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no pedimos al rosal que engorde el ganado

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Habría que girar alrededor

de ti, como lo hace esta mosca,

para captarte en toda tu extensión

redonda

de fruta: tierra al fin,

verdirroja, brillante, suavemente

perfumada.


Habría que clavarte los dientes

después, para saberte

crujiente,

pulpa agridulce que da ganas

de tragar.


Y habría que alejarse y regresar

de pronto, distraído

de todo,

para sentirte, oculta, reposar

en tu forma.


Rotunda, irrefutable,

inequívocamente modelada

por la luz sobre el mármol

escuetamente blanco,


¿con qué esplendor enciendes, oh manzana,

tu ser así

—que arde— y no la nada?



(de Poesía viva de Rosario, 1976)


No le pedimos al rosal

que engorde el ganado.

¿No es el ojo

del amo el que lo hace? Pero nace

la rosa

y hace el ojo.

Ni preguntamos a la rosa

qué contiene. La rosa

contiene otra cosa.


Puntualmente,

el ahora esplendor

de la Rosa adorata

enrosa formalmente y se desata

después, como en un rito:


rito,

reto sagrado.


de Poesía viva de Rosario, 1976


Hugo Padeletti, Alcorta, Santa Fe, 1928


Fuente: La poesía del cincuenta. Selección, prólogo y notas por Daniel Freidemberg, Centro Editor de América Latina, Biblioteca básica argentina, Buenos Aires, 1994.

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