante y el cielo;
y luego —aunque maldiga en voz alta el Poder
que no tiene poder para morir—

se aleja del tormento del viejo fantasma
de lo que antes estuvo allí—
abandonando una vez más, impertérrito
como siempre, otra isla cercada por la niebla.

Edwin Arlington Robinson -Lincoln County, Maine1869- New York 1935
Versión © silvia camerotto
Online text © 1998-2009 Poetry X. All rights reserved.
de The Three Taverns | 1920
imagen: Albert Pinkham  Ryder, The flying dutchman

The Flying Dutchman

Unyielding in the pride of his defiance,
Afloat with none to serve or to command,
Lord of himself at last, and all by Science,
He seeks the Vanished Land.

Alone, by the one light of his one thought,
He steers to find the shore from which we came,—
Fearless of in what coil he may be caught
On seas that have no name.

Into the night he sails; and after night
There is a dawning, though there be no sun;
Wherefore, with nothing but himself in sight,
Unsighted, he sails on.

At last there is a lifting of the cloud
Between the flood before him and the sky;
And then—though he may curse the Power aloud
That has no power to die—

He steers himself away from what is haunted
By the old ghost of what has been before,—
Abandoning, as always, and undaunted,
One fog-walled island more.

miércoles, julio 28, 2010

esta sí es la soledad


Tejes

Tejes. Callamos. Yo leo,
que es mi modo de tejer.
La casa empieza a tener
frialdad de mausoleo.
Hace frío.
Sí; hace frío.
Pon otro poco de leña.
En el cuadro un árbol sueña
y frente a él corre un río.
Rafael no viene más.
Ya no viene más Irene.
¿Y Dora?
¿Y Pedro?
¿Y Tomás?
Ya ninguno de ellos viene.
Además, ¡cuántos se han ido
por éste o aquel sendero!
Otros nacieron, pero
también los hemos perdido.
Transcurren unos minutos
en una quietud tan pura
que el tejido y la lectura
son perfectos y absolutos.
¿Oyes? Salen de la escuela
los chicos.
Pues, ¿qué hora es?
Hablan y cantan. Después
sólo queda una estela.
¿Han llamado?
Sí, han llamado.
Nadie ha llamado a la puerta.
Está la calle desierta
como un camino olvidado.
El reloj marca una hora
cualquiera en la eternidad.
Esta sí es la soledad.
Nunca la sentí hasta ahora.
Es tarde.
Es tarde.
Cerramos
la llave de luz. Salimos.
Hasta luego.
Y nos dormimos.
Y después despertamos.

Ezequiel Martínez Estrada, San José de la esquina, Santa Fe, 1895- Bahía Blanca, 1964
de Tres poemas del anocher, 1964, Revista Sur
Gentileza de Jorge Fondebrider
imagen: Margaret Michaelis, s/d

lunes, julio 26, 2010

si todo se derrama



Presión

Una muralla.
Mejor,
una represa contiene a los recuerdos suspendidos.
Igual siempre goteamos.
Pero si se abren las esclusas, si se rompe,
si todo se derrama
habrá que ver qué pasa,
qué tanto sobrevive,
si boqueamos.

Jorge Fondebrider, Buenos Aires 1956
Inédito
imagen: Magritte, Double secret

domingo, julio 25, 2010

javier galarza. caligrafías


caligrafías

te convoco con palabras
de mago. hasta romper mi boca
contra el silencio del alba.

para amar tu disolución
en la sombra. la llovizna
de tus dichos:

tu militancia en lo prohibido

voy a quererte como pueda.
a decirte donde alcance.

que no se borre tu nombre
en la ventana —tu caligrafía
de vacilaciones


voy a amar las celosías
del invierno. todo lo que
humedezca el dibujo torpe
de tu nombre.

las pintadas rebeldes
de nuestra resistencia
en la pared.

Javier Galarza, Buenos Aires, 1968
Inédito
imagen: Rachel McCauley, s/d

sábado, julio 24, 2010

gruss, gruss, gruss


El tiempo que demoras en terminar cada cosa
igual al de las cosas a medio hacer.
Nada perturba:
ni la conciencia ni la ensoñación de ver algo
hecho y cerrado.
A modo de hilván y a medias todo.
Que un límite no cierre lo que no quieres cerrar: parece más vivo
lo inacabado. Allí el vestido sin doblar,
allí los hijos, idos; así un final, como un principio, entremezclado y sucio
de arena del reloj.
Así irresuelta, desparramado un eco,
la brasa sin atizar.

Irene Gruss, Buenos Aires, 1950
Inédito
imagen: Francisco Cruz de Castro, Reloj de arena

viernes, julio 23, 2010

pobre la que no puede...


Con personas

Yo abrazaría el mundo
de ser Edith Piaf.
Retorcería la furia del mundo
de ser June Jordan, o su
madre.
Negaría el mundo
si fuera
Emily Dickinson.
El asunta sería
si no lo abrazara,
ni yo diera furia,
ni encerrada de blanco
cocinase para mis vecinos.

Oración de la pobre

Pobre de la intranquila
de la consecuente
de la que no satisface su
pedido, ah pobre de la
inquieta
de la cumbre borrascosa,
de la azucena
marchita en el vaso,
pobre de la que espera
de ida y de vuelta
pobre su oración
de pobre.
Pobre la que se rebela
ay de esa oración
de la rebelión
de la Pobre.
La fantasmagoría de
pobre la mujer,
pobre la soledad,
la poca virtud
la poca acción
del llanto.
Pobre la que no puede
hacer novela
ni film
ni realidad
con la pobreza.
Pobre la que se rebela, y
guay con la rebelión,
pobre inquieta.

Mujer irresuelta

Yo quisiera, como Gauguin, largar todo e irme,
dejar mi familia, la no tan sólida
posición
e irme a escribir a alguna isla
más solidaria.
Esa tranquilidad de Gauguin,
permanecer en una isla
tan calurosa, donde las mujeres
escupen resignadas
carozos de fruta silvestre.

Irene Gruss, Buenos Aires, 1950
de Irene Gruss, La mitad de la verdad, Obra poética reunida 1982-2007, Bajo la luna poesía, Buenos Aires, 2008
imagen: Gauguin, La felicidad

miércoles, julio 21, 2010

y ahora resulta que las musas aman...


Soneto a Violante

Yo no sé hacer sonetos más que amando.
Brotan en mí, me nacen sin licencia,
los hago o ellos me hacen. Inocencia,
de amor que se descubre. Tú, esperando,

tú, mi Violante, un sueño acariciando,
¿cómo quieres que yo no arda en vehemencia
y por catorce llamas de impaciencia
no exhale el alma que te está cantando?

Si yo he amado volcán, árbol y torre,
si te abraza y te abrasa y te recorre
hiedra envolvente y sangre surtidora,

si eres musa y mujer, pena y secreto,
te he de entregar celoso mi alfabeto
que de ti y de tus labios se enamora.


El nuevo ser

¿Y ahora resulta que las musas aman,
que las musas amáis, que sois mujeres,
que ya me estás queriendo, que me quieres,
que no quieres volver donde te llaman?

¿Que tus cinco sentidos se te inflaman
y tu piel está loca de alfileres?
Carne, celeste carne, ¿también eres
sensitiva a los dedos que te enraman?

Ven, que quiero obtener tu timbre puro
y liberar del éxtasis tu arpegio.
Ven que te arranque un son de sortilegio,

tu nunca oído son que te inauguro.
Ven ya que te bautice entre mujeres:
Violante, el nombre crea, mía eres.



Álamo cerrado

Cuando estoy a tu lado ¿por qué callas?
Tus labios apretados, di, ¿qué río
interior te represan, qué rocío
roban volando y brillan, y batallas

contra ti misma y tiemblas y avasallas
tu cauteloso amor y en desvarío
le haces estremecer de escalofrío,
amor amordazado en tus murallas?

Toda eres tú temblor de álamo verde,
temblando estás -mi brisa te remuerde-
raíz, tronco, ramas, hojas, flores, cielo.

Y se te asoman lágrimas de savia
y te rezuman éxtasis de labia
y te lastiman pájaros sin vuelo.

Gerardo Diego,Cendoya, Santander – Madrid, 1987
de Gerardo Diego, Poesía amorosa, 1918-1969, Plaza y Janés editores, Barcelona, 1970
imagen: Tiziano, Violante (La bella gata)

martes, julio 20, 2010

comunicado


Por problemas de copyright con el país de Irlanda y ante la indicación de un organismo oficial irlandés a un colega nuestro de estar violando con sus publicaciones las normas internacionales sobre derechos de autor, en el día de la fecha, la editora ha eliminado los siguientes poemas del rubro Poesía Irlandesa:

*Somos exilados de nuestra propia sociedad de Harry Cliffton en versión de Gerardo Gambolini
*Lavado y Lucina brillando en el silencio de la noche de Eiléan Ní Chuilleanáin en versión de Silvia Camerotto
*Cuarentena y Testigo de Eavan Boland en versión de Silvia Camerotto
*Un hombre solo es tan bueno y Tienda de campaña de Pat Boran en versión de Silvia Camerotto
*La lista de Pádraig J. Daly en versión de Silvia Camerotto
*Mensaje para el editor de Patrick Galvin en versión de Jorge Fondebrider
*Guido Cavalcanti a su padre de Peter Sirr en versión de Gerardo Gambolini
*Trazando el interior de Eugene O’Connell en versión de Silvia Camerotto
*La carpa debajo de la piel de Peter Sirr en versión de Jorge Fondebrider
*Babilonia de George William Æ Russell en versión de Silvia Camerotto
*Sustancia y sombra de John Hewitt en versión de Gerardo Gambolini

Lamentamos profundamente no poder seguir difundiendo la poesía irlandesa contemporánea. A su vez, nos es difícil comprender cómo un trabajo de tantas horas y dedicación, realizado sin fines de lucro y con absoluto amor por la poesía, no pueda circular con la misma libertad que a ésta caracteriza.
No creo que sea necesario aclarar que nuestra única intención fue que los lectores de lengua castellana pudieran acceder a estos excelentes poetas, que nada tienen que ver con la decisión tomada y que merecen el mayor de los respetos.
Desde ya, nuestra solidaridad para con los poetas, traductores y los administradores de blogs que tan afanosamente han trabajado, y que atraviesan la misma situación.

La editora

Communiqué

Due to some problems with Ireland about copyright, and after a coleague was warned by an Irish Official Agency about his violation of international copyright laws,  the editor has removed the following poems from her blog:

* In our own city, we are exiles by Harry Cliffton, translated by Gerardo Gambolini
* Wash and Lucina schynning in silence of the nicht by Eiléan Ní Chuilleanáin, translated by Silvia Camerotto
* Quarantine and Witness by Eavan Boland, translated by Silvia Camerotto
* Man is only as good as aTent by Pat Boran, translated by Silvia Camerotto
* The list by Padraig J. Daly, translated by Silvia Camerotto
* Message to the editor by Patrick Galvin, translated by Jorge Fondebrider
* Guido Cavalcanti to his father by Peter Sirr, translated by Gerardo Gambolini
* Mapping the interior by Eugene O'Connell, translated by Silvia Camerotto
* The tent beneath the skin by Peter Sirr, translated by Jorge Fondebrider
* Babylon by George William Æ Russell, translated by Silvia Camerotto
* Substance and shadow by John Hewitt, translated by Gerardo Gambolini

We deeply regret not being able to continue publishing contemporary Irish poetry.
Poetry is a free subject.
It it is difficult to understand why so many hours of work and dedication, just for the sake of poetry, with no profit derived cannot be freely published.
I do not think it necessary to explain that our sole intention was to introduce Irish contemporary poetry to Spanish readers, because of the excellence of these poets, who have nothing to do with the copyright issue and who deserve our greatest respect.
Our esprit de corps to poets, translators and blog administrators who have worked so diligently and are now undergoing the same circumstances.

The editor

cuando toda la vida es una lluvia


En tiempos de la vejez

Cuando sea viejo
no te apartaré de mí,
fríamente, amiga del alma,
ni tampoco me entristeceré
al recordar la apariencia
del descuidado y loco corazón
que el viento arrebató,
cuando sea viejo.

Cuando sea viejo
y la blanca brasa ardiente del fuego milagroso
al mundo parezca frío,
el deseo de mi alma que te supo entonces
cuando la vida toda es una lluvia,
la lluvia de los años; será esa hora
la que abra una flor para nosotros,
que nos abarque por entero, cuando seamos viejos.

Cuando sea viejo
si tú recuerdas
algún amor, conserva entonces
el fuego del hogar hasta el diciembre de la vida,
que la alegría de añejos y dulces cálices
sea la que te haga descubrir que:
«pocos milagros hay menos dulces
que el amor que te tengo
cuando soy viejo».

Ezra Pound (Hailey, EE UU, 1885-Venecia, Italia, 1972),
de Lume Spento, 1908
Versión © Silvia Camerotto
imagen: Rain is nature's perfect song, s/d.

In Tempore Senectutis

When I am old
I will not have you look apart
From me, into the cold,
Friend of my heart,
Nor be sad in your remembrance
Of the careless, mad-heart semblance
That the wind hath blown away
When I am old.

When I am old
And the white hot wonder-fire
Unto the world seem cold
My soul's desire
Know you then that all life's shower,
The rain of the years, that hour
Shall make blow for us one flower,
Including all, when we are old.

When I am old
If you remember
Any love save what is then
Hearth light unto life's December
Be your joy of past sweet chalices
To know then naught but this
"How many wonders are less sweet
Than love I bear to thee
When I am old."

domingo, julio 18, 2010

quiero quedarme sin palabras


retrato terminado

Es una manera de decir
quiero quedarme sin palabras,
perder sin comentarios.

Hasta cuándo voy a hablar
de lo que ya no está.

De la que ya no está
viéndome escribir de ella.
¡Y con esos ojos!

También yo de noche los abro
y miro el silencio
en la oscuridad
donde el retrato termina
sin que lo alcance a ver

y pienso
y pienso
y pienso

en temas como vos
que no parecen tener
vencimiento,

en tu deseo de llegar a casa:
con la llave preparada,
aferrada a la puerta del taxi,
te dejabas caer en tu puerta
casi con la voluntad incierta
de una hoja de otoño,

en clase de vencimiento,

y esos ojos más bien dorados
de los que decías en las descripciones
ojos verdes. Para mirar
cada ocasión con buenos ojos
que no me miran más,
aunque los recuerde.

Y ahora
quiero quedarme
sin palabras. Saber perder
lo que se pierde.

O eso parece.

Parece que las dos
nos hemos quedado sin madre:
yo sin vos
vos sin ella,

y sucesivamente,
como eslabones perdidos
y encontrados por un rato
con los padres,

pero ésa es otra historia
que está mejor contada
en la foto de casamiento
para la que palabras
nunca tuve,

como si fuera anticipo
de mi propio vencimiento.

De los padres decía que el tuyo
tenía ojos verdes,
como vos, tu nieto Juan,
y nadie los tenía del todo
aunque merecían tenerlos:
tu manera
de embellecer el retrato
era tu manera de verlo.

De ella decías en cambio
desde su muerte no fui la misma,
y ésa sería tal vez tu manera
de no terminar el retrato.

La palabra no.

Lo mismo digo yo.

Aunque también se diría una ocasión
más bien vulgar: en general,
todos nos quedamos sin ella,
y esa ausencia de luz parece
descansar los ojos
sin vaciarlos. Los anima,

o los vuelve hacia la oscuridad,
que es donde el retrato termina.

Dijo mi padre de la suya:
nací con ella y ahora
voy a tener que morirme
solo. Y después
lo hizo.

Dijo mi maestro de la suya:
me pasé toda la vida para tener
la letra de mi mamá. Y después
la tuvo.

Era un dolor perfecto:
hablando de ella,
hablaban de sí mismos.
O eso parece.

Parece que perder
no es un arte difícil:
los muertos de verdad de uno
son víctimas amadas de los vivos.

De lo que cada uno dijo.

Mirta Rosenberg, Rosario, 1951
en El árbol de las palabras, Obra reunida 1984-2006, Bajo la luna, Buenos Aires, 2006
imagen: Michael Edens, Faces in mind

viernes, julio 16, 2010

ah sentidos, mis guardianes insomnes


Himno de alabanza

¿Y por qué no he de cantar también yo un himno de alabanza,
aunque casi todos los que amé sean ahora igual que la hojarasca
que se arremolina alrededor del viento
y no puedan jactarse ni siquiera de poder arrojar su propia sombra?
Por todo lo perdido, ¿acaso contrariaste mi voluntad de dicha
o volví del revés los pasos que me habías señalado?
Si celebré con llanto mis bodas con la noche, ¿fue por seguir mi vocación de abismo
o porque me cubriste con sábanas de tiniebas cada día?
Para nadie la culpa ni para mí el castigo.
Fue solamente porque cayó una estrella
o porque se precipitaron bajo la luna errónea las mareas.
Es la misma señal, el mismo asombre con que sigo cayendo en la espesura,
aquí, desde tu mano.
¿Y no he de cantar por eso un himno de alabanza?
Yo agradezco estos ojos que se agrandan para ver tu escritura secreta en cada piedra:
esta boca con el sabor de "siempre", "tal vez" y "nunca más";
las manos y la piel donde arrojan su aliento los emisarios de territorios invisibles;
el perfume de la estación que pasa, su ráfaga hechicera ceñida a mi garganta,
y el reclamo insistente del sonido que atruena con el cuerno para las cacerías.
¡Ah sentidos, mis guardianes insomnes,
refugios instantáneos en un mundo improbable y sin fondo, como yo!
Desde lo más profundo de mi estupor y mi deslumbramiento yo te celebro,
cuerpo, suntuoso comensal en esta mesa de dones fugitivos,
a ti, protagonista de paso en cada historia del amor que no muere,
intermediario heroico en todas las batallas de la tierra y el cielo,
tú, mi costado de inevitable realidad,
delator de intemperies y fronteras, siempre bajo un puñal,
entre el relámpago de la tentación y el tajo de la herida.
A pesar de tu corazón irascible, yo te bendigo, mar, bestia obstinada:
en tu acechanza y en tu letanía pasa el relato del diluvio y mi risa infantil,
junto con ese cielo con que sueñas en cada una de tus olas,
en cada balanceo, como yo en el vaivén de mi respiración.
Guárdame en tu memoria como a un guijarro más,
como a un hueso perdido y a estos nombres escritos en la arena,
para velar contigo hasta el último día en el insomnio de la inmensidad.
Gracias te doy, hormiga, modelo de mis viajes en las exploraciones imposibles,
y a la torcaza por la incesante queja que acompañó mis lágrimas y duelos;
agradezco a la hierba la tierna protección para mis pies furtivos
y a ti, brizna en el viento, por todo el imprevisible porvenir;
bendita seas, sombra generosa, sumisa a tanto error y a tantas sombras,
y también tú, mi silla, guardiana infatigable frente a la espera y a la lejanía.
Yo te celebro, ráfaga, lluvia, enredadera,
murmullo enamorado del silencio que habita entre las piedras.´
¿O no puedo cantar, amor, la noche de tu ausencia y el filo de tu espada?
¿Quién no lleva en la punta de su arpón una ballena blanca?

Olga Orozco, Toay, 1920- Buenos Aires, 1999
en El jardín posible, Ediciones en Danza, Buenos Aires, 2009
imagen: s/d

sábado, julio 10, 2010

a irene


XIII

El alma elige su propia sociedad,
después cierra la puerta;
en su divina mayoría
no más intromisión.

Inconmovible, ve cómo se detiene el carruaje
frente a su portón;
inconmovible, se arrodilla en su alfombra
un emperador.

La he visto elegir de una
amplia nación;
y cerrar luego como una tumba
las valvas de su atención.

1862

Emily Dickinson, 1830- 1886, Amherst, Massachusetts.
Versión © silvia camerotto
De The Collected Poems of Emily Dickinson, Barnes & Noble, New York, 1993
imagen: Leaving for the ball, Alexandre-Marie Colin, 1830.


XIII

The soul selects her own society,
Then shuts the door;
On her divine majority
Obtrude no more.

Unmoved, she notes the chariot's pausing
At her low gate;
Unmoved, an emperor is kneeling
Upon her mat.

I've known her from an ample nation
Choose one;
Then close the valves of her attention
Like stone.

martes, julio 06, 2010

lo que ahora no recuerdes nunca volverá


Excavaciones

Hasta aquí llegó la vida, dices, y tu dedo toca el muro.
Hasta aquí llegó la muerte, dices, y señalas el dintel.
Pero si pones el pie donde estaba el umbral,
si te acercas con la rama de albahaca y un gallo en los brazos,
las sombras vendrán rápidamente a tu encuentro.
Pero si te sientas donde estuvo el umbral,
si cantas con el gallo -con el gallo de la memoria-
todavía puedes recordar, privilegio de los vivos,
todavía puedes olvidar, privilegio de los muertos.
Hasta aquí llegó la vida, dices, y señalas el dintel.
Y ya no sabes si estás del lado de la sombra o del lado de la luz.
Alguien viene a beber sol: extiendes la mano.
Alguien viene a beber sombra: extiendes la mano.
Y cuando el desconocido te pregunta quién eres, no sabes contestar,
cuando le preguntas quién es, no puede contestar.
Canta -pides- pero él no cantará.
Sueña -responde- y tú no entenderás.
Hasta aquí llegó la vida, dices, y tu dedo toca el muro.
Hasta aquí llegó la muerte, dices, y señalas el dintel.
Y cercas la zona con una cuerda de sol, la cercas con fuego.
¿Qué buscas en la zona de sombra? El perro se ahogó,
las gallinas se ahogaron, se ahogaron los gatos y los dioses.
¿Quién te busca en la zona de sombra? El pasto creció,
creció el viento que viene del olvido.
El aire tragó las tímidas palomas.
Y aquellos esbeltos caballos lustrosos.
Recuerda: lo que ahora no recuerdes nunca volverá.
Olvida: lo que ahora no olvides nunca lo olvidarás.
Y pasas de la zona de sombra a la zona de sol.
¿Qué buscas en la zona de sol? No sabes qué buscas,
mirando las ropas tendidas detrás del tiempo,
subiendo escalinatas que sólo llevan al vacío,
abriendo y cerrando puertas que no existen.
Hasta aquí llegó la vida, dices, y tu dedo toca el muro.
Hasta aquí llegó la muerte, dices, y señalas el dintel.
Y sentándote nuevamente donde estuvo el umbral
cierras los brazos, encoges las piernas, te duermes
en la gran matriz del llanto, si todo no fue un sueño.

Horacio Castillo, Ensenada, 1934-La Plata, 2010
imagen: José Bellniure, La barca de Caronte, 1919

sábado, julio 03, 2010

acepto



Un atardecer de abril después de una separación

Ya no tengo a quién esperar
De modo que para qué preocuparse
Por cambiar las sábanas
o barrer el patio.

Se hace lo imprescindible
regar las plantas
dar de comer a los gatos
¿qué culpa tienen?
Al crepúsculo salgo a la calle
en busca de cerveza.
Mi vecino homosexual me invita
a cenar este sábado en su casa.
Acepto.
Donde no hay sexo no hay problemas.

Estos encuentros
han llegado a ser mi único sentimiento.

Los huesos de mi padre

Hace más de veinte años que murió
y no renovamos el derecho de sus huesos
a permanecer en el nicho.

De mi parte fue intencional.
A mi padre no le gustaba estar encerrado.

Ojalá un sepulturero los haya vendido
y haya comido algo especial con su mujer y sus hijos
o se haya tomado unos vinos
en rueda de amigos.

Y con esos huesos un joven estudie medicina
-esos huesos largos y bien formados-
sin pensar en la muerte.

La forastera

Durante muchas noches de insomnio
he vagado
aterida
por la Ciudad del Pasado.

No llevaba planos
no llevaba guía
no llevaba lámpara.

Como sonámbula
esquivaba los peligros.
Como a forastera
ellos me asaltaban.

Bellos rostros que se abrían como flores
cuerpos del amor…
No pude encontrar mi casa.

Esa Ciudad por la que vagué
fue moldeada
con grandes emociones
con grandes deseos.

Así también
de grande
es su cementerio.


Estela Figueroa, Santa Fe, 1946
imagen: Betsy Rosewald, Decomposition

jueves, julio 01, 2010

ruidos de armas y bastiones


the sweet converse of an innocent mind
John Keats

1
Qué harás con los días sucios y fríos,
cuando el gato trepa a la ventana
y el tiempo recorta con salvaje continuidad
el perfil de los edificios en la ceniza del cielo.

Apenas dos o tres días, y la habitación luce desordenada, desierta,
ruedan por el suelo pelusas y fragmentos de hojas secas y la tierra
que entra por las rendijas ávida de habitar los huecos
grises del pensamiento que no ha sido tratado durante semanas.
Amplia de alas y de rimas, la literatura abandonada.
Qué harás con los días si te dan la oportunidad.

Dame misterio, leguas.
Dame divinidad.

3
De algún modo está todo asociado a las proclamas
lucubradas sobre una mesa; a los mapas
de las reyertas; al fatídico peso de los otros.
En tiempos de mal clima, en inviernos de hosquedad,
cuando sobre el cielo avanzaban humo y tormenta,
cuando eran las ciudades llenas de pesar y de vida;
cuando caminabas por calles con la mirada hecha palabra,
puro presente, malestar y convicción,
de algún modo sabías que el golpe de una puerta,
la tos sempiterna en el patio, los ruidos en las escaleras,
horadaban el espacio conquistado, reiteraban,
claveteaban, recordaban la lentitud, el peso, la densidad
en los que se hunden los días como en una ciénaga.

4
Ahora entrás a un living quieto, cómodo, amodorrado.
Y hay en él sin embargo un deslizarse de suaves sombras.
Es sábado. Ventanas entreabiertas, cortinas detenidas.
Algo dice entre sueños. Habla de humanos que hablaron,
que dijeron, que fumaron, tosieron, escucharon
dentro de sí ruidos de armas y bastiones, ecos de órdenes
en los corredores entre sus huesos, una advertencia,
una lejana vibración que pautaba sus palabras, pues
no es gratuita el habla: intercambiaban datos sobre el tiempo,
trituradas opiniones que podían modificarse como masa
en las manos de la conversación: sorbieron café sentados
en estos mismos muebles, y el aura de batallas y descubrimientos
estaba en los términos que emplearon; está en la distancia
que es al mismo tiempo cercanía de estos tapizados,
los lomos de los libros, la dócil madera de una mesa de apoyo
cuya pátina disimula una grieta, un astillado, un golpe;
acalla una mancha; oscurece el roce de una punta; amortigua un eco.

Jorge Aulicino, Buenos Aires, 1949
del Libro del engaño y el desengaño, Inédito

imagen: Leamis Georg, Man in a room

amelia biagioni. la llovizna

La llovizna Yo, con la vaga frente en la balada y el talón en el musgo de los siglos, yo que inventé el otoño levemente y gri...